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 CONTRACORRIENTE

Ráscate, muchacho

 RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

¿Tienen pulgas los futbolistas? ¿Y piojos?, ¿tienen piojos? Porque cada vez que los entrevistan se rascan de vez en cuando aquí y allí. Sobre todo en las ruedas de prensa. Mientras hablan, se rascan un poquito la nariz, luego la oreja, como el detective Marlow (el que encarnaba Humphrey Bogart, no sé si se escriben así los nombres pero me da igual); luego otra vez se rascan la nariz, después en la cabeza, todo ello entre letreros publicitarios que demuestran quién paga el mensaje periodístico y con quien está prohibido meterse. ¿Y lo del pollo? ¿Qué me dicen del pollo? Cuando están jugando lanzan unos pollos al césped de no te menees, nos lo muestra la cámara. ¡Qué asco! Nunca había visto a unos millonarios con tan poco estilo. ¿Y el teatro? Son excelentes actores los futbolistas, como saben que en cada movimiento que hacen un objetivo los sigue, llevan a cabo toda una serie de chuladitas, poses y gestos pamplinosos: dolores fingidos, posturitas, celebraciones de gol de lo más idiota. Me acuerdo de Gárate, un goleador del Atlético de Madrid. El tío se hartaba de meter goles, era Pichichi, pero, todo lo más, levantaba el brazo y punto. Y Quino, el del Betis y después del Valencia, uno de los pocos futbolistas “intelectuales”, hijo de Juan Sierra, poeta sevillano de la Generación del 27. Quino tenía una clase excelente y goleaba. Pero no hacía tonterías. Luego llegó Hugo Sánchez con las volteretas y los niños (o viejos prematuros, lo mismo da) vieron que podían ser protagonistas también en ese momento de suprema dicha.

 

Qué mimados están estos niños de hoy, con esos cuerpazos y siempre las mozas detrás de ellos (hay niñas cazafutbolistas de toda la vida). Uy, es verdad, qué envidia les tengo, cómo me gustaría estar rascándome delante de una botella de Fontvella, que aligera peso, o tras un micrófono de Cuatro, de La Sexta o, ya puestos en números, de El Décimo de Caballería. Y largando gargajos por el césped. Luego, como pasó en un mundial, la gente se lleva trozos de hierba por donde han corrido Ronaldo, Ronaldiño o Ronaldiniño, pero en ellos van también los galipos de esos y de otros. Y puede que hasta se subasten en Soteby’s.

 

La gente que va tras los niños de los escupitajos y las pulgas desea alcanzar un poquito de gloria de la que los chicos tienen. No hay más que ver la personalidad con que se viste: “la marea roja”, está ahora por Alemania. Cuando un periodista transmite una crónica desde la calle, suelen estar detrás de él unos sujetos con las caras pintadas, en son de guerra, y camisetas patrias, haciendo gestos una y otra vez a la cámara, chupando, a ver si mamá o el tío Cosme los ven. Si los ven ya pueden morir tranquilos porque han salido en la TV y se sabe de sobra que por salir en la TV el personal es capaz de perder cualquier atisbo de dignidad que le quedara. Se quiere tan poco a sí misma esa pobre gente, chupacámaras (otra cosa es el aficionado serio), que necesita una banderita, unos futbolistas, una cámara de TV, etc., para que su vida tenga más sentido.

 

El periodista se limita sobre todo a vender. El periodista deportivo actual de TV más que periodismo hace comercio, hace caja para la empresa. Y hace patria. Observo, a ratos, partidos del mundial de Alemania y hay más jaleo que retransmisión, más propaganda de “vamos España”, que análisis de las jugadas. Es un periodismo horrible, salvo honrosas excepciones, donde el espectáculo es lo que prima, o sea, lo que atraiga a las masas para que éstas, a su vez, se traguen los anuncios. En Sevilla, un mes o dos antes de un Sevilla-Betis, ya están creando ambiente los periodistas. Dicen que se hacen eco de lo que la gente habla pero es mentira, la gente habla de eso y de muchas otras cosas. Y, sí, la gente habla de eso pero no tanto y si hablan más es porque el periodismo quiere. ¿Qué está buscando? ¿Informar? ¿Hacer un servicio público? No, primero, hacer caja, de forma artificial que, al final, resulta ser lo que se considera lo natural y normal. Ante los transistores van a estar béticos y sevillistas, es decir, muchos miles de aficionados, y hay que lograr publicidad. Para eso es preciso que la gente hable y piense en clave de derby (menuda palabreja, me recuerda a las motos de mi época, la Derby y la Bultaco, modelo Metralla).

 

Lástima de periodismo. La que le ha caído encima: debe aguantar que manden más los departamentos de publicidad que los periodistas, tiene que soportar un público que habla con todo menos con el cerebro, un público que sólo quiere desahogarse de sus frustraciones diarias; unos jóvenes que persiguen la fama y la ganancia fácil, como los futbolistas. Y, eso, unos futbolistas que siguen sin saber hablar, cuya estructura de lenguaje es empezar con un: “Bueno…”, para seguir con dos tópicos y llegar al punto culminante de su opinión que lo marca un “pero bueno”, y desembocar en el final. Verbigracia: “Bueno, el partido es difícil, ellos vendrán a lo suyo, son un buen equipo… Pero bueno, nosotros saldremos a morir y esperamos darle una alegría a la afición”. Aquí todo el mundo sale a muerte durante toda la liga. ¿Qué coño es eso de salir a muerte? Tal vez es que ver tan cerca a la muerte en el campo sea tan excitante que luego o antes, en las ruedas de prensa, los niños tengan unos picores que por poco no les entra el mal de San Bito. “Rasca, mamá. Y me compras un comic para las concentraciones, así enriquezco mi lenguaje”. 


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