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¿Tienen pulgas los futbolistas? ¿Y piojos?,
¿tienen piojos? Porque cada vez que los entrevistan se rascan de vez en cuando
aquí y allí. Sobre todo en las ruedas de prensa. Mientras hablan, se rascan un
poquito la nariz, luego la oreja, como el detective Marlow (el que encarnaba
Humphrey Bogart, no sé si se escriben así los nombres pero me da igual); luego
otra vez se rascan la nariz, después en la cabeza, todo ello entre letreros
publicitarios que demuestran quién paga el mensaje periodístico y con quien está
prohibido meterse. ¿Y lo del pollo? ¿Qué me dicen del pollo? Cuando están
jugando lanzan unos pollos al césped de no te menees, nos lo muestra la cámara.
¡Qué asco! Nunca había visto a unos millonarios con tan poco estilo. ¿Y el
teatro? Son excelentes actores los futbolistas, como saben que en cada
movimiento que hacen un objetivo los sigue, llevan a cabo toda una serie de
chuladitas, poses y gestos pamplinosos: dolores fingidos, posturitas,
celebraciones de gol de lo más idiota. Me acuerdo de Gárate, un goleador del
Atlético de Madrid. El tío se hartaba de meter goles, era Pichichi, pero, todo
lo más, levantaba el brazo y punto. Y Quino, el del Betis y después del
Valencia, uno de los pocos futbolistas “intelectuales”, hijo de Juan Sierra,
poeta sevillano de la Generación del 27. Quino tenía una clase excelente y
goleaba. Pero no hacía tonterías. Luego llegó Hugo Sánchez con las volteretas y
los niños (o viejos prematuros, lo mismo da) vieron que podían ser protagonistas
también en ese momento de suprema dicha.
Qué mimados están estos niños de hoy, con esos
cuerpazos y siempre las mozas detrás de ellos (hay niñas cazafutbolistas de toda
la vida). Uy, es verdad, qué envidia les tengo, cómo me gustaría estar
rascándome delante de una botella de Fontvella, que aligera peso, o tras un
micrófono de Cuatro, de La Sexta o, ya puestos en números, de El Décimo de
Caballería. Y largando gargajos por el césped. Luego, como pasó en un mundial,
la gente se lleva trozos de hierba por donde han corrido Ronaldo, Ronaldiño o
Ronaldiniño, pero en ellos van también los galipos de esos y de otros. Y puede
que hasta se subasten en Soteby’s.
La gente que va tras los niños de los escupitajos
y las pulgas desea alcanzar un poquito de gloria de la que los chicos tienen. No
hay más que ver la personalidad con que se viste: “la marea roja”, está ahora
por Alemania. Cuando un periodista transmite una crónica desde la calle, suelen
estar detrás de él unos sujetos con las caras pintadas, en son de guerra, y
camisetas patrias, haciendo gestos una y otra vez a la cámara, chupando, a ver
si mamá o el tío Cosme los ven. Si los ven ya pueden morir tranquilos porque han
salido en la TV y se sabe de sobra que por salir en la TV el personal es capaz
de perder cualquier atisbo de dignidad que le quedara. Se quiere tan poco a sí
misma esa pobre gente, chupacámaras (otra cosa es el aficionado serio), que
necesita una banderita, unos futbolistas, una cámara de TV, etc., para que su
vida tenga más sentido.
El periodista se limita sobre todo a vender. El
periodista deportivo actual de TV más que periodismo hace comercio, hace caja
para la empresa. Y hace patria. Observo, a ratos, partidos del mundial de
Alemania y hay más jaleo que retransmisión, más propaganda de “vamos España”,
que análisis de las jugadas. Es un periodismo horrible, salvo honrosas
excepciones, donde el espectáculo es lo que prima, o sea, lo que atraiga a las
masas para que éstas, a su vez, se traguen los anuncios. En Sevilla, un mes o
dos antes de un Sevilla-Betis, ya están creando ambiente los periodistas. Dicen
que se hacen eco de lo que la gente habla pero es mentira, la gente habla de eso
y de muchas otras cosas. Y, sí, la gente habla de eso pero no tanto y si hablan
más es porque el periodismo quiere. ¿Qué está buscando? ¿Informar? ¿Hacer un
servicio público? No, primero, hacer caja, de forma artificial que, al final,
resulta ser lo que se considera lo natural y normal. Ante los transistores van a
estar béticos y sevillistas, es decir, muchos miles de aficionados, y hay que
lograr publicidad. Para eso es preciso que la gente hable y piense en clave de
derby (menuda palabreja, me recuerda a las motos de mi época, la Derby y la
Bultaco, modelo Metralla).
Lástima de periodismo. La que le ha caído encima: debe aguantar
que manden más los departamentos de publicidad que los periodistas, tiene que
soportar un público que habla con todo menos con el cerebro, un público que sólo
quiere desahogarse de sus frustraciones diarias; unos jóvenes que persiguen la
fama y la ganancia fácil, como los futbolistas. Y, eso, unos futbolistas que
siguen sin saber hablar, cuya estructura de lenguaje es empezar con un:
“Bueno…”, para seguir con dos tópicos y llegar al punto culminante de su opinión
que lo marca un “pero bueno”, y desembocar en el final. Verbigracia: “Bueno, el
partido es difícil, ellos vendrán a lo suyo, son un buen equipo… Pero bueno,
nosotros saldremos a morir y esperamos darle una alegría a la afición”. Aquí
todo el mundo sale a muerte durante toda la liga. ¿Qué coño es eso de salir a
muerte? Tal vez es que ver tan cerca a la muerte en el campo sea tan excitante
que luego o antes, en las ruedas de prensa, los niños tengan unos picores que
por poco no les entra el mal de San Bito. “Rasca, mamá. Y me compras un comic
para las concentraciones, así enriquezco mi lenguaje”.
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