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 CONTRACORRIENTE

De joven a niño

  RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Un aula de relajamiento, eso le han puesto ahora a los jóvenes por si se estresan o angustian en el examen de entrada a la Universidad. “No me estreses”, decía en un  anuncio un caribeño. Alguien quiere que los jóvenes tengan una vida eterna, sentados a la sombra de una palmera mientras a sus pies se extiende el mar verde del Caribe y una mulata o un mulato o una garota –un profesor o su mamá, por ejemplo-, les ponen en sus manos un cubata de piña colada. Niños mimados acaban siendo jóvenes idiotas y universitarios chulos y creídos que en realidad no saben nada de nada. Los niños se cagan, vomitan y se mean en calles y plazas, rompen botellas, se defecan -metafóricamente, claro está-  en sus padres y se cachondean de ellos llegando a casa cuando les sale de los mismos o mismas, pero, eso sí, al levantarse, la ropa sucia está en la lavadora y el frigorífico se mantiene lleno de comida. Desprecian a la sociedad y a su patrimonio (las ciudades son “zoológicos” donde los jardines y los monumentos deben estar rodeados de verjas) pero, eso sí, cuando llegan al examen de selectividad un aula de relajamiento por si se ponen malitos. Como siempre, el que no esté en este grupo de inmaduros no se sentirá aludido. Que se salve el que pueda.

 

Qué ridiculez de sociedad. Hemos pasado de la mili franquista, indigna, del ordeno y mando, alienante e inútil, a esta situación posmoderna que parece un criadero de papanatas, igualmente inútil. Hemos pasado de una situación en la que los padres respetaban a los docentes y si el mozo llegaba a casa con una queja se contrastaba la opinión con el profesor o se le decía “algo habrás hecho”, a dar por sentado que nuestros hijos son cojonudos y que los equivocados son siempre sus educadores; si antes la educación empezaba en casa, en la familia, ahora la familia se lo endosa casi todo al colegio y al instituto, agobiada como está porque se halla sumida en un despiste absoluto, no sabe qué está pasando ni qué hacer. Muchos padres están encantados cuando se aumentan las horas de colegio para actividades extras, así se libran de los niños. Cuando llegan las vacaciones empieza el infierno: las parejas discuten y hasta se divorcian, los hijos se desesperan junto a sus progenitores porque durante el resto del año han vivido como en una pensión, como desconocidos (en las antiguas pensiones se conocía más la gente). Y el caso que los profesores no tienen ni capacidad –muchas veces- ni elementos legales y ejecutivos para combatir o intentar paliar lo que está ocurriendo.

 

El presidente extremeño, Rodríguez Ybarra, que parece un bolchevique de tres al cuarto cuando habla, critica la manifestación, organizada por curas y fachas, que en Madrid protesta contra la unión de homosexuales y argumenta que si desean defender a la familia que se manifiesten contra los malos tratos a las mujeres. Todo muy bonito, muy del gusto de la progresía del PSOE, de la derecha sonriente, como dice el profesor Vicente Romano. Pero no es capaz de llegar más allá: si se desea proteger de verdad a la familia la manifestación debe ser contra los efectos de la nueva economía en red que ha separado a los grupos humanos consanguíneos y está impidiendo la transmisión del conocimiento en los ámbitos culturales primarios. La nueva economía ha llenado de hastío y horas extras a los padres; ha incorporado a la mujer al trabajo pero sin darle la posibilidad de poder sintetizar su papel de mujer con su papel de madre (lo mismo le ocurre al varón pero hay diferencias biológicas evidentes) y la mujer ha caído en esta trampa e imita la mierda de sociedad que los hombres hemos edificado; hasta una ministra le habla a los jóvenes de viviendas de treinta metros cuadrados como si viviéramos en Japón, un país esquizoide que ha enterrado su pasado entre rascacielos y trenes bala, sin apenas extraerle provecho. La nueva economía ha fabricado millones de trabajadores de usar y tirar, gente sin principios ni valores –que no sean el dinero de plástico, los jueguecitos de las nuevas tecnologías o la vida supuestamente de lujo- que son explotados como asnos alrededor de una noria y al cabo de diez o quince años son arrojados a la papelera y sustituidos por otros. Y el caso es que, como carecen de una preparación académica adecuada, creen que estas cosas deben ser así. Y como es necesario que sigan pensando que las cosas son así, se está intentando disminuir la presencia de las materias más interpretativas en la enseñanza y en la vida en general.

 

Pero, claro, todo esto ya no lo dice el presidente de Extremadura porque la nueva economía es obra de partidos como el suyo, que se han tomado más interés por edificarla que los mismos partidos de derechas de toda la vida. Los conversos son así: más papistas que el Papa. Como nunca se va al fondo de las cosas, vamos a seguir muchos años –no sé hasta cuándo- con esta sociedad de gestos estúpidos como el aula de la relajación que es una especie de guardería infantil donde le cambian al niño los pañales cuando se hace caca porque ha llegado el momento de enfrentarse con una cosa que desconoce y que se llama la existencia, la pasión y la tragedia de existir.


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