
El Poder, con mayúsculas, enseñó su cara más
visible la semana pasada en Sevilla. Y se intuye detrás de él –a tenor de los
hechos y las palabras- una intención de ir cercenando poco a poco el
conocimiento. Con motivo de la celebración de los 500 años de la fundación de
la Universidad de Sevilla, Universia, el negocio que el Banco de Santander
Central Hispano ha abierto en Internet, congregó a centenares de rectores de
España y América Latina. Se apuntaron los políticos, además de los rectores
que son también políticos en fase de avance o retirada (como Gregorio Peces
Barba, el rector de la Universidad Carlos III, de Madrid). La cara visible del
poder era la articulación entre la Banca, la socialdemocracia, la monarquía y
la academia oficial. Sólo algunas personalidades de la socialdemocracia nos
ofrecen una cierta esperanza para que este desatino mercantil se detenga o se
controle en alguna medida. Por ejemplo, el presidente de la Junta de
Andalucía, Manuel Chaves, quien alertó sobre una llamada sociedad del
conocimiento que está terminando con la necesidad de conocerse uno mismo y de
escuchar a los demás.
Los nombres del Poder eran los de Emilio Botín,
presidente del BSCH y de Universia; Juan Carlos I; José Luis Rodríguez
Zapatero, Manuel Chaves y una serie de rectores alienados con la defensa
frenética de una sociedad en red que se presenta como paradigma de sociedad
del futuro y solución a todos los problemas. La sociedad en red, sí; esta
sociedad en red del negocio y la confusión de conceptos, desde luego que no.
De ninguna manera. En estos momentos los seres humanos nos estamos jugando
nuestro futuro intelectual y espiritual, junto con el ambiental (calentamiento
del planeta) y económico (nueva economía). La sociedad del conocimiento es una
expresión mercantil acuñada por la nueva economía y su derivación, la sociedad
en red. Una responsable de Microsoft la definía el pasado año en la Facultad
de Comunicación de Sevilla como el fenómeno que permite estar interconectados
a cientos de millones de personas que se están transmitiendo miles de millones
de datos a velocidades increíbles. Bueno, ¿y qué? ¿Qué tiene que ver eso con
el conocimiento? La teoría del conocimiento que más se acepta en el mundo
académico hace referencia a la comprensión e interpretación de los hechos no a
la suma de datos. En este sentido, desde hace tiempo, desde aquella España
nueva rica de Felipe González, donde Carlos Solchaga animaba a invertir porque
el dinero rendía con rapidez, se viene llevando a cabo un ataque contra el
conocimiento que se observa en las leyes de Educación, en las múltiples
películas donde el conocimiento queda a un lado para que predominen la
postproducción y la transgresión del rigor histórico en pro del beneficio de
taquilla. Se observa en la implantación de arquetipos a seguir –en la
publicidad y en el mensaje audiovisual en general- cuyos valores no son otros
que una presencia física esmerada y una chulería bien patente. Y ahora se
remata la faena con esa pretensión de eliminar titulaciones sincrónicas, es
decir, carreras universitarias que estimulan el conocimiento.
En conocimiento, se suma, no se resta. No se
liquidan estudios una vez que se han ido conformando año tras año. El saber
cuesta mucho de ensamblar como para que se le elimine de un plumazo para
subsumirlo en otras titulaciones o sencillamente hacerlo desaparecer. Hay
movimientos de profesores que están preguntando –hasta ahora de forma muy
académica, cortés y moderada- en qué consiste esta nueva universidad del siglo
XXI, este espacio europeo de educación superior que ahora se desea extender a
América Latina. Nadie responde pero esos profesores saben muy bien lo que está
pasando, no tienen más que salir de su despacho y darse una vuelta por su
universidad. Entonces observan oficinas bancarias dentro de los centros
académicos (no cajeros automáticos, sino auténticas oficinas que captan
recursos financieros). Y observan cómo desde los rectorados se les dice que
hay que captar recursos ajenos, o sea, “vayan ustedes buscando capital privado
para sufragar sus gastos”. Todo esto le viene de perlas a las carreras
técnicas pero no a las humanísticas que son las que sustentan el conocimiento
sobre el que se levanta todo el aparato tecnológico de una sociedad. Los
profesores sabemos lo que se pretende: que la Universidad sirva al mercado y
punto, porque aquí el que empieza pagando termina mandando y dictando las
reglas del conocimiento tarde o temprano. Ya me dirán ustedes cómo puede
avanzar el conocimiento y que la gente de la calle acceda a ese avance si para
ello se precisa cuestionar y desarrollar a los mismos que van a alimentar
económicamente a la Universidad. Porque al final te dicen aquello de que no
hay que morder la mano de quien te da de comer. Sin embargo, resulta que el
conocimiento de los seres humanos avanza precisamente porque si hay que morder
la mano de quien sea, se muerde. Si un discípulo tiene que criticar a su
maestro y superarlo, ésa es su obligación. En la universidad no hay ninguna
mano intocable ni sagrada. Pero en Sevilla la semana pasada apenas se habló de
esto, se habló de cacharros, muy bonitos y eficaces, eso sí, pero cacharros a
fin de cuentas, que son un medio, no un fin.
ARTÍCULOS ANTERIORES