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¿Adiós al conocimiento?

  RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

El Poder, con mayúsculas, enseñó su cara más visible la semana pasada en Sevilla. Y se intuye detrás de él –a tenor de los hechos y las palabras- una intención de ir cercenando poco a poco el conocimiento. Con motivo de la celebración de los 500 años de la fundación de la Universidad de Sevilla,  Universia, el negocio que el Banco de Santander Central Hispano ha abierto en Internet, congregó a centenares de rectores de España y América Latina. Se apuntaron los políticos, además de los rectores que son también políticos en fase de avance o retirada (como Gregorio Peces Barba, el rector de la Universidad Carlos III, de Madrid). La cara visible del poder era la articulación entre la Banca, la socialdemocracia, la monarquía y la academia oficial. Sólo algunas personalidades de la socialdemocracia nos ofrecen una cierta esperanza para que este desatino mercantil se detenga o se controle en alguna medida. Por ejemplo, el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, quien alertó sobre una llamada sociedad del conocimiento que está terminando con la necesidad de conocerse uno mismo y de escuchar a los demás.

 

Los nombres del Poder eran los de Emilio Botín, presidente del BSCH y de Universia; Juan Carlos I; José Luis Rodríguez Zapatero, Manuel Chaves y una serie de rectores alienados con la defensa frenética de una sociedad en red que se presenta como paradigma de sociedad del futuro y solución a todos los problemas. La sociedad en red, sí; esta sociedad en red del negocio y la confusión de conceptos, desde luego que no. De ninguna manera. En estos momentos los seres humanos nos estamos jugando nuestro futuro intelectual y espiritual, junto con el ambiental (calentamiento del planeta) y económico (nueva economía). La sociedad del conocimiento es una expresión mercantil acuñada por la nueva economía y su derivación, la sociedad en red. Una responsable de Microsoft la definía el pasado año en la Facultad de Comunicación de Sevilla como el fenómeno que permite estar interconectados a cientos de millones de personas que se están transmitiendo miles de millones de datos a velocidades increíbles. Bueno, ¿y qué? ¿Qué tiene que ver eso con el conocimiento? La teoría del conocimiento que más se acepta en el mundo académico hace referencia a la comprensión e interpretación de los hechos no a la suma de datos. En este sentido, desde hace tiempo, desde aquella España nueva rica de Felipe González, donde Carlos Solchaga animaba a invertir porque el dinero rendía con rapidez, se viene llevando a cabo un ataque contra el conocimiento que se observa en las leyes de Educación, en las múltiples películas donde el conocimiento queda a un lado para que predominen la postproducción y la transgresión del rigor histórico en pro del beneficio de taquilla. Se observa en la implantación de arquetipos a seguir –en la publicidad y en el mensaje audiovisual en general- cuyos valores no son otros que una presencia física esmerada y una chulería bien patente. Y ahora se remata la faena con esa pretensión de eliminar titulaciones sincrónicas, es decir, carreras universitarias que estimulan el conocimiento.

 

En conocimiento, se suma, no se resta. No se liquidan estudios una vez que se han ido conformando año tras año. El saber cuesta mucho de ensamblar como para que se le elimine de un plumazo para subsumirlo en otras titulaciones o sencillamente hacerlo desaparecer. Hay movimientos de profesores que están preguntando –hasta ahora de forma muy académica, cortés y moderada- en qué consiste esta nueva universidad del siglo XXI, este espacio europeo de educación superior que ahora se desea extender a América Latina. Nadie responde pero esos profesores saben muy bien lo que está pasando, no tienen más que salir de su despacho y darse una vuelta por su universidad. Entonces observan oficinas bancarias dentro de los centros académicos (no cajeros automáticos, sino auténticas oficinas que captan recursos financieros). Y observan cómo desde los rectorados se les dice que hay que captar recursos ajenos, o sea, “vayan ustedes buscando capital privado para sufragar sus gastos”. Todo esto le viene de perlas a las carreras técnicas pero no a las humanísticas que son las que sustentan el conocimiento sobre el que se levanta todo el aparato tecnológico de una sociedad. Los profesores sabemos lo que se pretende: que la Universidad sirva al mercado y punto, porque aquí el que empieza pagando termina mandando y dictando las reglas del conocimiento tarde o temprano. Ya me dirán ustedes cómo puede avanzar el conocimiento y que la gente de la calle acceda a ese avance si para ello se precisa cuestionar y desarrollar a los mismos que van a alimentar económicamente a la Universidad. Porque al final te dicen aquello de que no hay que morder la mano de quien te da de comer. Sin embargo, resulta que el conocimiento de los seres humanos avanza precisamente porque si hay que morder la mano de quien sea, se muerde. Si un discípulo tiene que criticar a su maestro y superarlo, ésa es su obligación. En la universidad no hay ninguna mano intocable ni sagrada. Pero en Sevilla la semana pasada apenas se habló de esto, se habló de cacharros, muy bonitos y eficaces, eso sí, pero cacharros a fin de cuentas, que son un medio, no un fin.


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