Número 0 - Año I

 

              

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  RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Las multinacionales desmantelan sus chiringuitos de acá o allá cuando lo estiman oportuno y nadie les dice nada. Los desmantelan no porque tengan pérdidas sino porque no tienen las suficientes ganancias. Cuando afirmo que nadie les dice nada me refiero a ningún poder político ejecutivo. Las protestas de los sindicatos entran dentro del guión, las declaraciones de un ministro o de un presidente de comunidad autónoma, también. Las huelgas de hambre o los follones espectaculares de los trabajadores, igualmente. Todo es parte de una dinámica, de un  teatro llamado democracia. En este tema, como en otros, la democracia es el arte de que unos protesten porque les van a dejar sin trabajo y otros se pasen esas protestas por el arco del triunfo. Así, desengaño tras desengaño, grande, mediano o pequeño, día a día, la sociedad occidental va muriéndose poco a poco de hastío y de impotencia. La democracia, con esta realidad, no es más que una farsa.

 

En el guión democrático también están contenidas las lágrimas de los políticos y de los sindicatos. Esas lágrimas son la expresión máxima de su impotencia, lo cual indica que no son ellos quienes mandan. De manera que el ciudadano elige a un gobierno pero ese gobierno no puede pararle los pies a Michelin, Ford, General Motors, Gillette, Boliden, Suzuki, Altadis, etc., etc. La conclusión es obvia: en los momentos claves se ve quién tiene de verdad la sartén por el mango. De manera que todos se rifan a estas empresas, se les entregan terrenos baratos o gratis, se las subvenciona con dinero público. Pero, después, si la cosa no les va bien, adiós y si te he visto no me acuerdo.

 

Esto es una dictadura no denunciada en voz alta y con insistencia. La ideología mercantil tiene una ética que la dejó bien clara tanto Adam Smith como la Iglesia en su momento. Pero ahora esa ética se borra de un plumazo y ya está. Juan XXIII y Pablo VI llamaron la atención sobre la ética del capitalismo para que se tuviera en cuenta. Juan Pablo II se ha dedicado a conspirar contra el maligno y le ha dado su empujón al Imperio del Mal para que se vaya a hacer puñetas. Pero, después, se ha dedicado a atacar al capitalismo salvaje, eso sí, con la boca chica. Más tarde se agravó su enfermedad y el hombre ya no está para nada. Además, no olvidemos que es el jefe de un estado incrustado en la economía de mercado al que nadie elige jamás democráticamente.

 

He podido observar la llegada de la llamada nueva economía a través de mi vida periodística y docente. En los años 70 y 80 los periodistas anunciábamos que una empresa atravesaba por dificultades y seguíamos el tema. En informaciones o crónicas posteriores dábamos a conocer que las dificultades proseguían y que se estaba barajando la posibilidad de reducir plantilla. Y, en efecto, se hacía. Después, si la cosa seguía mal, se tomaban otras medidas. Al final, si la enfermedad persistía, se procedía al cierre por quiebra o algo parecido. Cabreo de los sindicatos-trabajadores y todo lo demás pero aquello ya no tenía vuelta atrás. Ahora no hace falta tanta diatriba: llegan los jóvenes leones, ejecutivos de la generación X –de pelo corto e ideas del mismo tamaño- que se venden al mejor postor porque se han criado sin otro principio que no sea consumir cacharritos y ostentar; hacen sus cálculos y, si es preciso, recomiendan cerrar una fábrica porque no da el beneficio suficiente y otra multinacional puede comerte. Mientras esto no se evite con contundencia no creeré en la democracia.  


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