
No era fácil que Botín, Amusátegui y Corcóstegui
fueran condenados. El Estado no quería, el fiscal general hace meses que pidió
el archivo de la causa. Sólo el empeño de una mujer, la juez Teresa Palacios,
mantenía vivo el litigio. No podía ser: después de que hace poco se formara la
que se formó con el Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) y la purga de los
vascos históricos (Ybarra y compañía), no se podía consentir otro follón, esta
vez con el otro gran banco español y mundial: BSCH. El poder judicial y
mediático saben que no se puede ir demasiado lejos, que hay una línea que no
se puede cruzar, a menos que sea indispensable para la supervivencia del
propio sistema. ¿Qué imagen estábamos dando ante el mundo, primero el BBVA,
ahora el BSCH? La comunicación se ha portado muy mesuradamente y han sido
silenciados dos libros sobre el tema: uno de Jesús Cacho, otro de Núria
Almiron.
Nos suelen caer mal los banqueros –a estas
alturas creo que más por envidia que por eso que se llamaba conciencia de
clase- pero, al mismo tiempo, nos gusta que nuestro dinero esté en lugar
seguro porque el dinero es miedoso. Nos agrada la buena imagen de nuestro
sistema financiero pero también nos place ver a los ricos sentados en el
banquillo de los malos. Eso sí, dentro de un orden. A la hora de la verdad,
hay que ser prudentes y hasta entreguistas, como la Junta de Andalucía, que
después de quitar de en medio a dos de sus militantes díscolos, como López
Benjumea e Isidoro Beneroso, ex responsables de El Monte y la Caja de Ahorros
San Fernando, que pretendían fusionarse, no duda en corregir su propia ley de
cajas para que no se enfaden Cajasur y la Iglesia. No digo que los antes
citados sean unos santos pero es cierto que se les habían ido de las manos a
la ex consejera de Economía y hoy ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, y a
Braulio Medel, responsable de Unicaja, ambos encargados de que la llamada
“caja única andaluza” se pilote desde Málaga que es la mosca cojonera de
Sevilla y el grano en el culo de Andalucía. Además es como el perro del
hortelano: ni come ni deja comer. No me puedo callar más porque ya me jode
demasiado este tema del odio a la ciudad en que vivo, no porque sea un micro
nacionalista, sino porque ese odio, que no ha partido de aquí, está frenando
el desarrollo de mi ciudad y eso es ya harina de otro costal. Tampoco me
gusta, ya que escribo en un diario gaditano, que en verano se aplaudan con
tanto entusiasmo los goles que en el Carranza (o en el Colombino) les endosan
a Betis y Sevilla equipos venidos de América Latina o de la zona del antiguo
telón de acero. Pero, ¿a qué jugamos aquí?
Regresemos con los banqueros. La concentración
bancaria que en España abarca más o menos el periodo 1988-2001, es visible al
público por el aumento de las siglas: primero, BB (Banco Bilbao); después, BBV
(Banco Bilbao Vizcaya); después BBVA (se añade Argentaria, una entidad que fue
de capital público). El BS (Banco Santander), pasó a ser BSC (con el Central)
y luego BSCH (el Hispano). Ahí se apañaron jubilaciones de hiper lujo los
ahora absueltos de las acusaciones de apropiación indebida y administración
desleal. Esto del aumento de siglas es un reflejo elemental -en todos los
sectores de la producción- del funcionamiento veloz y desbocado de la llamada
nueva economía en red. Hay detalles significativos en este proceso que tienen
que ver con la política. Por ejemplo, el BBVA ya no está bajo el control vasco
de pura cepa (el banco fue fundado por la burguesía vasca en el siglo XIX)
sino que ha pasado al control de Madrid a través de gente sumisa y ex altos
responsables de Argentaria. Poco después de que ocurriera esto apareció el
polémico Plan Ibarretxe. En cuanto al asunto BSCH me ha llamado la atención,
sobre todo, el argumento que Ángel Corcóstegui utilizó el 10 de marzo de 2003
ante la juez para justificar los 110 millones de euros que le entregaron
cuando en 2002 se marchó del banco: su ocupación profesional le originaba un
“estrés insoportable” y una “gran presión psicológica” que le llevaron a
plantearse “un cambio de vida”. Curioso: los impulsores de la globalización
son víctimas de su propia criatura, no la controlan mediante su razón: no es
la conciencia quien domina a la sociedad, sino las condiciones sociales son
quienes dominan a la conciencia, dijo el genial Carlos Marx. Si el gran
banquero está así se comprende cómo estamos los “de abajo” porque, como
también dijo Marx, la mentalidad de la clase dominada es la de la dominante.
Como se ve, los ricos también lloran pero hay una diferencia esencial: este
mundo lo han creado ellos y, mientras se pueden retirar cuando lo deseen, los
curritos de la base de la pirámide tenemos que seguir aguantando. Por eso nos
colocan ante nosotros ilusiones como ser famoso a base de pelotazos, la ONCE,
la lotería y otros despistes.
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