
Cuando
sea mayor quiero ser como Los del Río. Qué maravilla de adaptación al medio:
si hay que cantar tópicos, se cantan, como eso de que Sevilla tiene un color
especial; si hay que visitar al Papa Juan Pablo II, se le visita y se le canta
por sevillanas. He visto por ahí a sevillanos y andaluces dando la nota. Me
acuerdo de una ocasión, al pie de la Torre Eiffel: un grupo de pijos cantaba y
bailaba sevillanas. Yo me hice el tonto, aquello no iba conmigo porque la
sevillana no es más que una derivación de la seguidilla castellana y, como
música, es algo molesto y nefasto (salvo las corraleras, la juglaresca y poco
más). Además, se trata del talante, de esa obligación que sienten algunos de
hacerse notar. Quede claro que he nacido en Andalucía pero no soy andaluz ni
de ningún otro lugar: el mundo es igual en todas partes porque en todas partes
hay seres humanos y eso de la diversidad cultural es un cuento teórico que se
han montado algunos colegas de la Universidad. No es diversidad cultural que
uno lleve corbata y otro turbante o liquiliqui, que uno toque la guitarra y el
otro la balalaika, sino que lo que los define a todos es que beben Coca Cola,
les gustan las series USA y además les gusta joderse mutuamente.
Los del
Río son un ejemplo camaleónico de acomodo darvinista. Si hay que ser del
partido que más calienta en Andalucía, allí que están ellos; si hay que
defender el proyecto constitucional sin leerlo, ellos lo defienden porque,
como otros señores de respeto lo han leído, es que debe ser bueno (es una
filosofía de ciudadano sumiso, caciquil y franquista). Si está de moda
escribir un libro de memorias, ellos lo escriben o, mejor dicho, se lo
escriben, eso tampoco lo dicen debido, precisamente, a esa capacidad tan
magistral que poseen de adaptación al medio. En las últimas semanas me están
enseñando en TV una serie de arquetipos a seguir: el difunto Papa, el también
finado Rainiero, el príncipe de Gales, Camila, Penélope Cruz, Javi Navarro,
Rajoy, Zapatero (estos tienen abono de temporada) y Los del Río. Luego están
todos los otros mensajes habituales de una “televisión de calidad”: los
cuerpos Danone de la serie ésa de la academia de baile, los follones de los
programas folloneros… Supongo que tendré que decirle a mis alumnos que sigan
estos arquetipos y serán felices. Ahora, los llamados “canis” y otras tribus
de niños y jóvenes se están alimentando con estos mensajes. Después llegará a
la universidad un ejército de ignorantes engreídos y chulos con los que hay
que lidiar (ya hay ejemplos en la actualidad). Desde luego a mí un niñato de
estos no me arruga. Después de haberme currado esto que llaman democracia
sorteando a la policía política de Franco me paso a esta gente por la
entrepierna y si quieren acabar conmigo tendrán que matarme entre unos
cuantos, en plan cobarde y gregario. Pero tiene mandanga que haya que
enfrentarse a esta situación, a esta cultura que está en el mismo contexto que
el fenómeno de Los del Río: la ostentación y exaltación pública de la
ignorancia. Carmen Sevilla es una buena persona, como Los del Río, claro, pero
eso no quita para que su fama actual haya arrancado de sus muestras de
ignorancia cuando presentaba el cupón de la ONCE.
A mí
todo esto me lo hace pasar pipa. Es para llorar o para reír pero yo elijo esto
último. Me limito a opinar y a avisar a quien desee oír. Los del Río presumen
de ser catetos y es verdad, lo son. Pero no esos catetos sabios, ellos son los
catetos listos y oportunistas que no tienen sabiduría, los catetos que se
arriman a lo que da más pasta, los catetos que salen del pueblo para adaptarse
a la ciudad. Comprendo que se han currado su carrera y que cantan desde hace
muchos años, lo sé y los oía antes de “Macarena”. Pero eso no les da derecho a
jugar con la gente, basándose en su popularidad. En tantos años de profesión
ya les podía haber dado, además de por cantar, por formarse algo y por
proyectar otro ejemplo que no fuera el del clientelismo. Y, por supuesto, de
artistas nada, ni ellos ni otros muchos. Si les llamamos artistas a esta gente
estamos insultando a los artistas de verdad. Farándula barata y van en coche,
escuchando a Clinton tocándoles el saxo.
ARTÍCULOS ANTERIORES