
No creo que resulte muy difícil beatificar
primero y santificar después (o ir directamente a la santificación) a Juan
Pablo II. El hombre que llegó del frío e impulsó el sindicato Solidaridad en
Polonia, con un ya hoy caído en desgracia Lech Walesa, y se aprovechó del
deleznable episodio del sacerdote Popielusko, asesinado por los servicios
secretos del comunismo internacional. Dicen Chosmky y Herman en su clásico
libro “Los guardianes de la libertad” que el asesinato por esas fechas
(primera mitad de los 80) de un grupo de monjas estadounidenses en El Salvador
a manos de los paramilitares pro yanquis, fue seguido de una forma mucho menos
intensa por la prensa de referencia de EEUU que el asesinato del sacerdote
polaco. El caso es que Juan Pablo II pasa a la historia como el impulsor
principal de la caída del comunismo pero, además, como un personaje divino,
puesto que uno de los llamados secretos de Fátima indicaba que alguien
atentaba contra una personalidad con indumentaria blanca católica, es decir,
el Papa víctima de los disparos del turco Alí Agca, atentado que, en
principio, se le cargó a los servicios secretos de Bulgaria y Rumanía. También
es símbolo de la Pasión, como su paulatina muerte pública lo ha puesto de
relieve.
Este hombre, por tanto, debe ir a los altares
como el Papa viajero que nos libró del Gran Satán Rojo; el hombre que hizo
política pero que no le gustaba que otros de la Casa la hicieran. Ahí está, en
las hemerotecas, la foto en la que, durante su visita a Nicaragua, también en
los 80, le reprende al ministro de Cultura sandinista, padre Ernesto Cardenal,
que se haya metido a liberar a la gente pero no según los mandatos oficiales
del Vaticano, no según las pautas del Opus Dei o de la vieja Inquisición del
cardenal Ratzinger, sino bajo los principios de la Teología de la Liberación,
a cuyos representantes más destacados el Santo Padre recientemente fallecido
les ha tapado la boca todo lo que ha podido. Y aún así puede que sea santo,
como San José Mari.
Tras la muerte de cualquier Papa, se reúnen los
altos jerarcas del Estado Vaticano a puerta cerrada e incomunicada y eligen a
un nuevo pontífice. Nada de participación democrática, por algo Nietzsche
sostenía que el cristianismo era el refugio de los mediocres y de los débiles
mentales. Después, esos mismos jerarcas y el Papa elegido exigen derechos
humanos y democracia a todo el mundo, a todos los países. Juan Pablo II tumbó
al comunismo para luego atacar al liberalismo salvaje. Pero con la boca chica.
En el fondo, estamos tratando de capitalismo, de mercaderes: unos sin sotana y
otros con ella. Pero se trata de criticar a diestro y siniestro porque los
curas predican pero no dan trigo, al revés, hay que darles a ellos el
estipendio y menos mal que la época de los diezmos eclesiásticos –en su
versión clásica- terminó, pero quedan otro tipo de diezmos: aún no pagan
impuestos, como los sacerdotes de Mesopotamia y Egipto, a los que liberaron de
esas molestias para que rezaran, crearan opinión y sostuvieran el aparato del
Estado mientras la gente común trabajaba para sostenerles.
Recuerdo cuando Juan Pablo II visitó por primera
vez España, en 1982. El Opus se empleó a fondo. “Totus tuus”, era el eslogan
de bienvenida. Los fieles gritaban aquel pareado tan conocido: “Juan Pablo II,
te quiere todo el mundo”. Sevilla se llenó de banderas del Vaticano y a la
Giralda la engalanaron con los colores blanco y amarillo de este Estado. Yo
trabajaba en la radio y el destino (el director, vaya) quiso que le pusiera
voz a la cuña en la que anunciábamos un despliegue informativo de dos pares de
narices para cubrir el acontecimiento. Algunos amigos y conocidos se choteaban
de mí: “Míralo, tan rojo, tan comunista, y anunciando la llegada del Papa”.
Por entonces se editaba el diario “Liberación”, de escasa vida; era un diario
alternativo de verdad que tituló en primera algo así como: “El Papa llega a
España de la mano del Opus Dei”. Pero lo que más me gustó fue el
contra-eslogan: “Totus tuus menus nuus” o también, “Tontus todus”. Sin
embargo, al final perdimos y ellos ganaron porque para eso son los buenos. Y
ahora se disponen a asentar la victoria y puede que tengan otro santo en
breve: San Juan Pablo II, un hombre listo, a pesar de lo que digan los progres,
que ha hecho lo que tenía que hacer: aplacar el miedo que este mundo infunde a
los timoratos e ignorantes.
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