
Voy a
romper una larga tradición personal de hace varias legislaturas y sufragios:
saldré de mi casa para ir a votar “no” al Tratado europeo al que llaman
Constitución. Hace lustros que me abstengo de votar porque no hay opciones
serias, a mi juicio. La corriente conservadora de lo que hay se divide en dos
brazos: el “progresista” (PSOE) o el de toda la vida -corregido y aumentado- (PP).
Ambos, a su vez, tienen matices dentro de ellos. Por lo que se refiere a los
“alternativos” (IU) hay que ser sinceros: ni saben quiénes son ni adónde van.
Así es que como la abstención es una postura igualmente democrática y, por
otra parte, a mí esta democracia, desde el punto de vista racional e
intelectual, me parece un insulto al conocimiento y a lo legítimo, me he
quedado en casa en los últimos no sé ya cuántos años. Y no me arrepiento. Pero
lo de ahora es distinto porque lo de ahora es la consagración de una
dictadura: la del mercado, y yo voto ideas, hechos, acontecimientos, no
personas –barbilampiños de escasa experiencia en lo suyo, por lo general- con
caritas repasadas y trabajadas a ordenador.
La
Europa que se fue forjando con una pujante clase mercantil –la Europa de los
“burgos” o ciudades- a lo largo de la Edad Moderna y que se encumbró al poder
en los siglos XVII, XVIII y XIX mediante una política de enfrentamientos y
alianzas con la aristocracia o antiguo régimen (que se dio cuenta de que había
que cambiar todo para que todo siguiera igual, como el príncipe Don Frabrizio
y su sobrino Tancredi, los protagonistas de la novela “El Gatopardo” de
Giusepe Tomasi di Lampedusa), esa Europa de los poderosos que dominó y se
repartió el mundo en los siglos XIX y XX para abrir mercados y extraer
materias primas (aunque el fenómeno venía de atrás, desde la época de los
Descubrimientos) va a consumar ahora su dictadura. Es cierto que la iniciativa
de esta clase social trajo consigo múltiples avances en el conocimiento. Es
cierto que a ella le debemos ser punta de lanza en el mundo. Pero, junto a su
impulso vital para sobrevivir, estuvo su voracidad contra sus semejantes, el
homo hominis lupus. Construyó un Levitán a su servicio y entonces le brotó de
sus entrañas una reacción alérgica con el nombre de revolución soviética que,
a su vez, degeneró por sus propios errores y por la presión de los anticuerpos
de la Europa eterna, esta vez apoyada por uno de sus efectos: EEUU.
Eliminada la enfermedad alérgica, en 1989, 1991 y años siguientes, apareció la
doctrina del Fin de la Historia y del Choque de Civilizaciones de dos
mediocres intelectuales: Fukuyama y Huntington. El primero quería justificar
la victoria del mercado leyendo mal a Hegel y el segundo buscaba enterrar la
dialéctica del materialismo histórico con argumentos espirituales que sí, que
tienen mucha relevancia, pero ahí están las Torres Gemelas e Irak para
decirles a ambos que se han equivocado (lo saben). De todas formas, aunque
equivocados, han vencido, pero no convencido. El referéndum del domingo 20 de
febrero de 2005 es la consagración de una dictadura de mercado a través de un
texto llamado constitucional. Probablemente perderé porque soy un perdedor
nato (perdí la Guerra Civil, la Guerra Fría, me he puesto del lado equivocado,
en fin, un desastre); lo mío no es más que una postura coherente con mis
convicciones pero probablemente inútil. Pertenezco a la minoría que esta
“constitución” pretende poco a poco borrar del mapa porque la gente que
interesa es ésa que va a legitimar el texto, es decir, un determinado número
de ciudadanos (minoría también) que admite no haber leído nada, que admite que
no se le ha explicado el objeto a refrendar pero que va a votar a su favor.
Como decía Nietzsche, la dictadura de los imbéciles. No hay más que una Europa
posible en ese texto: la del mercado. Y hay dos o tres factores básicos:
libertad absoluta de circulación de capitales, autonomía del Banco Central
Europeo, rearme, ligazón con USA, colonialismo. Luego están las palabras
bonitas de siempre con la misma ambigüedad de siempre: dignidad, derecho “a
trabajar”, libertad de expresión. La pega es que el mercado actual –salvaje y
competitivo- ha degradado y humillado a los seres humanos –de occidente y
otros lugares- hasta extremos intolerables y eso ahora será inconstitucional
decirlo y si insistes, será subversivo, comunista, anarquista, antipatriota y
terrorista. Es el principio del fin de la mente crítica. Quiero a Europa pero
no así.
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