
Cuando
se va un submarino nuclear y viene otro y ese otro se va y atraca otro, lo
horrible, lo intolerable –pero que lo toleramos- es la impotencia que sentimos
ante el Poder. Una cosa es la democracia, el supuesto gobierno del pueblo, y
otra el gobierno efectivo; una cosa son las vaguedades y evidencias de
Perogrullo que, por ejemplo, apunta la llamada Constitución europea (como
decir que se respetarán los credos religiosos y filosóficos –la extrema
derecha afirma que esto último se refiere a la masonería-y que se dialogará
con todos) y otra pasarse por el arco del triunfo el lógico temor de la gente
a tener cerca un monstruo de metal con las tripas fabricadas con energía
nuclear. Entonces es cuando debe oírse la voz del ciudadano y su voluntad debe
tener carácter vinculante. A ver, un referéndum entre los afectados: “¿Quiere
usted que se vaya el submarino?”. ¿No? Pues que siga en el garaje. ¿Sí? Pues a
hacer puñetas porque si por un casual –siendo optimistas- se le escapa al
bicho la bilis que lleva dentro y se esparce, luego que no nos vengan con la
hipocresía de la solidaridad con las víctimas andaluzas, con las galas
recaudatorias, con las subastas a ver quién da más, como con el maremoto. Ya
lo dije aquí y lo sostengo: aquello fue y es una farsa. En lugar de tanta
caridad y tanta compasión, fuera gobiernos corruptos colocados por los países
occidentales desde el siglo XIX, fuera paraísos fiscales. El dinero negro bien
encerrado y protegido y, luego, no hay ni para aparatos que detecten olas
gigantes avanzando hacia la costa, eso lo tienen sólo los ricos de EEUU o
Australia.
La
profesora María Dolores Otero, que colabora en el grupo de investigación que
dirijo, es psicoterapeuta y psiquiatra y está muy interesada en el fenómeno de
la impotencia, no como manifestación sexual sino como un componente del
déficit democrático y de la vida cotidiana que crea en el sujeto
inestabilidades psíquicas y frustraciones. Nuestra existencia, en efecto, está
llena de pequeñas y grandes frustraciones muchas de ellas derivadas de la
impotencia ante los distintos poderes enquistados en la sociedad. La felicidad
de los seres humanos está arreglada desde hace siglos en los papeles
(Declaración de los Derechos Humanos, Derechos del Niño, Televisión sin
Fronteras, constituciones varias…) pero el contribuyente sabe que eso es papel
mojado y que, pongamos por caso, si te retienen en la aduana de un aeropuerto
gringo y la cosa se pone fea, puedes acabar en chirona y si no tienes dinero,
chungo, muy chungo el asunto. Si le pasó a Don Felipe y a Doña Letizia y a Don
Antonio Canales (ya puestos a colocar dones, “o tós moros o tós cristianos”)
¿cómo no nos va a pasar a los demás, corregido y aumentado?
La impotencia nos lleva a
preguntarnos qué pintamos todos en este mundo democrático donde nos dejan
votar para luego, en las ocasiones claves, como la del submarino, demostrarnos
que eso no es más que una operación de marketing para que nos sintamos libres.
El submarino es un ejemplo a gran escala –no tenemos derecho a saber lo que
pasa en su interior- pero luego están las pequeñas: los abusos de los bancos,
la poca transparencia de las grandes empresas, la espada de Damocles de las
prejubilaciones y de las deslocalizaciones, la obligación no escrita de tener
un plan de pensiones por si el Estado no cumple con su obligación, la
impotencia de la juventud cuando ve un día y otro que no puede planificar su
futuro, las trabas a la libertad real de expresión en los medios de
comunicación, casi todos ellos englobados en megagrupos de poder; la
precariedad en el empleo, la sensación de asfixia mental porque alguien que
tiene un empleo precario no posee tampoco libertad para hablar o actuar
libremente, los insultantes precios de algo tan elemental como una vivienda,
el redondeo continuo hacia arriba del euro en la cesta de la compra… Todo ello
en un ambiente donde la comunicación se dedica a hinchar las noticias más
cruentas, crueles y catastróficas. “Hoy ha sido asesinado Fulano de Tal”. “Hoy
se le ha practicado la autopsia”. “Hoy ha sido enterrado”. Ya sólo falta
instalar una cámara en el ataúd y retransmitir el proceso de descomposición
del cuerpo. Y en éstas estamos cuando llega otro submarino atómico y por mucho
que se le diga, sus propietarios se pasan las peticiones (de un aliado en la
OTAN y en la UE) por los mismos cataplines. La pregunta es obvia: si esto
ocurre aquí, ¿qué estará sucediendo en los países sin voz y sin poder?.
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