Número 0 - Año I

 

              

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 CONTRACORRIENTE

El Carnaval

  RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Sólo he ido en una ocasión al carnaval de Cádiz pero fue una de las veces que hacen historia. Después, con el paso de los años, me he hartado de casi todo y me dan fobia las cosas populares y las relaciones sociales en general. Creo que es la edad y eso de Benedetti de que uno se vuelve sabio, irremediablemente, no es fobia social, como indican algunos ingenuos psicólogos, es hartazgo. También en mi juventud post-adolescente viví intensamente la Semana Santa y la Feria de Sevilla y ahora me pregunto cómo pude hacer aquello. La Semana Santa aún puedo aguantarla pero la Feria es insufrible: tan falsa, tan artificial, tan rompetímpanos. No alcanzo a comprender cómo llegué hasta a formar un grupo, coger la guitarra y cantar sevillanas (horrible música, salvo en sus versiones corralera y de “trovador”) por las casetas. Las manifestaciones populares y sociales, en general, vista una, vistas todas. Un aburrimiento absoluto.

 

Mi único carnaval de Cádiz fue el primero inmediatamente después de la muerte de Franco. Los gaditanos organizaron un evento que, además de recuperar el carnaval, tenía como finalidad enterrar la feria artificial que el franquismo les había obligado a asumir. Y lo hicieron lanzando un ataúd al mar. Guardo muy buen recuerdo de aquello. Mis, entonces, amigos de carrera Marisa de las Cuevas y Pepe Vera me llevaron a Cádiz y hasta me disfrazaron de manera casi improvisada: de cirujano. Hice un carnaval auténtico paseando por las calles de la ciudad entre las bromas de los transeúntes. Guardo un excelente recuerdo porque no me limité a ir de turista sino que me metí en el meollo. Hace muchos años que no hablo con quienes fueron amigos inseparables en el campus universitario. A Marisa la veo de cuando en vez en los periódicos como concejala del Ayuntamiento de Cádiz por el PSOE. Le deseo lo mejor porque fue una amistad especial en esa etapa de estudiante que jamás se olvida. Gracias a Marisa y a Pepe yo estoy en la orla de mi promoción porque, por entonces, a los progres no nos gustaba hacer nada de lo que normalmente se hacía. La orla de promoción –en blanco y negro- tiene bastantes ausencias: casi todos los militantes y simpatizantes –en la clandestinidad y semiclandestinidad- del PCE, de los maoístas del PTE, de Bandera Roja, de los trostkistas…, nadie quería posar para semejante recuerdo. Nos pasábamos, es verdad, porque, como me decían Marisa y Pepe, “Ramón, ponte en la orla que a lo mejor ya no nos vemos más”. Ahora que estoy en la otra trinchera, en la de profesor, el asunto ha dado la vuelta: los alumnos no sólo se suelen prestar para la foto sino que la orla se ha completado con el orlín y otros recuerdos. Y, al final del curso, un acto solemne, en el que los mozos y mozas se engalanan y traen a sus padres, supone el colofón brillante a unos estudios. Está mejor así.

 

El carnaval se supone que es la expresión de la libertad de la gente, sin ataduras morales ni culturales. Yo esto no me lo creo del todo porque hay muchas letras que repiten lo que el mundo mediático ha mostrado pero existen bastantes otras originales. Antes de la seriedad de la Pasión viene el estallido del Carnaval. La opinión pública es un misterio, la gente no es tan manipulable como se cree, funciona por el fondo de las mentes un saber acumulado que el mundo mediático quiere eliminar del todo. Es un instinto que trata de defenderse de la vulgaridad del mercado y sus espejismos. En Sevilla se han dado varios intentos para implantar un carnaval que se derive de aquellas murgas de principios del siglo XX. Uno fue en los años 80, nombraron reina de los carnavales a Ocaña, aquel homosexual que emigró a Cataluña y murió en trágicas circunstancias. Le hice una entrevista y me reí mucho con él. Le pregunté que cómo se definía si homosexual o qué y me contestó que maricón y ya está; entonces no se usaba esa palabra tan amariconada: gay. La prensa carca de la ciudad deslegitimó aquel carnaval diciendo que era cosa de marginados. Mi colega el profesor Gómez y Méndez, moguereño de nacimiento, impulsó en los noventa otro carnaval sevillano. Ahora vuelve a intentarse. Va ser difícil. Ya me dijo hace unos años, con su habitual sabiduría, el poeta de Arcos de la Frontera, Antonio Luis Baena, afincado en Sevilla, que Sevilla era incapaz de reírse de sí misma y un carnaval empieza por ahí, por reírse de uno mismo


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