
Sólo he ido en una ocasión al carnaval de Cádiz
pero fue una de las veces que hacen historia. Después, con el paso de los
años, me he hartado de casi todo y me dan fobia las cosas populares y las
relaciones sociales en general. Creo que es la edad y eso de Benedetti de que
uno se vuelve sabio, irremediablemente, no es fobia social, como indican
algunos ingenuos psicólogos, es hartazgo. También en mi juventud
post-adolescente viví intensamente la Semana Santa y la Feria de Sevilla y
ahora me pregunto cómo pude hacer aquello. La Semana Santa aún puedo
aguantarla pero la Feria es insufrible: tan falsa, tan artificial, tan
rompetímpanos. No alcanzo a comprender cómo llegué hasta a formar un grupo,
coger la guitarra y cantar sevillanas (horrible música, salvo en sus versiones
corralera y de “trovador”) por las casetas. Las manifestaciones populares y
sociales, en general, vista una, vistas todas. Un aburrimiento absoluto.
Mi único carnaval de Cádiz fue el primero
inmediatamente después de la muerte de Franco. Los gaditanos organizaron un
evento que, además de recuperar el carnaval, tenía como finalidad enterrar la
feria artificial que el franquismo les había obligado a asumir. Y lo hicieron
lanzando un ataúd al mar. Guardo muy buen recuerdo de aquello. Mis, entonces,
amigos de carrera Marisa de las Cuevas y Pepe Vera me llevaron a Cádiz y hasta
me disfrazaron de manera casi improvisada: de cirujano. Hice un carnaval
auténtico paseando por las calles de la ciudad entre las bromas de los
transeúntes. Guardo un excelente recuerdo porque no me limité a ir de turista
sino que me metí en el meollo. Hace muchos años que no hablo con quienes
fueron amigos inseparables en el campus universitario. A Marisa la veo de
cuando en vez en los periódicos como concejala del Ayuntamiento de Cádiz por
el PSOE. Le deseo lo mejor porque fue una amistad especial en esa etapa de
estudiante que jamás se olvida. Gracias a Marisa y a Pepe yo estoy en la orla
de mi promoción porque, por entonces, a los progres no nos gustaba hacer nada
de lo que normalmente se hacía. La orla de promoción –en blanco y negro- tiene
bastantes ausencias: casi todos los militantes y simpatizantes –en la
clandestinidad y semiclandestinidad- del PCE, de los maoístas del PTE, de
Bandera Roja, de los trostkistas…, nadie quería posar para semejante recuerdo.
Nos pasábamos, es verdad, porque, como me decían Marisa y Pepe, “Ramón, ponte
en la orla que a lo mejor ya no nos vemos más”. Ahora que estoy en la otra
trinchera, en la de profesor, el asunto ha dado la vuelta: los alumnos no sólo
se suelen prestar para la foto sino que la orla se ha completado con el orlín
y otros recuerdos. Y, al final del curso, un acto solemne, en el que los mozos
y mozas se engalanan y traen a sus padres, supone el colofón brillante a unos
estudios. Está mejor así.
El carnaval se supone que es la expresión de la
libertad de la gente, sin ataduras morales ni culturales. Yo esto no me lo
creo del todo porque hay muchas letras que repiten lo que el mundo mediático
ha mostrado pero existen bastantes otras originales. Antes de la seriedad de
la Pasión viene el estallido del Carnaval. La opinión pública es un misterio,
la gente no es tan manipulable como se cree, funciona por el fondo de las
mentes un saber acumulado que el mundo mediático quiere eliminar del todo. Es
un instinto que trata de defenderse de la vulgaridad del mercado y sus
espejismos. En Sevilla se han dado varios intentos para implantar un carnaval
que se derive de aquellas murgas de principios del siglo XX. Uno fue en los
años 80, nombraron reina de los carnavales a Ocaña, aquel homosexual que
emigró a Cataluña y murió en trágicas circunstancias. Le hice una entrevista y
me reí mucho con él. Le pregunté que cómo se definía si homosexual o qué y me
contestó que maricón y ya está; entonces no se usaba esa palabra tan
amariconada: gay. La prensa carca de la ciudad deslegitimó aquel carnaval
diciendo que era cosa de marginados. Mi colega el profesor Gómez y Méndez,
moguereño de nacimiento, impulsó en los noventa otro carnaval sevillano. Ahora
vuelve a intentarse. Va ser difícil. Ya me dijo hace unos años, con su
habitual sabiduría, el poeta de Arcos de la Frontera, Antonio Luis Baena,
afincado en Sevilla, que Sevilla era incapaz de reírse de sí misma y un
carnaval empieza por ahí, por reírse de uno mismo.
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