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En el lugar donde vivo –una
localidad del área metropolitana de Sevilla- el pasado domingo día 4 de mayo los
meapilas sacaron a pasear al Santísimo por la calle para dar la comunión a los
enfermos e impedidos. Desde las 8 de la mañana, o antes, tiraron cohetes como
posesos. Estarían poseídos por Dios, supongo. Son más teístas que el propio Dios
y les importa un pepino el descanso ajeno, ellos a lo suyo. Ni siquiera lanzan
una traca de cohetes sino que van cayendo con cuentagotas, como para que la
tortura sea mayor. Por esta gente el tiempo no ha pasado, no se han enterado de
que hay bastante personal que no tiene nada que ver con sus tradiciones ni
creencias, estiman que deben seguir fieles a ellas y antes castigaban a los
discrepantes y disidentes con la marginación (hace dos siglos con la
Inquisición) pero ahora nos aguantan porque no pueden con el tiempo y además
aportamos dinero al pueblo. Y porque ellos en el fondo saben que lo que hacen es
mera rutina, necesaria para la convivencia.
En Sevilla capital hay una calle que
se llama Hombre de Piedra. En una de sus esquinas se observa un busto pétreo que
representa el torso de un patricio romano. Está incrustado en la pared, a ras de
suelo, en una especie de hornacina. La leyenda dice que corresponde a un sujeto
que, cuando ya Roma se había convertido al Cristianismo, se negó a arrodillarse
al paso del Santísimo y en castigo Dios lo convirtió en piedra. Y si no dice eso
exactamente a mí me la contaron de esa manera.
Ahora somos otros muchos los que nos
quedamos de piedra con este fundamentalismo popular –no tan abundante como se
cree-. De manera que el Cristianismo, la desgracia más grande que ha caído sobre
la Humanidad, según Nietzsche, supera en intolerancia a la cultura romana que, a
fin de cuentas, no perseguía de forma obsesiva a los homosexuales, veía a las
casas de putas y de orgías en general como algo bastante normal para el sano
esparcimiento de los seres humanos y permitía que dioses de otras culturas
conquistadas se incorporaran al elenco que ya aportaban los conquistadores.
Por supuesto, el ayuntamiento del
lugar donde habito no dice ni pío ante esta transgresión del derecho de los
demás y en domingo. Es del PSOE, ni del PP siquiera, pero cualquiera osa tocar
las costumbres para poner en peligro votos actuales o futuros. A eso lo llamo
perversión de la democracia que considera población vulnerable a las mujeres o a
los inmigrantes pero no a todo el personal que trataba de descansar el domingo
para poder seguir rindiendo el lunes y, con sus impuestos, seguir permitiendo
que la legión de meapilas jubilados que estaban detrás del paseo del Santísimo
puedan seguir dando la tabarra, rezando en sus iglesias rehabilitadas y yendo al
médico para que les regalen medicinas muchas de las cuales ni necesitan en
realidad.
La costumbre hace esclava a la
gente. “La fuerza de la costumbre/ es mi guía y mi lumbre”, cantaban en los años
ochenta Gabinete Caligari, un grupo que se las daba de moderno con su rock –a mí
me parecía muy bueno- pero que a la vez lanzaba estos mensajes retrógrados con
los que la especie jamás hubiera evolucionado de haberlos seguido. En realidad,
quien no los sigue es una minoría a cuyo carro se suman los demás. Estuve este
fin de semana en Moguer, una parte de su fuente de ingresos es Juan Ramón pero a
Juan Ramón le llamaban “el loco” y lo rechazaban. Ahora bien que se aprovechan
de que existió y de que gracias a él el nombre de la localidad es conocido en
todo el mundo.
Para celebrar el paso del Santísimo
los organizadores y simpatizantes católicos habían colocado palmas en puertas,
falladas y ventanas. La palma es un símbolo de deseo de libertad, Jesús de
Nazaret fue recibido entre palmas en Jerusalén, como libertador de la
colonización romana y futuro rey, según nos narran los Evangelios oficiales. Las
intenciones de este hombre no iban por ahí y bien que lo pagó después, lo suyo
era más inteligente, una especie de inversión a largo plazo, una revolución
interior, pero la gran mayoría de sus seguidores de entonces, de después y de
ahora no se enteran de la película o, mejor dicho, no quieren enterarse para no
hacer ningún esfuerzo psíquico ni físico y prefieren dejarlo todo en anécdotas y
simbología, como esto de transitar con la llamada sagrada forma por la calle,
tirando cohetes para joder al prójimo. O ir al Rocío.
DIARIO Bahía de Cádiz
Esta semana es semana rociera. El
Rocío es más pagano que cristiano, es una válvula de escape pero como queda feo
presentarlo así en público, se le viste de religiosidad. Claro que va gente
realmente católica pero en general es paganismo y desahogo. Ninguno de los dos
fenómenos –paseo del Santísimo, Rocío- son realmente acordes con el Evangelio:
rezar para uno mismo, sin ostentación, que una mano no sepa lo que hace la otra.
Son todo lo contrario: una demostración de pobreza de espíritu. Ahora bien, no
olvidemos que el cristianismo “se inventó” precisamente para los pobres de
espíritu aunque a la vez tenga aspectos revolucionarios. En realidad, se
encuentra lleno de contradicciones en sí mismo y a la vista está.
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