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 CONTRACORRIENTE

Resignación mexicana

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)              ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Dicen en una emisora de radio de aquí de México que en 2007 el crimen organizado cometió en México unos 2.700 asesinatos, frente a los aproximadamente 2.500 de 2006. Dicen por la radio que los políticos se subieron el sueldo un 14 por ciento, sobre todo a través de los viáticos (dietas, para los españoles). Dicen por la radio que entre 7.000 y 8.000 hectáreas rurales han pasado de cultivar productos alimenticios a los opiáceos como la marihuana. Y titulan: “Del campo al narco”. Informan por la radio de atracos a mano armada, asesinatos por venganza y por pasiones varias. No es tan extraño, si se tiene en cuenta que, a la pobreza reinante, se une que la Constitución mexicana legitima el derecho a tener en casa armas para defenderse. Desde la sierra Tarahumara (al norte del país) entra en antena un ciudadano y nos cuenta que núcleos de poblaciones indígenas sufren grandes carencias en sus necesidades más elementales y que además una serie de “caciques” los expulsan de sus tierras, no se sabe exactamente si son tierras de los indígenas o de los caciques. El ciudadano es miembro de una ONG que vela por los derechos humanos y añade que no van a permitir estos atropellos pero matiza que será con la ayuda de Dios, como queriendo dejar claro que Dios siempre tiene la última palabra. Sin embargo, también se posee la ayuda de la mentada Constitución que consagra los derechos de las etnias pero, claro, el papel es muy sufrido.

 

La radio aporta una impresión que anda por ahí por entre alguna gente: que en 2010 no celebrarán el centenario de la Revolución mexicana sino que se dará una nueva revolución. Los años 10 tienen significado en México: 1810, independencia de España; 1910, Revolución; ¿2010?

 

Cuando estoy entre mexicanos es normal que hablen de política: del Partido Revolucionario Institucional (PRI), del Partido de Acción Nacional (PAN), del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Pero charlan en clave nominal, tribal y de batallitas: que si éste, que si aquél, que si uno es panista y el otro priísta. La política no veo yo que sea aquí una manera de transformar la sociedad ni de participar ni de mejorar nada; en el fondo, es una forma de tener un puesto de trabajo más o menos seguro, una forma de ejercer el clientelismo o de meterse en él, un clientelismo instaurado por el PRI en sus setenta años de gobierno pero apenas tocado por el PAN. La política se convierte a nivel cotidiano en una dinámica eterna de discusiones inútiles que dejan entrever la falta de formación cultural (en lo histórico sobre todo) de gran parte de sus protagonistas. Una vez, hablando sobre la homosexualidad, me dijo uno que sostenía simpatizar con el PRD (la supuesta izquierda) que eso de que los homosexuales tienen su peculiaridad cromosómica es opinión mía y asunto cultural, no sabía que estaba demostrado científicamente “desde siempre” o no quería saberlo. Me quedé sorprendido para mis adentros. ¿Qué hacía yo hablando con aquel sujeto –universitario- si desconocía lo más elemental? Pero, eso sí, era muy de izquierdas.

 

Hay más pasión, más intereses personales y más vanidades que conocimiento entre el mundillo político mexicano de a pie. Y en las alturas, recuerda a la política estadounidense: un político puede defender perfectamente posiciones próximas a la izquierda pero pertenecer a un partido ultraconservador como el PAN. Es el individualismo típico donde el partido llega a pintar poco y que provoca que se utilice la política como fuente de riqueza y de ostentación personal. No hay contrapeso, no hay apenas fiscalización de lo que unos y otros hacen, no hay un segmento de funcionarios impermeables a los vaivenes políticos ni siquiera en la universidad (la autonomía es escasa, salvo excepciones), no hay cuerpos de seguridad del Estado fieles y consolidados que garanticen la fuerza de éste frente al elemento negativo, salvo para salvaguardar el orden de mercado, claro. Todo se mezcla, el “bien” y el “mal”, todo se confunde pero la resignación prosigue su camino, nadie toma el rábano por las hojas o el toro por los cuernos. Los mexicanos sabrán lo que hacen, si van a algún lugar o a ninguno, eso no es cosa mía, yo sólo observo, pienso y escribo. El artículo 33 de la Constitución indica expresamente que a los extranjeros se nos prohíbe inmiscuirnos en asuntos políticos; es algo tan ambiguo que no sé si esto que escribo es inmiscuirme o expresarme libremente. De todas formas aclaro que no tengo intención alguna de jugar a la política, le tengo demasiado respeto a la Política como para jugar con ella y servirme de ella, que es lo que suele hacerse.

 

La población mexicana envejece, su economía sigue con excesivo peso monopolista y eso influye en el bolsillo de la gente para mal. El llamado Tratado de Libre Comercio (TLC) que firmaron con EEUU en 1994, como todo tratado de libre comercio mal enfocado, beneficia al más poderoso, al que fabrica cacharros de forma más barata y rápida, o sea, a los EEUU. Por eso ni el campo mexicano ni su industria pueden competir bien con su vecino del norte, al que están atados por ahora con lazos de odio y de atracción apasionada. Y el campo pasa “del campo al narco”. Nada más empezar 2008 se han producido protestas campesinas en Juárez a causa del TLC.

 

Puede que una fuerte marejada de descontento circule por zonas subterráneas de la sociedad o por las altas esferas del país donde habita el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, mientras a su alrededor ocurren cosas como las que acabo de mencionar y el 60 por ciento de la población (algo más de cien millones de habitantes en 2007) está por debajo del umbral de la pobreza. Me gustaría saber lo que piensa este hombre y su familia de todo esto, me gustaría saber si vale la pena tener esa fortuna (equivalente a un 20 por ciento del PIB) en un entorno semejante, me gustaría hablar con él largo y tendido, sin asperezas, sin malentendidos, sin prejuicios, aplicándole por supuesto la presunción de inocencia, sólo a nivel de periodista, de científico social, de profesor, de observador y estudioso de la sociedad.

 

Slim tiene de todo, grandes almacenes, medios de comunicación, telecomunicaciones, proyección internacional empresarial y financiera... Cuando los mexicanos hablan una y otra vez de Dios, de si Dios quiere, de si Dios nos da salud, etc., no saben que tal vez se refieran a Carlos Slim. En Cuauhtémoc, una ciudad del norte, de unos 100.000 habitantes, una chica querida en la localidad, Daysi Prieto, que ha ejercido como música en varios grupos, tuvo un accidente de tráfico que le fracturó el cráneo. Ha estado en coma un tiempo y ha despertado. Cuauhtémoc se ha volcado con ella para recaudar fondos con los que costear sus gastos médicos. Un aplauso para este gesto que se repite por otros lugares de México ante casos similares pero ya estamos metiendo dentro de nosotros que esto es lo normal cuando no es lo normal sino que es cosa del Estado, de derechos, no de caridad, no de resignación.

 

Esa resignación ante Dios es producto de una conciencia equivocada, mal enfocada, temerosa de que Dios se enfade y castigue si no lo mencionamos como adalid de las causas en sus logros más profundos. Es el Dios bíblico, vengador y rencoroso, o sea, un Dios destructivo, el producto de la simbiosis entre indigenismo, catolicismo rancio y castellano, protestantismo, judaísmo, superstición y falta de formación. Pero resulta que estamos solos y que el mundo será lo que nosotros queramos y eso ni Dios va a poder evitarlo aunque sí pueden hacerlo personas como Carlos Slim que son más nosotros que nosotros mismos porque tienen el poder y la fuerza.

 

Más de una vez, niñas de la etnia rarámuri, del norte de México, se me han acercado con la mano extendida y me han dicho una palabra: “kórima” (ayuda). Así, en esta resignación, llevan siglos pero nosotros –empezando por Slim- no parece que perdamos el sueño por ello, nos hemos resignado a verlas. Aunque la Constitución, que lleva escrita desde 1917, contenga todo lo habido y por haber en cuestión de derechos a una vivienda digna, a un trabajo, a una educación, etc., etc. Ya lo he dicho más veces: en el papel, el mundo está arreglado desde la Antigüedad. La resignación también viene de lejos pero es mucho más novedosa, se deriva sobre todo de que como estamos en un valle de lágrimas hay que esperar a la muerte para ser dichosos y hay que ser buenos para eso (ser buenos significa no pecar, pecar es todo menos dar dinero a la Iglesia y hacer lo que te diga el orden instituido). Los protestantes y los judíos, con su Dios castigador, están todo el tiempo trabajando e inventando para intentar agradar a su gran Señor y librarse de un destino fijo pero que ignoran. Estos no se resignan, por eso mandan en el planeta y nos han traído a la vez el progreso y la desgracia, gracias a Dios. DIARIO Bahía de Cádiz


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