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 CONTRACORRIENTE

Carlos y la ilusión

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)              ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Carlos parece ilusionarse cuando me habla de sus planes para paliar o arreglar los problemas de México. Es callado pero cuando le toco la política se empieza a entusiasmar y, a la sombra de unos frijoles y un tequila, me transmite sus análisis y sus deseos mientras el invierno de 2007 pasa por la ventana de una casa de la colonia Panamericana de Chihuahua. Milita en una liga trotskista, dentro de esa tradición que el líder de la revolución soviética dejó en tierras mexicanas. La Liga de Carlos es marginal pero hay grupúsculos aún más marginales que el suyo con los que está intentando entenderse. Si logran ponerse de acuerdo y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) se escinde, procurarán unirse a la fracción de izquierdas del PRD y formarán un nuevo partido marxista.

 

Me agrada encontrar gente con ilusiones, me recuerdan estas personas a mí cuando creía en las masas populares en lugar de creer en mí mismo, en la música  y en las masas pectorales, como me ocurre ahora aunque no desee aceptarlo por motivos psicológicos, más que nada. Carlos hasta se expresa como nos expresábamos en los años setenta: “porque la gente quiere”, “la gente está pidiendo”, “notamos un cambio en la gente”… La gente sólo quiere que otros –una minoría- les saquen las castañas del fuego y les compren un piso, un chalet, un coche y les regalen una tarjeta de crédito cargadita. Si logran eso mandan a los “revolucionarios” a la chingada y en paz. Y suponiendo que no deseara eso, ¿quién y cómo le va a enseñar a pensar y a sentir de otra forma si el monopolio del discurso lo tiene el mercado y sus medios de comunicación y los revolucionarios y alternativos piensan más en la reyerta interna y están tarados desde lo de Berlín y la URSS y no saben qué hacer? Estamos en otra travesía del desierto cuyo final ignoramos.

 

Cuando la gente se pronuncia en las urnas algunos revolucionarios se quedan con la boca abierta. En España, fue Rota, con su base y su riesgo de guerra y de asuntos nucleares, la localidad española que más apoyo dio a la entrada de este país en la OTAN. La gente votó con la cartera, los gringos les dejan dólares. Punto, no hay más que hablar. En América Latina, en los ochenta también, la gente le dio la espalda al movimiento sandinista en favor de Violeta Chamorro porque sus partidarios hicieron correr la voz de que de nuevo habría guerra si no ganaba la señora, que era apoyada por los EEUU, claro. La gente no desea guerra, queremos hacer una tortilla (española, no mexicana) sin romper los huevos y eso no puede ser, el que quiera peces o se moja las nalgas o más vale que se quede en casa.

 

Son encantadores estos trotskistas, como Carlos. Sus camaradas siempre han funcionado de manera bastante “endogámica”, ni siquiera están unidos en un solo partido, cuando yo era estudiante se les veía por los pasillos de la universidad, relacionándose sólo entre ellos, con un aire misterioso y hasta siniestro, nunca mejor dicho por aquello de diestro y siniestro. En la actualidad siguen igual, más o menos, tienden al debate eterno y por una pamplinita de nada son capaces de romper un grupo para formar micro-grupos. Trotsky huyó del puño inapelable de Stalin y se refugió en México. Desde la tranquilidad del exilio arreglaba el mundo, como ya se hizo desde el código de Hammurabi, porque el mundo desde una mesa se arregla pronto. Stalin mandó al español Ramón Mercader para ejecutarlo. Mercader se ganó su confianza y cumplió su misión clavando en la cabeza del soviético un piolet. Antes había declarado que Stalin era quien era pero estaba a pie de tajo mientras Trotsky especulaba desde su residencia mexicana, bien vigilada, pero en la que Mercader supo infiltrarse. Quién sabe si este estar en las nubes y estos debates eternos de los trotskistas vienen de ahí, de tanto predicar y no tener que dar trigo.

 

Las teorías de Trotsky son interesantes pero díganme cómo se aplican en la práctica. En algunas de sus ideas se acercaba incluso a Nietzsche, quien aborrecía a las masas. Trotsky creía que llegaría un momento en que la gente se asimilaría a un Dante, a un Marx, a un superhombre. ¿Qué gente? ¿Acaso un genio aparece cada dos por tres? La gente es gente y no se le pueden pedir peras a un olmo, la gente no está “programada” –ni genética ni culturalmente- para ser un superhombre sino para ser gente, de eso se aprovecha el mercado y ésa es la desgracia del pensamiento de izquierdas que supone que la gente lo va a seguir y que la gente necesita ser redimida. O del pensamiento fundamentalista religioso y del pensamiento fascista.

 

La gente posee sus propios mecanismos de defensa, no es absolutamente manipulable aunque sí muy influenciable. Y es insolidaria, cuando practica la aparente solidaridad es para su beneficio o por instinto de conservación, no por pura filantropía razonada. Creo que José Saramago, en su novela El Evangelio según Jesucristo, reflexiona sobre el comportamiento de San José. Un ángel le anuncia que salga corriendo con la familia porque Herodes se va a cargar a todos los recién nacidos. Y el carpintero obedece. ¿Qué hacían Dios y sus ángeles actuando así? ¿Por qué San José no puso en alerta a todos los padres de recién nacidos que pudo? Porque la gente no suele pensar por sí misma, obedece, es mediocre.

 

El fin justificaba los medios, la información privilegiada es el arma del poder y de la gente que la posea: la voluntad de poder, he ahí lo que guía a los seres humanos, decía Nietzsche. Y la vanidad, el yoísmo absoluto, habría que añadir, por eso el mercado sigue y el comunismo ha caído. Lo que hizo San José es la misma doctrina que manejan los EEUU y Bush: a veces es preciso que mueran unos cuantos o muchos para que la verdad siga adelante, abriéndose paso. Esto es lo que no parecen haber entendido los Carlos de turno: que estamos en una “guerra” sin cuartel en la que los pensamientos sincrónicos, débiles y especulativos no tienen valor ni utilidad por muy hermosos que sean; que Rousseau está muerto y enterrado y Hobbes sigue vivo y coleando. Puede que no esté dicha la última palabra pero todo esto es muy lento, las épocas de encaje tardan mucho en ensartarse, si es que lo hacen. Puede que personas como Carlos representen ese nuevo mundo que está por venir, mejor que éste, mientras que yo me voy apagando en mi desencanto y en mi escepticismo. Ojalá sea así y México y todo el planeta disfruten de otro oxígeno menos podrido que el actual. Amén. DIARIO Bahía de Cádiz


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