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Carlos parece ilusionarse cuando me
habla de sus planes para paliar o arreglar los problemas de México. Es callado
pero cuando le toco la política se empieza a entusiasmar y, a la sombra de unos
frijoles y un tequila, me transmite sus análisis y sus deseos mientras el
invierno de 2007 pasa por la ventana de una casa de la colonia Panamericana de
Chihuahua. Milita en una liga trotskista, dentro de esa tradición que el líder
de la revolución soviética dejó en tierras mexicanas. La Liga de Carlos es
marginal pero hay grupúsculos aún más marginales que el suyo con los que está
intentando entenderse. Si logran ponerse de acuerdo y el Partido de la
Revolución Democrática (PRD) se escinde, procurarán unirse a la fracción de
izquierdas del PRD y formarán un nuevo partido marxista.
Me agrada encontrar gente con
ilusiones, me recuerdan estas personas a mí cuando creía en las masas populares
en lugar de creer en mí mismo, en la música y en las masas pectorales, como me
ocurre ahora aunque no desee aceptarlo por motivos psicológicos, más que nada.
Carlos hasta se expresa como nos expresábamos en los años setenta: “porque la
gente quiere”, “la gente está pidiendo”, “notamos un cambio en la gente”… La
gente sólo quiere que otros –una minoría- les saquen las castañas del fuego y
les compren un piso, un chalet, un coche y les regalen una tarjeta de crédito
cargadita. Si logran eso mandan a los “revolucionarios” a la chingada y en paz.
Y suponiendo que no deseara eso, ¿quién y cómo le va a enseñar a pensar y a
sentir de otra forma si el monopolio del discurso lo tiene el mercado y sus
medios de comunicación y los revolucionarios y alternativos piensan más en la
reyerta interna y están tarados desde lo de Berlín y la URSS y no saben qué
hacer? Estamos en otra travesía del desierto cuyo final ignoramos.
Cuando la gente se pronuncia en las
urnas algunos revolucionarios se quedan con la boca abierta. En España, fue
Rota, con su base y su riesgo de guerra y de asuntos nucleares, la localidad
española que más apoyo dio a la entrada de este país en la OTAN. La gente votó
con la cartera, los gringos les dejan dólares. Punto, no hay más que hablar. En
América Latina, en los ochenta también, la gente le dio la espalda al movimiento
sandinista en favor de Violeta Chamorro porque sus partidarios hicieron correr
la voz de que de nuevo habría guerra si no ganaba la señora, que era apoyada por
los EEUU, claro. La gente no desea guerra, queremos hacer una tortilla
(española, no mexicana) sin romper los huevos y eso no puede ser, el que quiera
peces o se moja las nalgas o más vale que se quede en casa.
Son encantadores estos trotskistas,
como Carlos. Sus camaradas siempre han funcionado de manera bastante
“endogámica”, ni siquiera están unidos en un solo partido, cuando yo era
estudiante se les veía por los pasillos de la universidad, relacionándose sólo
entre ellos, con un aire misterioso y hasta siniestro, nunca mejor dicho por
aquello de diestro y siniestro. En la actualidad siguen igual, más o menos,
tienden al debate eterno y por una pamplinita de nada son capaces de romper un
grupo para formar micro-grupos. Trotsky huyó del puño inapelable de Stalin y se
refugió en México. Desde la tranquilidad del exilio arreglaba el mundo, como ya
se hizo desde el código de Hammurabi, porque el mundo desde una mesa se arregla
pronto. Stalin mandó al español Ramón Mercader para ejecutarlo. Mercader se ganó
su confianza y cumplió su misión clavando en la cabeza del soviético un piolet.
Antes había declarado que Stalin era quien era pero estaba a pie de tajo
mientras Trotsky especulaba desde su residencia mexicana, bien vigilada, pero en
la que Mercader supo infiltrarse. Quién sabe si este estar en las nubes y estos
debates eternos de los trotskistas vienen de ahí, de tanto predicar y no tener
que dar trigo.
Las teorías de Trotsky son
interesantes pero díganme cómo se aplican en la práctica. En algunas de sus
ideas se acercaba incluso a Nietzsche, quien aborrecía a las masas. Trotsky
creía que llegaría un momento en que la gente se asimilaría a un Dante, a un
Marx, a un superhombre. ¿Qué gente? ¿Acaso un genio aparece cada dos por tres?
La gente es gente y no se le pueden pedir peras a un olmo, la gente no está
“programada” –ni genética ni culturalmente- para ser un superhombre sino para
ser gente, de eso se aprovecha el mercado y ésa es la desgracia del pensamiento
de izquierdas que supone que la gente lo va a seguir y que la gente necesita ser
redimida. O del pensamiento fundamentalista religioso y del pensamiento
fascista.
La gente posee sus propios
mecanismos de defensa, no es absolutamente manipulable aunque sí muy
influenciable. Y es insolidaria, cuando practica la aparente solidaridad es para
su beneficio o por instinto de conservación, no por pura filantropía razonada.
Creo que José Saramago, en su novela El Evangelio según Jesucristo,
reflexiona sobre el comportamiento de San José. Un ángel le anuncia que salga
corriendo con la familia porque Herodes se va a cargar a todos los recién
nacidos. Y el carpintero obedece. ¿Qué hacían Dios y sus ángeles actuando así?
¿Por qué San José no puso en alerta a todos los padres de recién nacidos que
pudo? Porque la gente no suele pensar por sí misma, obedece, es mediocre.
El fin justificaba los medios, la
información privilegiada es el arma del poder y de la gente que la posea: la
voluntad de poder, he ahí lo que guía a los seres humanos, decía Nietzsche. Y la
vanidad, el yoísmo absoluto, habría que añadir, por eso el mercado sigue y el
comunismo ha caído. Lo que hizo San José es la misma doctrina que manejan los
EEUU y Bush: a veces es preciso que mueran unos cuantos o muchos para que la
verdad siga adelante, abriéndose paso. Esto es lo que no parecen haber entendido
los Carlos de turno: que estamos en una “guerra” sin cuartel en la que los
pensamientos sincrónicos, débiles y especulativos no tienen valor ni utilidad
por muy hermosos que sean; que Rousseau está muerto y enterrado y Hobbes sigue
vivo y coleando. Puede que no esté dicha la última palabra pero todo esto es muy
lento, las épocas de encaje tardan mucho en ensartarse, si es que lo hacen.
Puede que personas como Carlos representen ese nuevo mundo que está por venir,
mejor que éste, mientras que yo me voy apagando en mi desencanto y en mi
escepticismo. Ojalá sea así y México y todo el planeta disfruten de otro oxígeno
menos podrido que el actual. Amén. DIARIO Bahía de Cádiz
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