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 CONTRACORRIENTE

Camino al cielo

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)              ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Son las 10,15 del viernes 21 de diciembre de 2007. Estoy en una enorme cola de coches en Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos. Nos dirigimos a El Paso. Miles de mexicanos se encaminan hacia esta ciudad por estas fechas navideñas. Van a gastarse el aguinaldo que acaban de cobrar en pesos. Los pesos salen de  México y acaban en los bolsillos de los estadounidenses convertidos en dólares. Calculamos que el tiempo de espera hasta llegar a suelo gringo será de dos horas. Uno de los ocupantes de nuestro vehículo se desespera un poco y sale fuera a pasear para regresar unos cinco minutos después, va más deprisa que los que nos quedamos dentro, claro. Juárez, ciudad abierta, Juárez, tristemente famosa por su violencia, sus feminicidios, publicitados por una película de Jennifer López y Antonio Banderas que ni siquiera se rodó en Juárez sino en Tijuana. Se habla casi en exclusividad de las misteriosas muertes de mujeres pero hay más muertos masculinos a lo largo del año, por ajustes de cuentas y venganzas varias.

 

Siempre detecté una relación de amor-odio de los mexicanos hacia los estadounidenses y  más en esta zona del país. Pero para eso vivimos en una economía de mercado, los precios son más competitivos en El Paso que en México. Anoche estuve en un espectáculo llamado “Viva México”. Fue acertado, bastante cuidado en sus distintos números. Al final, los protagonistas salen a escena y, ondeando la bandera verde, blanca y roja, se despiden al grito de “Viva México”, pero ahora estamos en una fila interminable de coches (carros) que están diciendo “Vivan los EEUU”. La mayoría de ellos son cuatro por cuatro, todoterrenos, contaminantes, demasiado contaminantes, esto es tierra de petróleo, de grandes espacios abiertos, de un enorme desierto que antes fue el mar Thetis. No es difícil hallar fósiles si paseas por él. Por aquí corrían a miles las manadas de búfalos y bisontes, ésas que cazaban los indios en armonía con el medio ambiente pero que la avaricia del hombre blanco diezmó hasta casi la nada.

 

La avaricia, en eso se basa el mercado, nos dirigimos hacia un lugar de consumo llamado Cielo Vista, no podría tener un nombre mejor: el consumo como la arribada a la Gloria, lo mismo de siempre, el egoísmo, la distracción, la huída de uno mismo, la evasión irresponsable, la fuga de la vida, todo adornado con papel celofán. Dos horas estaremos en esta fila de coches. Poco a poco, paso a paso; lo que no somos capaces de hacer con nosotros  mismos para mejorarnos, para intentar sanarnos, lo hacemos para adquirir los regalos de Santa Claus, qué placer llegarse a la tierra que inventó este Santa Claus para comprarle sus obsequios. Acaba de pasar junto a la ventanilla de nuestro Caliber (una marca filial de Chrysler) un ciego indígena cobijado bajo un sombrero de paja y un pañuelo (estamos en el desierto, pronto llagará el Río Bravo, testigo de los espaldas mojadas y del muro para que los mexicanos no puedan buscar el pan que en México no encuentran). De lazarillo lleva el ciego a una mujer india, mayor, y ambos portan unos vasos de plástico vacíos, de color azul, con los que piden limosna a los que vamos dentro de los vehículos. Otra india nos entrega un amasijo de papel prensa, folletos propagandísticos con muchos de los objetos que podemos encontrar ahora. Un MP3 de un giga a 9 dólares, por ejemplo.

 

El consumo es una droga, ya lo sabemos, una droga que cura momentáneamente el “mono” pero que jamás sana. Sin embargo, ha ganado la batalla, ha vencido, no sé si la guerra, pero la batalla sí, y la gente que se llama a sí mismo progresista, alternativa, no tiene nada que ofrecer a cambio. Nada, menos palabras, claro, que no sirven para nada, un debate eterno que se convierte en una forma de pasar el tiempo, incluso en una profesión. En los folletos que nos han entregado hay todo tipo de productos inverosímiles e inútiles. Se supone que se fabrican con petróleo, por eso el mercado precisa todo el petróleo del mundo, toda la energía del mundo. Y mata por ella. Todos, aunque unos, los mercaderes, más que otros, somos cómplices de nuestra destrucción, incluidos los progresistas con sus pláticas vacías, a veces financiadas y pagadas por los mismos mercaderes a los que cuestionan. Ya ni siquiera hace falta una revolución marxista ni fundamentalista, hace falta una revolución interior, ética, pero no podemos concretarla por el contexto, elementos que están por encima de nosotros nos determinan y no somos capaces de controlarlos. Otros construyen la ética que nosotros practicamos, todo el planeta se agringa por influencia directa o indirecta de los EEUU. La interculturalidad es una falacia, una excusa para el debate inútil. Todo va hacia el mercado, ésa es la prueba de fuego de la cultura.

 

Al fin llegamos a la frontera. Hace unos dos años podía rebasarla mostrando sólo el pasaporte comunitario mientras que los mexicanos deben lograr un visado especial. Ahora debo esperarme a que me fichen los agentes estadounidenses. Relleno un formulario con todas esas formalidades de tener que declarar si soy pederasta, si he sido juzgado por pertenecer a una organización terrorista o si voy a atentar contra los EEUU, luego miran mi pasaporte, me toman huellas digitales, me hacen una foto digital que introducen en sus ordenadores, llegará un momento en que casi toda la humanidad esté en las computadoras gringas, eso le vendrá bien al mercado pero no logrará nada sustancial. Los estadounidenses miran por su seguridad y hacen bien, como haríamos bien nosotros en cuidarnos de ellos y dejarlos solos con sus simplicidades pero su cultura es “la” cultura, por ahora, de lo contrario no existirían ya desde hace tiempo. El agente repasa mi pasaporte, pienso en qué dirá cuando vea el sello de entrada y salida a Cuba y, en efecto, pregunta: “¿Qué hacía usted en Cuba?”. “Trabajar”, le respondo, sin más. Si lo desea, que siga, pero no, se queda ahí, ya me tiene fichado, ¿para qué más, por ahora? Quiere saber qué hago en México, dónde está mi visado de entrada a México. Se lo muestro. Indaga qué voy a hacer en El Paso: “Comprar y regresar a México”. Desea enterarse de en qué dirección voy a estar en El Paso. “En ninguna, sólo voy de compras y regreso”. “Entonces, señor, no puedo dejarle pasar a los EEUU”. Y en eso media Iván, un joven mexicano de Juárez que me acompaña y que se las sabe todas. El funcionario lo que desea es una dirección. Al final anotamos: “3324 Durazno ST”, es la dirección de Warehouse, una tienda de electrodomésticos de las que figuraban en la publicidad que nos entregaron por la ventanilla del carro mientras estábamos en la cola. Allí se supone que he vivido unas horas, mientras compraba en otros lugares, qué mejor lugar para vivir en los EEUU que en un emporio de gasto hasta que me ahogue viviendo por encima de mis posibilidades. En EEUU puedes comprar un coche de segunda mano por 300 dólares, con 600 euros ya adquieres uno más decente pero no deja de ser una ganga.

 

Un fuerte viento desértico, que llegó hasta los 80 kms/hora, acompañó mi jornada de consumo. La arena me daba pinchazos en la cara y el sol estaba rodeado por una masa de polvo, como si de una película de ficción se tratara. La tormenta amainó y veinticuatro horas después, de nuevo en México, me sentí relajado escuchando música navideña en Radio Universidad, en Chihuahua, propiedad de la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH). Aquella tormenta había sido sin duda la cólera bíblica de Dios ante tanto disparate pero la experiencia había que vivirla, si bien en mi caso no era la primera vez pero nunca la había narrado.  DIARIO Bahía de Cádiz


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