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 CONTRACORRIENTE

Perdón, perdón

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Estaba haciendo el amor con la vida y de pronto irrumpió una carta en mi correo: “¿Qué pasa con el artículo de esta semana?”. Joder, me levanté de la cama y me puse los pantalones a toda prisa, me senté en el ordenador y ahora que estoy frente a él no sé lo que escribir, es un paso demasiado brusco desde la realidad a la ficción del periodismo. Tendré que ir centrándome poco a poco conforme escribo estas líneas para el mundo irreal que solemos proyectar los periodistas porque como le quitamos el contexto y la perspectiva histórica a los acontecimientos, nos quedamos en anécdotas. Ramonet dice que más que periodistas debían llamarnos “instantaneístas”. “Fede, lo que a nosotros nos ha pasado es que siempre hemos vivido para el cine en lugar de vivir la vida y los que hemos admirado siempre tanto, primero han vivido la vida y luego han hecho cine”, le decía un personaje de Sesión continua, de Garci, a otro.

 

Los periodistas vivimos en la irrealidad de la batallita política, por ejemplo. Marx a esto lo llamaba politicismo. Nuestra información, nuestras tertulias, nuestros análisis, suelen centrarse en lo político, en la superestructura, diría don Carlos, es decir, en lo menos relevante porque un político suele ser un niño con falta de cariño que cubre ese vacío con moquetas y coches oficiales, todo lo cual tiene un precio, el abucheo, por ejemplo, o el palo de la prensa, pero una recompensa: el saco de la vanidad bien lleno y a veces otro saco. El otro día la agencia Europa Press ofreció un desayuno a Rajoy y fue un montón de gente pero faltaron los principales, los del dinero, el Botín y compañía, que se la está montando con Zapatero. Y Rajoy ahora está llorando porque sabe que él pasará pero Botín no. Rajoy sabe que eso quiere decir que perderá las próximas elecciones, que le quedan tres telediarios. Primero quedará el Partido de la Abstención, luego el PSOE y luego el PP. Pero el ganador no gobernará ni mandará. Se cuenta algo así: cuando estábamos en la Transición, monseñor Tarancón y Alfonso Guerra negociaban el futuro para que cambiara todo de manera que todo siguiera igual. Tarancón apuntó algo para dentro de dos o tres décadas y Guerra dijo, más o menos, que cualquiera sabe dónde estaríamos entonces: “Ustedes no sé –respondió Tarancón- pero nosotros estaremos aquí”.

 

Vaya que sí, el PSOE puede pasar pero la Iglesia permanece. Una institución que vive gracias a una materia prima llamada Dios, intangible y gratis, y gracias a otra llamada necesidad, no desaparece nunca. Incluso el PSOE se ha convertido en una iglesia por obra y gracia del espíritu de la ley D’hont que tiene trampa y está hecha para la consagración de dos, el bueno y el malo, no hay tonos grises, o huevo duro o huevo pasado por agua pero siempre huevo. A partir de ahí, el juego, para los periodistas y para la gente, mientras lo verdaderamente relevante queda por debajo, casi invisible u oculto del todo. Mejor dicho, no oculto, sino ocultado.

 

La ficción prosigue con todo un mundo montado sobre ella, desde un acto social hasta una película o un espectáculo, pasando por una novela. Los actos sociales no son más que excusas para el alterne interesado, artificial, y los espectáculos, como la ópera, una excusa para el acto social. Además, cuánto mal ha hecho la imaginación humana. Como siempre se habla de sus bondades habrá que señalar de vez en cuando sus defectos. Un señor o señora sentados frente a un papel o una pantalla pueden resultar devastadores porque construyen lo que les da la gana y al final lo que han ido levantando se convierte en conducta, en  realidad. Pero como la realidad duele, sus pamplinas imaginarias son útiles y el mercado las estimula. El final es un planeta que habita encima de un nimbo y en el limbo, un lugar que no quiere verse a sí mismo, no desea ver su enfermedad ni declararse enfermo, de ahí que no pueda sanar nunca. Este mundo occidental en el que sobrevivimos se compone de millones de personas utilizando cacharritos y corriendo de un lado a otro, de reunión en reunión y tiro porque me toca. “Sueño con una sociedad sin clases y sin reuniones”, exclamaba un actor en la película Siete días de enero, que narraba el asesinato de abogados laboralistas en la calle Atocha, de Madrid. De aquella película salíamos llorando de rabia y de impotencia (esas palabras que se dicen ahora cuando un atentado terrorista). Siempre somos los mismos idiotas los que morimos para que otros se apunten a la vidorra de ficción democrática: los epulones y sus mayordomos. Siempre somos los mismos idiotas los que perdemos las guerras y se nos caen los principios, los ideales, todo, los que nos derrumbamos por insistir en seguir con nuestra ficción. Pero a mí ya no me la dan, como decía Fernando Fernán Gómez en la película Stico (no, no la pidan en ninguna tienda, hay muchas buenas películas que o las pirateas de Internet o nada y aún así, lanzo un reto: ¿Quién me baja de Internet Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani?). No señor, a mí ya no me la dan, por eso me voy a yacer de nuevo con la vida, con el planeta tierra, porque en lo real está el placer de la evasión con lo irreal. DIARIO Bahía de Cádiz


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