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Estaba haciendo el amor con la vida y de pronto
irrumpió una carta en mi correo: “¿Qué pasa con el artículo de esta semana?”.
Joder, me levanté de la cama y me puse los pantalones a toda prisa, me senté en
el ordenador y ahora que estoy frente a él no sé lo que escribir, es un paso
demasiado brusco desde la realidad a la ficción del periodismo. Tendré que ir
centrándome poco a poco conforme escribo estas líneas para el mundo irreal que
solemos proyectar los periodistas porque como le quitamos el contexto y la
perspectiva histórica a los acontecimientos, nos quedamos en anécdotas. Ramonet
dice que más que periodistas debían llamarnos “instantaneístas”. “Fede, lo que a
nosotros nos ha pasado es que siempre hemos vivido para el cine en lugar de
vivir la vida y los que hemos admirado siempre tanto, primero han vivido la vida
y luego han hecho cine”, le decía un personaje de Sesión continua, de
Garci, a otro.
Los periodistas vivimos en la irrealidad de la
batallita política, por ejemplo. Marx a esto lo llamaba politicismo. Nuestra
información, nuestras tertulias, nuestros análisis, suelen centrarse en lo
político, en la superestructura, diría don Carlos, es decir, en lo menos
relevante porque un político suele ser un niño con falta de cariño que cubre ese
vacío con moquetas y coches oficiales, todo lo cual tiene un precio, el abucheo,
por ejemplo, o el palo de la prensa, pero una recompensa: el saco de la vanidad
bien lleno y a veces otro saco. El otro día la agencia Europa Press ofreció un
desayuno a Rajoy y fue un montón de gente pero faltaron los principales, los del
dinero, el Botín y compañía, que se la está montando con Zapatero. Y Rajoy ahora
está llorando porque sabe que él pasará pero Botín no. Rajoy sabe que eso quiere
decir que perderá las próximas elecciones, que le quedan tres telediarios.
Primero quedará el Partido de la Abstención, luego el PSOE y luego el PP. Pero
el ganador no gobernará ni mandará. Se cuenta algo así: cuando estábamos en la
Transición, monseñor Tarancón y Alfonso Guerra negociaban el futuro para que
cambiara todo de manera que todo siguiera igual. Tarancón apuntó algo para
dentro de dos o tres décadas y Guerra dijo, más o menos, que cualquiera sabe
dónde estaríamos entonces: “Ustedes no sé –respondió Tarancón- pero nosotros
estaremos aquí”.
Vaya que sí, el PSOE puede pasar pero la Iglesia
permanece. Una institución que vive gracias a una materia prima llamada Dios,
intangible y gratis, y gracias a otra llamada necesidad, no desaparece nunca.
Incluso el PSOE se ha convertido en una iglesia por obra y gracia del espíritu
de la ley D’hont que tiene trampa y está hecha para la consagración de dos, el
bueno y el malo, no hay tonos grises, o huevo duro o huevo pasado por agua pero
siempre huevo. A partir de ahí, el juego, para los periodistas y para la gente,
mientras lo verdaderamente relevante queda por debajo, casi invisible u oculto
del todo. Mejor dicho, no oculto, sino ocultado.
La ficción prosigue con todo un mundo montado
sobre ella, desde un acto social hasta una película o un espectáculo, pasando
por una novela. Los actos sociales no son más que excusas para el alterne
interesado, artificial, y los espectáculos, como la ópera, una excusa para el
acto social. Además, cuánto mal ha hecho la imaginación humana. Como siempre se
habla de sus bondades habrá que señalar de vez en cuando sus defectos. Un señor
o señora sentados frente a un papel o una pantalla pueden resultar devastadores
porque construyen lo que les da la gana y al final lo que han ido levantando se
convierte en conducta, en realidad. Pero como la realidad duele, sus pamplinas
imaginarias son útiles y el mercado las estimula. El final es un planeta que
habita encima de un nimbo y en el limbo, un lugar que no quiere verse a sí
mismo, no desea ver su enfermedad ni declararse enfermo, de ahí que no pueda
sanar nunca. Este mundo occidental en el que sobrevivimos se compone de millones
de personas utilizando cacharritos y corriendo de un lado a otro, de reunión en
reunión y tiro porque me toca. “Sueño con una sociedad sin clases y sin
reuniones”, exclamaba un actor en la película Siete días de enero, que
narraba el asesinato de abogados laboralistas en la calle Atocha, de Madrid. De
aquella película salíamos llorando de rabia y de impotencia (esas palabras que
se dicen ahora cuando un atentado terrorista). Siempre somos los mismos idiotas
los que morimos para que otros se apunten a la vidorra de ficción democrática:
los epulones y sus mayordomos. Siempre somos los mismos idiotas los que perdemos
las guerras y se nos caen los principios, los ideales, todo, los que nos
derrumbamos por insistir en seguir con nuestra ficción. Pero a mí ya no me la
dan, como decía Fernando Fernán Gómez en la película Stico (no, no la
pidan en ninguna tienda, hay muchas buenas películas que o las pirateas de
Internet o nada y aún así, lanzo un reto: ¿Quién me baja de Internet Más allá
del bien y del mal, de Liliana Cavani?). No señor, a mí ya no me la dan, por
eso me voy a yacer de nuevo con la vida, con el planeta tierra, porque en lo
real está el placer de la evasión con lo irreal.
DIARIO
Bahía de Cádiz
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