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Tontaes i mariconaes

  RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Cada vez recuerdo más a mi padre cuando, ante lo que veía por la televisión, exclamaba con su acento valenciano: “Che, collons, tontaes i mariconaes”. Después se volvió más andaluz y ya lanzaba un “tontás y mariconás”. Hoy ya no podría decir lo mismo, al menos en público (en privado se sigue diciendo y mucho). Para empezar, lo acusarían de políticamente incorrecto y de homófobo. ¿Qué es homófobo? ¿Miedo al hombre? Entonces no es un teórico insulto sino una constatación. Hay que tenerle miedo al hombre, a la vista está. El mayor enemigo del hombre es el hombre mismo. Pero no, homófobo es fobia al homosexual y eso es negativo. Supongo que sí (digo supongo porque fobia no es odio), pero existe. Lo de los matrimonios homosexuales es algo justo y necesario y lo de la adopción también (al menos es necesario, no sé si justo porque los niños adoptados van a ser –ya lo están siendo- un campo de estudio apasionante para los psicólogos, por ejemplo). Lo que pasa es que la Iglesia está en su papel: vende miedo a la libertad para los medrosos. La Iglesia tiene su mercado, su clientela. “Todo se compra y se vende”, decía una vieja canción de Víctor Manuel. Hay quien vende democracia, hay quien vende antiterrorismo, hay quien vende antiglobalización y hay quien vende progresismo y poses. Todo lo absorbe el mercado. Pero de ahí a querellarse contra la Iglesia por homofobia va un abismo. Y se han querellado Los Verdes que venden pureza aunque en Alemania estén metidos en la mierda del reajuste socioeconómico a favor del neoliberalismo.

 

Los años me han acercado a mi padre, así que o yo me he hecho viejo o ha envejecido el mundo o ambos extremos. Lo más seguro es que el viejo sea yo. Mi padre murió pronto, con 61 años, y, como Miguel Hernández con Ramón Sijé, se nos quedaron muchas cosas en el debe, “compañero del alma, compañero”. Ahora no sé si felicitarle por haberse ahorrado tanta chorrada porque todo esto me recuerda continuamente la película “La vida de Bryan”, cuando querían lapidar a uno acusándolo de blasfemia por decir, mientras comía habichuelas, “estas judías son dignas del mismo Jehová”. Estoy harto de ver películas USA no aptas para mentes comunes, donde siempre ocurre lo mismo: el guapo, la guapa, las eternas chuladas, asesinatos y mamporros, los chistecitos malos de siempre aunque sea en las situaciones más desesperadas; los musculines, las gorritas y las banderitas, las casitas con sus zonas verdes, los finales más que previstos, los efectos especiales, el continente por encima del contenido, el comic llevado al cine; las heroínas como novedad, las falsas ilusiones, las propagandas encubiertas… ¿Cambio de canal? Para qué, si todos proyectan más o menos lo mismo. Tendré que cambiar de planeta cuando pueda o leer un libro, como decía Groucho Marx, ante el enfado de los empresarios televisuales. Pero, ¿de qué sirve leer libros? Queda muy bien eso de insistir para que se lea pero la lectura se desarrolla bajo unas premisas educativas que te enseñen una metodología, una filosofía que aplicar a la vida. De lo contrario, leer es bueno, no lo voy a negar, pero sobre todo para Planeta y otras editoriales grandes que copan el mercado.

 

Tontás y mariconás son esas series e informaciones donde el homosexual se presenta como alguien obsesionado con el sexo (la “Fiesta del Orgullo Gay”, “Aquí no hay quien viva”) y esos anuncios y actos de supuesta solidaridad con el desgraciado. Esa TV pedigüeña para médicos sin fronteras, acogedores de negritos, fontaneros sin fronteras o amigos del buñuelo solidario, todos con sus cuentas corrientes. Al maremoto de Indonesia lo han convertido en una mesa petitoria con señoras vestidas con abrigos de visón. Y en una subasta. “España da 50 millones de euros, ¿quién da más?”. “Allí, al fondo, el señor de negro con esclavina, don UE, da 70 millones”. “¿Quién ofrece 100? Perfecto, la señora Rice, de EEUU, ofrece 100”. No he visto tal grado de hipocresía nunca. Caridad y compasión cuando lo esencial es la dignidad y la justicia para todos los seres humanos. Esto ya se ha olvidado. Por eso me he vuelto viejo y sobro en este mundo, por eso me acuerdo de mi padre y veo que el problema sigue ahí durante generaciones. Que no cuenten conmigo para esta farsa.    


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