
Cada vez recuerdo más a mi
padre cuando, ante lo que veía por la televisión, exclamaba con su acento
valenciano: “Che, collons, tontaes i mariconaes”. Después se volvió más
andaluz y ya lanzaba un “tontás y mariconás”. Hoy ya no podría decir lo mismo,
al menos en público (en privado se sigue diciendo y mucho). Para empezar, lo
acusarían de políticamente incorrecto y de homófobo. ¿Qué es homófobo? ¿Miedo
al hombre? Entonces no es un teórico insulto sino una constatación. Hay que
tenerle miedo al hombre, a la vista está. El mayor enemigo del hombre es el
hombre mismo. Pero no, homófobo es fobia al homosexual y eso es negativo.
Supongo que sí (digo supongo porque fobia no es odio), pero existe. Lo de los
matrimonios homosexuales es algo justo y necesario y lo de la adopción también
(al menos es necesario, no sé si justo porque los niños adoptados van a ser
–ya lo están siendo- un campo de estudio apasionante para los psicólogos, por
ejemplo). Lo que pasa es que la Iglesia está en su papel: vende miedo a la
libertad para los medrosos. La Iglesia tiene su mercado, su clientela. “Todo
se compra y se vende”, decía una vieja canción de Víctor Manuel. Hay quien
vende democracia, hay quien vende antiterrorismo, hay quien vende
antiglobalización y hay quien vende progresismo y poses. Todo lo absorbe el
mercado. Pero de ahí a querellarse contra la Iglesia por homofobia va un
abismo. Y se han querellado Los Verdes que venden pureza aunque en Alemania
estén metidos en la mierda del reajuste socioeconómico a favor del
neoliberalismo.
Los años me han acercado a
mi padre, así que o yo me he hecho viejo o ha envejecido el mundo o ambos
extremos. Lo más seguro es que el viejo sea yo. Mi padre murió pronto, con 61
años, y, como Miguel Hernández con Ramón Sijé, se nos quedaron muchas cosas en
el debe, “compañero del alma, compañero”. Ahora no sé si felicitarle por
haberse ahorrado tanta chorrada porque todo esto me recuerda continuamente la
película “La vida de Bryan”, cuando querían lapidar a uno acusándolo de
blasfemia por decir, mientras comía habichuelas, “estas judías son dignas del
mismo Jehová”. Estoy harto de ver películas USA no aptas para mentes comunes,
donde siempre ocurre lo mismo: el guapo, la guapa, las eternas chuladas,
asesinatos y mamporros, los chistecitos malos de siempre aunque sea en las
situaciones más desesperadas; los musculines, las gorritas y las banderitas,
las casitas con sus zonas verdes, los finales más que previstos, los efectos
especiales, el continente por encima del contenido, el comic llevado al cine;
las heroínas como novedad, las falsas ilusiones, las propagandas encubiertas…
¿Cambio de canal? Para qué, si todos proyectan más o menos lo mismo. Tendré
que cambiar de planeta cuando pueda o leer un libro, como decía Groucho Marx,
ante el enfado de los empresarios televisuales. Pero, ¿de qué sirve leer
libros? Queda muy bien eso de insistir para que se lea pero la lectura se
desarrolla bajo unas premisas educativas que te enseñen una metodología, una
filosofía que aplicar a la vida. De lo contrario, leer es bueno, no lo voy a
negar, pero sobre todo para Planeta y otras editoriales grandes que copan el
mercado.
Tontás y mariconás son esas
series e informaciones donde el homosexual se presenta como alguien
obsesionado con el sexo (la “Fiesta del Orgullo Gay”, “Aquí no hay quien
viva”) y esos anuncios y actos de supuesta solidaridad con el desgraciado. Esa
TV pedigüeña para médicos sin fronteras, acogedores de negritos, fontaneros
sin fronteras o amigos del buñuelo solidario, todos con sus cuentas
corrientes. Al maremoto de Indonesia lo han convertido en una mesa petitoria
con señoras vestidas con abrigos de visón. Y en una subasta. “España da 50
millones de euros, ¿quién da más?”. “Allí, al fondo, el señor de negro con
esclavina, don UE, da 70 millones”. “¿Quién ofrece 100? Perfecto, la señora
Rice, de EEUU, ofrece 100”. No he visto tal grado de hipocresía nunca. Caridad
y compasión cuando lo esencial es la dignidad y la justicia para todos los
seres humanos. Esto ya se ha olvidado. Por eso me he vuelto viejo y sobro en
este mundo, por eso me acuerdo de mi padre y veo que el problema sigue ahí
durante generaciones. Que no cuenten conmigo para esta farsa.
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