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Al
principio se vive, después se sobrevive, dijo Leopoldo María Panero. Esa vida
suele ser la niñez, cuando uno aún no se ve obligado a mirarse a sí mismo y a su
entorno, cuando se ama sin saber que se está amando, cuando se es amado sin
tener la obligación de corresponder, cuando todos te cobijan para que sigas
adelante con la especie. Después, “todo pasa y todo queda”, que dijo don
Antonio, y llega, tarde o temprano, el momento de mirarte al espejo, “la vida te
empuja como un aullido interminable”, en palabras de José Agustín Goytisolo, y
aparece con más fuerza eso que llamamos amor y se va y regresa. La mayoría de
los seres humanos funcionamos con el sentir más que con el pensar; sentir es un
mecanismo de defensa, las emociones nos liberan de pesadas cargas, un mundo
puramente intelectual sería muy aburrido y monótono.
Frente al
“imperio de la razón” de los ilustrados, se levantaron los románticos del siglo
XIX, alabando los sentimientos y el riesgo en la vida. Lord Byron combatió con
las armas en la mano contra su propio país porque le pareció más justa la causa
del contrincante. Espronceda se la jugó y “raptó” a Teresa. Bécquer no era ese
“poeta en las nubes” que creemos sino que tenía bastante de putero y con su
hermano Valeriano elaboró la primera gran crítica a los Borbones y a la nobleza,
un libro lleno de dibujos eróticos y obscenos. Cuando iba a morirse le dijo a
sus amigos que quemaran sus cartas para salvaguardar su reputación, le
preocupaba eso hasta después de muerto. Sé de un conocido que dice que lo que
menos le gusta de tenerse que morir es el qué dirán del muerto. Va en la línea
becqueriana.
Lo del
vive el momento es asunto de emociones y de la muerte de Dios, del gran
Nietzsche que, como él mismo dijo, no era un hombre, era dinamita. Caídos el
muro de Berlín y la URSS, la gente gritó, como en el Titanic, “sálvese quien
pueda” y se produjo un estampido del carajo, llegó la sociedad red y el personal
quedó atrapado en su vanidad y en el juego más variado; nacieron los ciberamores
que, de todas formas, necesitan en la mayoría de los casos conocerse, disfrutar
del lenguaje no verbal de los ojos o la boca, necesitan rozarse. “Sin mujer en
los brazos lo mejor es morir”, dijo Rilke. Y estoy de acuerdo, mucho más si no
existiera la música. Esto se está pareciendo ya a una canción de Manolo Escobar:
“Viva el vino y las mujeres y vivan los cuatro puntos cardinales de mi patria,
que vivan los cuatro juntos, que forman nuestra bandera y el escudo de mi
España”. Casi nada, lo que tiene que emocionarse Federico Jiménez Losantos
cantando esto, hasta a mí se me quiebra la voz cuando lo canto mientras me ducho
y se me mete el jabón por los ojos.
La
estampida ha provocado que en la sociedad red existan, paradójicamente, más
asociaciones y sectas que nunca; las hay de todo tipo, la gente no sabe qué
hacer para reunirse y buscar pareja con quien amar o copular porque aquí lo de
menos es el objeto social de la asociación, lo relevante es tener algo entre
manos, algo con lo que espantar el fantasma del aburrimiento y la soledad. Hay
que tenerlos bien puestos para aceptar la soledad y vivir a su lado y no estar
sólo con ella, como cantaba George Moustaki.
Las
emociones son el lenitivo de nuestro instinto de muerte. El otro día estuve con
dos amigos de infancia, a uno no lo veía desde hacía al menos veinte años.
Nuestro barrio natal está ya semivacío, no tiene vida infantil como cuando
éramos pequeños o adolescentes, ningún niño corre por sus calles. “Hay un parque
aquí en mi barrio que esto no es parque ni es ná”, cantaban Adolfo, Cánovas,
Rodrigo y Guzmán. Pues igual, nuestro barrio ya no es barrio ni es nada de nada,
por la noche pueden ponerte una navaja y atracarte y eso que está en el centro
de Sevilla o precisamente por eso. El Corte Inglés y la carestía de los pisos
han matado el centro de Sevilla, donde sólo se vive de día, de noche es “campos
de soledad, mustio collado”, como afirmaría Rodrigo Caro.
Qué asco.
No hablamos de eso mis amigos y yo, hablamos de música porque tuvimos un grupo
de música entre los 15 y los 17 años, de qué has hecho tú en estos años, de qué
he hecho yo, de tu señora esposa, de amantes, de hijos... Pero no, nosotros, los
de antes, ya no somos los mismos. En aquel barrio, vivimos. Ahora, sobrevivimos,
incluso físicamente. ¿Te acuerdas de aquél? Murió. ¿Y de aquel otro? Está en una
silla de ruedas. ¿Y de esa chica que nos disputábamos los tres? Su marido la
maltrata. Joder, joder, qué mierda de vida, para qué nos vamos a engañar, esto
es una mierda, el tiempo duele como si te arrancaran una uña, lo mejor que
podríamos haber hecho es no haber nacido, como apuntó Cioran. Y encima no
tenemos más que una vida, sería mejor vivir quinientos años, al menos, para
contentar a todos aquellos a quienes en un momento u otro hemos hecho daño.
Personalmente, amo a esta porquería que es la vida porque no tengo otra cosa
mejor que hacer que vivir, sumido en este mar de emociones y esta estampida de
eso, de vida, porque tenemos la fortuna de habitar en el momento más apasionante
que haya existido jamás y hay que conocerlo a fondo. “Si Dios existe, ése es su
problema”, escribieron una vez en una fachada de una casa del Barrio de Santa
Cruz de Sevilla. Efectivamente, que Dios resuelva sus problemas, que nosotros
resolveremos los nuestros, en el magma extraordinario y fascinante en el que
estamos metidos. Adelante, siempre adelante, se mira atrás para tomar impulso y
seguir viviendo. Luego, morir, la muerte forma parte de la vida, es esa
excursión alucinante de la que nos habla Mario Benedetti. Y no debe ser tan
terrible, la vida nos prepara para dejarla y pasar al “humo dormido”, según la
expresión de Gabriel Miró. DIARIO Bahía de Cádiz
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