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 CONTRACORRIENTE

Las emociones y el estampido

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Al principio se vive, después se sobrevive, dijo Leopoldo María Panero. Esa vida suele ser la niñez, cuando uno aún no se ve obligado a mirarse a sí mismo y a su entorno, cuando se ama sin saber que se está amando, cuando se es amado sin tener la obligación de corresponder, cuando todos te cobijan para que sigas adelante con la especie. Después, “todo pasa y todo queda”, que dijo don Antonio, y llega, tarde o temprano, el momento de mirarte al espejo, “la vida te empuja como un aullido interminable”, en palabras de José Agustín Goytisolo, y aparece con más fuerza eso que llamamos amor y se va y regresa. La mayoría de los seres humanos funcionamos con el sentir más que con el pensar; sentir es un mecanismo de defensa, las emociones nos liberan de pesadas cargas, un mundo puramente intelectual sería muy aburrido y monótono.

 

Frente al “imperio de la razón” de los ilustrados, se levantaron los románticos del siglo XIX, alabando los sentimientos y el riesgo en la vida. Lord Byron combatió con las armas en la mano contra su propio país porque le pareció más justa la causa del contrincante. Espronceda se la jugó y “raptó” a Teresa. Bécquer no era ese “poeta en las nubes” que creemos sino que tenía bastante de putero y con su hermano Valeriano elaboró la primera gran crítica a los Borbones y a la nobleza, un libro lleno de dibujos eróticos y obscenos. Cuando iba a morirse le dijo a sus amigos que quemaran sus cartas para salvaguardar su reputación, le preocupaba eso hasta después de muerto. Sé de un conocido que dice que lo que menos le gusta de tenerse que morir es el qué dirán del muerto. Va en la línea becqueriana.

 

Lo del vive el momento es asunto de emociones y de la muerte de Dios, del gran Nietzsche que, como él mismo dijo, no era un hombre, era dinamita. Caídos el muro de Berlín y la URSS, la gente gritó, como en el Titanic, “sálvese quien pueda” y se produjo un estampido del carajo, llegó la sociedad red y el personal quedó atrapado en su vanidad y en el juego más variado; nacieron los ciberamores que, de todas formas, necesitan en la mayoría de los casos conocerse, disfrutar del lenguaje no verbal de los ojos o la boca, necesitan rozarse. “Sin mujer en los brazos lo mejor es morir”, dijo Rilke. Y estoy de acuerdo, mucho más si no existiera la música. Esto se está pareciendo ya a una canción de Manolo Escobar: “Viva el vino y las mujeres y vivan los cuatro puntos cardinales de mi patria, que vivan los cuatro juntos, que forman nuestra bandera y el escudo de mi España”. Casi nada, lo que tiene que emocionarse Federico Jiménez Losantos cantando esto, hasta a mí se me quiebra la voz cuando lo canto mientras me ducho y se me mete el jabón por los ojos.

 

La estampida ha provocado que en la sociedad red existan, paradójicamente, más asociaciones y sectas que nunca; las hay de todo tipo, la gente no sabe qué hacer para reunirse y buscar pareja con quien amar o copular porque aquí lo de menos es el objeto social de la asociación, lo relevante es tener algo entre manos, algo con lo que espantar el fantasma del aburrimiento y la soledad. Hay que tenerlos bien puestos para aceptar la soledad y vivir a su lado y no estar sólo con ella, como cantaba George Moustaki.

 

Las emociones son el lenitivo de nuestro instinto de muerte. El otro día estuve con dos amigos de infancia, a uno no lo veía desde hacía al menos veinte años. Nuestro barrio natal está ya semivacío, no tiene vida infantil como cuando éramos pequeños o adolescentes, ningún niño corre por sus calles. “Hay un parque aquí en mi barrio que esto no es parque ni es ná”, cantaban Adolfo, Cánovas, Rodrigo y Guzmán. Pues igual, nuestro barrio ya no es barrio ni es nada de nada, por la noche pueden ponerte una navaja y atracarte y eso que está en el centro de Sevilla o precisamente por eso. El Corte Inglés y la carestía de los pisos han matado el centro de Sevilla, donde sólo se vive de día, de noche es “campos de soledad, mustio collado”, como afirmaría Rodrigo Caro.

 

Qué asco. No hablamos de eso mis amigos y yo, hablamos de música porque tuvimos un grupo de música entre los 15 y los 17 años, de qué has hecho tú en estos años, de qué he hecho yo, de tu señora esposa, de amantes, de hijos... Pero no, nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. En aquel barrio, vivimos. Ahora, sobrevivimos, incluso físicamente. ¿Te acuerdas de aquél? Murió. ¿Y de aquel otro? Está en una silla de ruedas. ¿Y de esa chica que nos disputábamos los tres? Su marido la maltrata. Joder, joder, qué mierda de vida, para qué nos vamos a engañar, esto es una mierda, el tiempo duele como si te arrancaran una uña, lo mejor que podríamos haber hecho es no haber nacido, como apuntó Cioran. Y encima no tenemos más que una vida, sería mejor vivir quinientos años, al menos, para contentar a todos aquellos a quienes en un momento u otro hemos hecho daño. Personalmente, amo a esta porquería que es la vida porque no tengo otra cosa mejor que hacer que vivir, sumido en este mar de emociones y esta estampida de eso, de vida, porque tenemos la fortuna de habitar en el momento más apasionante que haya existido jamás y hay que conocerlo a fondo. “Si Dios existe, ése es su problema”, escribieron una vez en una fachada de una casa del Barrio de Santa Cruz de Sevilla. Efectivamente, que Dios resuelva sus problemas, que nosotros resolveremos los nuestros, en el magma extraordinario y fascinante en el que estamos metidos. Adelante, siempre adelante, se mira atrás para tomar impulso y seguir viviendo. Luego, morir, la muerte forma parte de la vida, es esa excursión alucinante de la que nos habla Mario Benedetti. Y no debe ser tan terrible, la vida nos prepara para dejarla y pasar al “humo dormido”, según la expresión de Gabriel Miró. DIARIO Bahía de Cádiz


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