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Ahí
me ven ustedes en la fotografía de esta sección, con esa carita de papanatas,
esa sonrisita de murciélago, esa corbatita de mierda y esa chaquetita clara a la
que sólo le falta un clavel o un pañuelo para marcarme una sevillana o un tango.
No sé bailar ni la una ni el otro pero con las sevillanas me arranco si alguna
mujer que sepa me lleva a la pista y con el tango no me atrevo pero me encanta
porque me gusta cuando la mujer le pasa el muslo al hombre por sus partes. Ahí
me ven ustedes, profesor de universidad, dice el “rótulo”, pero esta semana le
he pasado la ITV al coche y no tengo ni puta idea de mecánica y además estoy con
el banco para un crédito hipotecario y, aunque ya he estado otras dos veces para
lo mismo, no recuerdo ni qué debo hacer ni entiendo las operaciones que me dice
el empleado. De macroeconomía no estoy mal pero de micro, un desastre, me las
dan todas en el mismo sitio.
Así
no se puede ir por la vida, me pregunto para qué se supone que soy tan experto
en estructuras mediáticas, para qué me sirve este cerebro que tanto me alaban
por aquí y por allá, para qué se leen mis libros en universidades españolas y
latinoamericanas, si luego no sé cosas cotidianas, ni siquiera pelar un
melocotón. He tenido que aprender -y mal- para no comérmelo con esa piel peluda
que me jodía el estómago con un ataque de ardentía. No dejo de acordarme del
padre de Woody Allen en la película “Hannah y sus hermanas”. El hombre se
está peleando con una lata de conservas y Woody, obsesionado con sus dudas en
relación con el más allá, le pregunta al padre por el más allá y el padre le
dice: “Cómo voy a saber qué hay después de la muerte si no sé abrir esta dichosa
lata”.
Eso
digo yo. Se me olvidó pasar la primera ITV y el otro día, coño, la Guardia
Civil, en un control al azar, me paró y 130 euros de multa, más o menos, más la
amenaza de quitarme el carnet si no la paso en unos días y vuelven a
descubrirlo. A mí no me cae bien la Benemérita, nunca me ha caído bien ni creo
que me caiga bien nunca pero ellos tienen la fuerza y yo soy un pringado
ignorante que no se adapta a estos tiempos tan complejos y tan llenos de pijadas.
Las ITV son negocios, como las fábricas de chalecos fosforescentes y de
triángulos. Claro, hacen los coches para que vayan fallando con cinco años y
cambiemos pero si los hicieran como aquellos SEAT 600 ó el modelo 900, que era
un tanque, o el 1.500, el colmo de la modernidad, no haría falta tanta ITV. Pero
es más difícil meterle mano a los fabricantes fraudulentos que al pobre que va
por la carretera, “de su corazón a sus asuntos”, y además, trincarlo al azar.
Me
pregunto qué pudo mover al guardia a levantar de pronto la mano cuando me vio
que venía si a mi lado iban otros dos. ¿Qué se le pasaría por la cabeza? ¿Por
qué a mí sí y a los otros no? Se me olvidó preguntárselo porque eso es
interesante para las teorías de los comportamientos humanos en la recepción de
mensajes pero andaba con cuidado para dar la impresión de que soy un buen
ciudadano, a ver si se apiadaba de mí. No se apiadó y le di las gracias y me
dijo que no se las diera porque me había sancionado y yo añadí: “Pero ha
cumplido usted con su deber, agente”. Y se puso muy gordo. Ay, Dios mío, yo,
hablándole así a quien llevaba un uniforme que para mí es Lorca y la guerra
civil que perdí, la represión, el “Caso Almería”, las palizas al otro almeriense
que murió, y otros “errores” todos pura excepción claro, porque luego hay que
ver la de cosas buenas que hacen… ¿Qué le pasaría por la cabeza? Apunto una
hipótesis: la barba, con todo su significado subversivo…
Para
pasar la ITV hay que ir al mecánico, que me clava convenientemente diciéndome
que es necesario esto y lo otro. Me habla de escobillas y le pregunto que qué es
eso pero cuando me explica lo que son me saca más conceptos mecánicos que
tampoco conozco, así que desisto porque me da vergüenza que me tome por tonto,
por el inútil que soy. Además, me voy a olvidar de lo que significan todas las
palabras que me diga a las pocas horas. Siempre he pensado que si ignoro lo que
dijeron grandes pensadores cómo voy a preocuparme por el motor de un coche, el
crédito de un banco, una lata de sardinas o la piel de un melocotón. Pero, no
señor, en este mundo los pensadores se pueden ir a hacer gárgaras porque no
sirven para nada práctico en lo cotidiano, en el día a día de los dineros que se
van y los requisitos de todo tipo que hoy nos atosigan y no nos dejan vivir. El
mecánico tocó en la batería (eso sí sé lo que es aunque debo buscarla despacio)
y desconfiguró el CD del coche. Se lo digo y me responde que lo configure yo con
el libro de instrucciones que debo tener. ¿Que debo tener? ¿Adónde? Después de
cuatro años de haber comprado el coche bastante que sé dónde está el permiso de
circulación y que guardo esos libros tan enormes de instrucciones del propio
coche que dan ahora. Y ahí que ando y que ruedo, sin música, y eso ya es muy
grave, se puede estar sin vino y sin mujeres pero sin música, no, sin música,
no. Y sin gazpacho tampoco. Aquí que estoy, inútil perdido, acaban de leer
ustedes el texto de un auténtico inútil. DIARIO Bahía de
Cádiz
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