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El ser humano vive en una situación de inseguridad
permanente por el hecho de existir. Buscarse la vida, ganarse el pan, salir a la
calle para ello, es ya un riesgo. Existir conlleva sentir ese instinto de que no
se es eterno y de que en cualquier parte puede saltar la sorpresa. No poca gente
padece fobias por esto. La inseguridad está dentro de nosotros por causas
innatas pero también la originamos con nuestros actos, con todo aquello que
hemos aportado desde nuestras actuaciones. En este sentido, los humanos hemos
inventado y desarrollado la economía de mercado que, con sus tremendas
injusticias en materia de protección del ciudadano en lo que a sus derechos
elementales se refiere, ha aumentado nuestra inseguridad, a la vez que nos llena
de ella, aparentemente. La sociedad actual es una sociedad de guardias, de
cámaras en vigilancia continua, de represión permanente y sutil donde nadie
confía en nadie. Es verdad que el hombre es un lobo para el hombre pero para eso
Hobbes propuso el pacto en torno al Leviatán o Estado pero en nuestros días el
Estado –más en unos sitios que en otros, claro- se desentiende de la gente o de
gran parte de la gente y entonces hay millones de lobos que actúan a sus anchas,
lobos de cuello blanco y corbata o lobos delincuentes harapientos, fanáticos.
Todos ellos atacan a esa amplia capa de ciudadanos y de súbditos que va “de su
corazón a sus asuntos” y que “a su trabajo acude, con su dinero paga”. Unos
ciudadanos cómplices -por su pasividad- de lo que les ocurre.
Estoy seguro de que sin economía de mercado –tal y
como se da hoy- este problema se resolvería en gran parte pero vuelvo a lo de
siempre: tenemos lo que somos o nos merecemos y además no poseemos una
alternativa clara y viable a lo que hemos levantado. Mientras en la zona llamada
avanzada del planeta nos preocupamos por cómo adelgazar en quince días, cómo
aprender inglés sin esfuerzo, qué hacer para que nuestro cuerpo luzca bien
cuando nos coloquemos el bañador en verano, mientras llevamos a nuestras
mascotas domésticas al veterinario y cuidamos el jardín o las macetas para que
crezcan robustas, millones de personas en América Latina intentan sencillamente
sobrevivir cada día, un “ejército” con menos de un euro al día para vivir esa
jornada. Y así un mes y otro, un año y otro. En España he oído hablar de los
amenazados por ETA, cómo viven, en su infierno particular. Yo mismo he visto en
la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación del País Vasco –en cuyo
ascensor ETA colocó una bomba un día- cómo sobreviven los profesores amenazados.
Tienen un sitio fijo donde estacionar su coche, que es vigilado hasta que
regresan a casa. A veces los acompañan a dar clases los agentes de seguridad.
Pero hay muchos tipos de terrorismo, los millones de latinoamericanos (y
africanos y asiáticos) que viven como todos sabemos tienen sus terroristas
detrás, tienen a los causantes de eso detrás: la corrupción, la conducta nociva
de los seres humanos hacia sus semejantes, la inexistencia del Leviatán o la
existencia tan sólo de un Leviatán pequeñito, indolente, indefenso, colocado
bajo el yugo de los poderosos para su beneficio. Leviatán, el nombre del gran
pez que se tragó a Jonás, según La Biblia, un gran pez que se está quedando en
nada, en chanquete, que en lugar de tragarse a los terroristas “buenos” y
“malos”, al tiempo que respeta la individualidad, se traga a los ciudadanos en
Occidente y a los súbditos de otras muchas partes del mundo.
¿Qué hacer entonces? En Occidente, la gente, como
suele tener sus necesidades cubiertas, “pasa” de todo y sigue adelante, se
abstiene de votar y se refugia en las pequeñas cosas; rechaza el sistema y a la
vez se aprovecha de él. Y eso es aplicable a los políticos, cómplices de todo
esto porque han convertido la política en un festín de vanidades alejada de la
realidad y porque saben que, al igual que sucede con los medios de comunicación,
si de verdad acometen una labor de auténtica responsabilidad social y de
justicia, son declarados herejes o miembros del eje del mal por los terroristas
de cuello blanco y corbata. Entonces se limitan a jugar y a huir de sus
programas electorales y de sus responsabilidades. En otras zonas del mundo, la
gente debe buscarse la vida, debe cubrir esas necesidades primarias de las que
habló Maslow (qué “culto” un anuncio de la TV que lo cita aunque antes ya
anunció esa teoría el antropólogo Malinowski). En América Latina, surge el
secuestro rápido o el negocio de la adopción de niños por los occidentales sin
descendencia o con ella pero con dinero para pagarse alojamiento y trámites
durante meses. Niños abandonados por sus madres que ya tienen demasiados hijos
para alimentar y como el Vaticano no se hace cargo de ellos aunque pida amor sin
planificación... Puedes ir a comprar a una gran superficie y en el parking (en
América Latina dicen “estacionamiento”, son más respetuosos en esto con el
idioma) te secuestran. Es posible que te suelten a las veinticuatro horas o
menos -o algo más- si pagas rápido o si alguien paga por ti, pero también si la
cosa se complica te matan y ya está. La vida vale poco en América Latina, lo he
dicho otras veces; los asesinatos se quedan en una gran parte por aclarar.
“Aparecen dos asesinados”, titulaba un diario de México en estos días de otoño
de 2007. Poco más, esos dos asesinados -uno de ellos un joven de unos 15 ó 18
años- puede que jamás reciban justicia, lo que han recibido ha sido el precio de
la lucha por la vida, los ha asesinado un terrorismo internacional silencioso,
perenne.
Los robos en y de vehículos en los
estacionamientos de las superficies comerciales han aumentado un 30 por ciento
en Ciudad Juárez (México) sólo en un mes. Lo dicen en Radio Universidad, y
nombran con claridad a esas grandes superficies: Soriana, Wal Mart, Suburbia.
Como esa radio no es esclava de la publicidad (es pública), menciona el lugar de
los delitos, caiga quien caiga. Y llama a que los dueños y el gobierno hagan
algo a favor de los ciudadanos. En España, los medios dicen que ha sucedido algo
“en una gran superficie comercial”, “en unos grandes almacenes” porque están
vendidos a la publicidad, al interés privado, no al público, porque El Corte
Inglés se gasta al año más de setenta millones de euros en publicidad en los
medios, es decir, en comprar voluntades y silenciar voces, de forma que a la vez
que promociona sus productos cierra bocas y así el periodismo agoniza, con
estas grandes marcas (Telefónica, Procter & Gamble, Nestlé, Danone, L’Oreal…)
que a cambio de presentarse como creadoras de riqueza taponan la libertad de
expresión y, por tanto, el servicio público, el conocimiento y la mente crítica.
Por la noche, en la Cadena SER, hay un programa llamado Hablar por hablar. La
gente llama y cuenta sus problemas. Cuando de por medio está una marca o empresa
comercial que invierte en publicidad, la locutora prohíbe explícitamente
nombrarla y los oyentes tragan y lo toman como algo normal. Esto es un ejemplo
de lo que en comunicación se llama “la espiral del silencio”, todos sabemos
dónde están los males pero nadie habla, por miedo, por prohibiciones, por los
intereses mercantiles. Es una dictadura, en esencia, vivimos en una dictadura.
Sin embargo, la locutora no prohíbe criticar a
fondo a alguien que en ese momento no puede defenderse: un novio, una novia, un
esposo, una esposa, un amante, una pequeña empresa o una institución. Esos no
invierten en publicidad. La locutora servil (porque tiene que comer y escalar
peldaños en la empresa) se presta a estos manejos para que la gente se desahogue
y le haga el programa gratis a ella y a la empresa, sin contrastar lo que cada
uno afirma, eso sí, no hay que nombrar a los fuertes porque entonces sí se
contrasta la información. Y por lo general se silencia el dato a ellos referido
por si les hace daño a su imagen. Y así vamos, con esta inseguridad permanente
en nuestro interior, a veces sabiéndolo, a veces sin saberlo, sólo sintiéndolo.
Y vivimos en esta paz de la resignación porque podemos comer todos los días y
permitirnos algún capricho. No sucede así en América Latina y por eso existe la
violencia, quienes tienen la panza saciada no suelen matar ni robar ni
secuestrar a menos que sean unos enfermos. Sin embargo, en todas partes cuecen
habas. En algunas zonas miserables de América Latina, en barrios sin conducción
de agua ni electricidad, sus habitantes prefieren antes una televisión que unas
infraestructuras o que un frigorífico. Y la gente bebe Coca-Cola mientras come
cualquier alimento, sea sencillo o más o menos exquisito. Puede que la TV y la
Coca-Cola les den seguridad. ¡Qué nos han hecho en el cerebro!
DIARIO Bahía de Cádiz
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