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En México, algunas emisoras de radio relevantes
transmiten una cuña publicitaria o de servicio público (una cápsula, dicen
ellos): si cree que alguien ha arrojado magia negra sobre usted y por eso le va
todo mal, acuda a fulanito de tal en tal y tal dirección y con tal y tal
teléfono y él le ofrecerá un apoyo, una autoayuda que le demostrará que en su
mente hay potencialidades para combatir la “maldición”. ¿Estamos en 2007?
¿Estamos en un país situado en América del Norte, debajo de EEUU y de Canadá,
dos países que se fundaron sobre la base del Humanismo y La Ilustración, es
decir, sobre la separación Estado-Religión? Sí, pero parece que no, hasta en el
sur de los mismos EEUU aún se persiguen las enseñanzas de Darwin, creacionistas
y evolucionistas siguen con su lucha particular, biblias y libros de don Charles
en las manos. A veces la cosa se vuelve más violenta, desde luego. (El programa
del ordenador siempre desea que escriba Biblia o Biblias, con mayúsculas, como
buen producto anglo-gringo).
La religión no liberadora y sus secuelas aplastan
al ser humano, lo reducen a una piltrafa en manos de otros, y reducen el mundo a
un valle de lágrimas donde hay que ser servil al poderoso, caritativo y
comprensivo con todos (por muchos males que nos inflijan) y esclavo de un dios
único, todopoderoso y bueno que nos premiará con el Cielo si actuamos así, es
decir, si actuamos como no somos porque somos violentos y egoístas. He ahí una
de las causas profundas de nuestro malestar y del atraso de los pueblos. La
religión nos “obliga” a vivir en el redil, “contra nuestra voluntad”, y casi
todo lo que hacemos lo hacemos por rutina y por complejo de culpa. Las comillas
las escribo porque a la mayoría esta situación nos es cómoda, nos evita
esfuerzos y retos. Quienes se salen de ese cauce sufren la presión y la
violencia del grupo hasta límites insospechados, aunque con el tiempo, se puedan
beneficiar con la actitud de los heréticos; esa presión, en lo socioeconómico,
es más fuerte en el mundo católico oficial que en el protestante, calvinista o
judío, por eso las potencias mundiales actuales son protestantes o judías, no
católicas. Para el protestante y el judío el trabajo y el beneficio así como la
realización individual son relevantes, todo ello dentro de lo que lastra y
castra una religión. Para el catolicismo hay que transitar sufriendo por esta
vida que no es más que un estadio, una sala de espera hasta que a Dios le dé
por recogernos y llevarnos con Él para juzgarnos. Juzgarnos, ¿por qué? ¿Por ser
humanos? Por unos delitos que se supone que ha legislado Él mismo pero que han
aplicado y gestionado en la Tierra otros que se han erigido en sus
representantes. ¿Quién los ha elegido para eso? Ellos. O Dios. ¿Cómo? ¿Cuándo? A
lo largo de los siglos.
El dominio de los fuertes y de los cultos, de la
clase privilegiada, se basa en este imaginario, entre otros factores. Claro que
esa clase no cree en tal fantasía, como ha sucedido siempre, desde Mesopotamia,
Asiria, Grecia, Roma… Lo que esa clase o segmento de población dominante dice en
público y lo que dice, piensa y hace en privado (para influir en lo público o
para funcionar ella misma) son dos cosas totalmente distintas. Se diga lo que se
diga, aunque Francisco J. Ayala y otros se empeñen en demostrarlo, enlazando con
Aristóteles, Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, fe y razón son incompatibles a
niveles de libertad real, porque proceden de dos regiones cerebrales no
complementarias en la práctica racional aunque sí en la emocional; son un
mecanismo articulado de conservación que es lo que deseamos todos: vivir sin
complicaciones. De manera que hablo para minoras.
¿Qué hemos hecho con América Latina? ¿Qué ha hecho
ella consigo misma? A los españoles nos echaron a lo largo del siglo XIX pero no
se fue la España rancia, de sotana, charanga y pandereta, cerrado y sacristía,
ésa se quedó. La España castellana decadente, anti-ilustrada, contrarreformista,
se quedó. La Castilla definida por don Antonio Machado, se quedó. “Castilla
miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora”,
escribió don Antonio contemplando los campos de Soria o los pagos de Segovia.
¿Se le puede aplicar esto a América Latina, a nuestra amada América Latina?
Después de nosotros arribaron los estadounidenses y con ellos más carga de
miseria mental y religiosa. Y los medios de comunicación de masas, alienantes,
repugnantes. El resultado final ha sido una mezcolanza apasionante en lo
científico pero catastrófica en lo socioeconómico y en el desarrollo de la mente
y la dignidad humanas, entre religiones indígenas, catolicismo, corrientes
evangélicas, aprovechados, locos, charlatanes, ignorantes varios, consumismo,
mensajes memos y comercio para unos pocos. Los pueblos de América Latina viven
en la pobreza o extrema pobreza en la mitad de su población o más, con las
debidas excepciones; viven sin vivir en ellos, la vida vale poco en América
Latina, los diarios anuncian asesinatos que si te he visto no me acuerdo, pero
la gente está como en una especie de nube, de resignación cristiana, en efecto,
mientras la guerrilla ya no es lo que era, no tiene intención de asumir el poder
y cambiarlo todo desde su raíz como en los años de la Guerra Fría, sino de vivir
bien (sobre todo sus dirigentes) en las zonas que controlan y de vivir bien con
ingresos al menos dudosos, por no decir otra cosa.
Los nuevos movimientos que van llegando al poder
son una esperanza desde el punto de vista de la evolución de la civilización
ilustrada. Pero soy muy escéptico, esos movimientos miran para acá, para el
mercado destructivo que hemos montado en Occidente, eso de la diversidad
cultural y del indígena bueno es una mentira, un sofisma, como siempre lo ha
sido, en los siglos de las diversas conquistas, tropelías, atropellos, matanzas.
No creo en lo del indio bueno ni en el indígena bondadoso que desea construir un
mundo solidario. Creo en que el mercado, el capitalismo, es la prueba de fuego
de todo pueblo. La trampa que debe superar o en la que cae sin remedio. Y hasta
ahora cae: en India, en Arabia, en Rusia, en todas partes. Los jóvenes desean
eso que ven por nuestras televisiones occidentales, eso de lo que nosotros
estamos hartos aunque sigamos comprando porque es lo menos malo, nos distrae y
tenemos las necesidades primarias más que cubiertas, por regla genérica. Si en
algún momento comenzara un cambio en esencia, si ha empezado ya, es o sería por
Occidente, no por América Latina, África o Asia que se suma de forma entusiasta
a toda esta dinámica. Cuba dicen algunos progres que es punto y aparte.
Mentira también, el comunismo de Cuba caerá, como todos los demás han caído o
están en ello. Ya hay pruebas de sobra de todo lo que estoy diciendo.
Personalmente, me encuentro cansado, sin ganas apenas de
enfrentarme a esto, pueden estar tranquilos los que me tachan de indeseable,
incluso en las filas de la teórica izquierda. A mí no me queda más que la
palabra, como a Blas de Otero. Estoy como Gabriel Celaya en su madurez, como
tantos y tantos otros que ya hicimos nuestro papel y que ahora estamos
aplastados por la situación descrita, tantas veces descrita, por otra parte. Que
otros arreen si lo desean, así es la evolución. Ya no sé si hay esperanzas en
América Latina, esperanzas de auténtico cambio. Al menos, que el Mercado eleve
la calidad de vida material de mucha más gente, como viene haciendo desde el
siglo XIX, sobre todo, para poder tener más clientes. El Mercado hizo esto para
no morir, para que no se cumplieran los pronósticos de Marx. Debería seguir en
esa línea aunque por ahora lo hace muy parcialmente, al resto de los habitantes
los duerme y los mata en vida con idioteces de magia negra, religiones
destructivas del individuo y de su psiquis y con supersticiones varias. Los
religiosos de verdad, comprometidos con los necesitados, andan por ahí,
condenados por todos los poderosos, ignorados, perseguidos, en primer lugar por
el Vaticano que –no lo olvidemos- es, desde Constantino y Teodosio I, en el
siglo IV, una religión oficial que sirve a los Estados poderosos y a los
poderosos; es además una multinacional de los negocios que se ha apropiado del
mensaje y de la palabra de Dios para usarla en vano cuantas veces le apetezca,
como sucede en América Latina, donde el nombre de Dios está en casi todas las
bocas y medios de comunicación. ¡Qué paradojas! Debería venir Dios y poner orden
en todo esto. ¿Dónde estará? ¿Y su Hijo? Estamos solos, hemos de arreglarnos
solos, he ahí el reto.
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