
La política interna española sería aburridísima
si no fuera por los partidos nacionalistas. Este año va a ser animado -de
nuevo- a causa de un fenómeno decimonónico que, como no se arregló en su día
porque estábamos más preocupados por preservar las prebendas de la Iglesia y
los restos del Imperio, es decir, la España rancia de vieja sangre, nos ha
llegado al siglo XXI, un siglo que se caracteriza por romper fronteras y que,
por eso precisamente, halla en el nacionalismo y en los localismos un caldo de
cultivo donde refugiarse del miedo que dan las cosas a lo grande. Pero la
diversión que nos proponen los nacionalismos españoles se deriva de su propio
patetismo, de la astracanada, del esperpento. Dentro de esta línea, el andaluz
es el que se lleva la palma.
Jerez nos está ofreciendo un espectáculo más
apasionante que los televisuales, se llamen estos programas de evasión o
culebrones. Visto desde fuera, el asunto de Jerez es de los que engordan las
filas del mayor partido político: el de la abstención. Por supuesto, desde
dentro le llamarán dinámica propia del juego democrático, una dinámica que ya
me sé: reuniones semiclandestinas entre líderes, almuerzos, llamadas, apaños
que nada tienen que ver con el programa electoral o las promesas que se le
hacen a la gente…, es decir, todo para el pueblo pero sin el pueblo, donde
dije digo, digo Diego.
Desde que el PSOE supo aprovechar el pacto entre
Rojas Marcos y Suárez para apoyar a Calvo Sotelo como presidente del gobierno
a principios de los ochenta, el andalucismo no levanta cabeza. Para colmo,
encima que son pocos, mal avenidos: se han dividido por puras razones
personales, volviendo una minúscula parte –en Jerez- a utilizar las siglas a
las que renunciaron buscando el voto aquí y allá. El PSA pasó a llamarse PA
pero, con ambas siglas, los dos sirven lo mismo para un roto que para un
descosido. Hemos visto casi de todo: una alianza PSOE, PCE y PSA en el primer
ayuntamiento democrático de Sevilla (1979) para que no ocupara el poder la UCD
que había sido el partido más votado. Una coalición PA-PP en el mismo
ayuntamiento, ya en los años noventa; el entendimiento PSOE-PA en la Junta; y
ahora, en Jerez, primero el acuerdo PP-PSA y después el protagonizado por el
PSOE con el PSA. Sólo nos falta una firma coyuntural entre PA-PSA pero, si hay
que hacerla, a lo peor se hace, cuando lo acertado y razonable sería volver a
la unidad.
Por supuesto, lo de los principios, la
coherencia y la fidelidad a los votantes pasa a segundo plano. Aquí lo
relevante es llegar al poder porque eso da dividendos y crea clientelismo que,
a su vez, puede acrecentar el poder una vez que la gente se hastíe y se quede
en casa y sólo acudan a votar algunos bienintencionados ingenuos, más los
clientes con sus familiares. Además, por supuesto, el poder supone influir
sobre el mundo mediático. En el caso de Jerez, la “Tele Pacheco” de forma
directa y otros de manera indirecta. No sé si la justicia será un cachondeo
pero desde luego esta política mediocre y provinciana sí lo es. La alcaldesa
del PP parece una niña bien de aspecto dulce pero de tendencia fría y
calculadora. Llegará lejos. La moza se ha querido aplicar aquello de Lenin,
“Todo el poder para los soviet”, sólo que sus “soviet”, siguiendo con Lenin,
no tenían las condiciones objetivas para nada. Y el camaleónico nacionalismo
andaluz se lo ha demostrado. Lástima de tendencia política: ha aportado
aspectos claves a la historia de Andalucía, como la toma de conciencia de
datos históricos que aún se siguen ignorando pero que están ahí, datos
protagonizados por una minoría de activistas que han sido utilizados para
identificar a Andalucía ante los vascos y los catalanes. Muchos de estos datos
son menores desde el punto de vista de la rigurosidad académica, algo parecido
a lo que sucede en el caso vasco, donde se ha inventado literalmente la
historia. Pero han servido para adaptarse a los tiempos nacionalistas que el
postfranquismo y la globalización nos han traído. El andalucismo nos ha
entregado eso que la pobreza intelectual de la especie precisa para sentirse
alguien y algo: símbolos. Pero ahora vaga como un Al-Mutamid desterrado en
Agmat, con la diferencia de que el rey andalusí compuso entonces sus mejores
poemas y estos la única literatura que conocen es la del oportunismo.
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