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Si son aficionados a la música
clásica les recomiendo que escuchen, en RNE Clásicos, el programa que dirige
Fernando Argenta (hijo del famoso e ilustre director de orquesta, don Ataulfo
Argenta) “Clásicos populares”; donde podrán disfrutar de un ameno y variado
repertorio de obras de los más conocidos compositores de todas las épocas. Pero
si me he referido a dicho espacio es debido a que en una de sus secciones se
presentan cuatro versiones de distintos intérpretes de una misma melodía. Los
oyentes, expertos en estas lides, votan por la que les parece mejor. Debo
reconocer que, aún que soy un aficionado a la música de los grandes
compositores, ni mi agudeza auditiva ni mi preparación musical, me permiten
distinguir con conocimiento de causa cuál de ellas es la mejor. Y me he referido
a ello porque, sin embargo, es muy fácil sintonizar a quienes utilizan todas sus
artimañas, empeñan todos sus esfuerzos y gastan todas sus energías en pro de la
causa de las izquierdas. En efecto, resulta muy simple para cualquiera que tenga
un mínimo de sentido común, guste de adentrarse en el entramado de la historia y
conozca, por haberla vivido desde niño, tanto lo que fue la “verdadera” Guerra
Civil española, como lo que fueron los difíciles años que la siguieron; cuando
se nos quiere, por los demagogos de la izquierda, vendernos duros a cuatro
pesetas.
Así que, como en cualquier etapa de
la historia de España, lo que fue la dictadura del general Franco tiene zonas
oscuras pero, como no podía ser de otra manera, tiene cosas positivas que los
modernos historiadores se empeñan en obviar, dejar de lado y menospreciar, en su
afán enfermizo de dislocar la realidad para sólo resaltar las partes más
sórdidas de aquella época. Si ustedes tienen el mal gusto de leer las basuras
del señor Paul Preston, podrán apreciar a un fanático, poco documentado, que se
ha empeñado en beber de la información de las personas que perdieron la guerra,
pretendiendo sacar conclusiones de sus declaraciones impregnadas de rencor, sin
que se haya molestado, ni poco ni mucho, en intentar cotejarlas con las de los
otros, los del bando nacional. Pero no debemos extrañarnos que sea así, porque
en este país de crédulos, unos que lo simulan y otros que, por su edad, están
predispuestos a creerse todo los que les cuentan aquellos que quieren reescribir
la historia de España, no como fue, sino como hubieran preferido que hubiera
sido.
Quedarían ustedes maravillados,
sobre todo los más jóvenes, si supieran cuántos de los que hoy ostentan cargos
relevantes en nuestra democracia fueron, en su día, adictos colaboradores del
“régimen”. Uno, por ejemplo, de los más conocidos en el mundo del periodismo, el
señor Juan Luis Cebrián, aunque les cueste creerlo, es hijo de un alto cargo de
la “prensa del Movimiento” y trabajó en el periódico “El Pueblo”, a las órdenes
de Emilio Romero, uno de los medios de comunicación franquistas. Ahora se ha
convertido en uno de los fanáticos demócratas de la izquierda. Y es que, el
cambio de chaqueta de azul a roja, ha sido uno de los deportes preferidos de
todos aquellos que, habiendo medrado con Franco, han querido hacer lo mismo con
Felipe González y luego con ZP. Eso tiene un nombre, “arribismo” y es el
marchamo de aquellos que son tan proclives a traicionar sus ideas cuando les
conviene.
A nadie se le ocurre hoy mencionar
que en tiempos del denostado caudillo se puso en marcha la Seguridad Social para
los trabajadores; se dictaron las leyes más rígidas en el ámbito laboral que
jamás se habían dado, ni en la República, para la protección de los trabajadores
y sus puestos de trabajo. El despedir a un trabajador, si no era porque hubiera
cometido un acto delictivo (robo, sabotaje, insultos a la Dirección, agresiones
a sus compañeros y otras faltas graves semejantes), era poco menos que
imposible, sin que valiera el socorrido recurso de la indemnización económica
que, por cierto, hoy en día es el uso habitual. Se desconocían los expedientes
de regulación de empleo que hoy se han convertido en un mero trámite
administrativo, mediante el cual las empresas tienen la ocasión de descargarse
del personal sobrante y no sólo en caso de crisis grave, sino que basta que se
demuestre que existe la posibilidad de que, con una plantilla recargada, se
pueda entrar en una fase de pérdidas. La seguridad era total y cualquier persona
podía pasearse por las calle, a cualquier hora del día segura, de que no le iba
a pasar nada; claro que se me objetará que los que conspiraban contra el régimen
eran encarcelados y yo les digo, ¿acaso durante la república no se encarcelaba a
la gente por el mero hecho de ser de derechas o católicos? Ahora, que estamos
padeciendo sequía, podríamos recordar que casi todos los pantanos de que hoy
gozamos en España fueron construidos durante el franquismo. Muchos hacían broma
sobre la manía de Franco de construirlos, pero el tiempo se ha encargado de
demostrar lo acertado que estuvo.
Hubo, sin duda, sus equivocaciones,
sus errores, sus represalias (¿alguien se ha parado a pensar las que hubiera
habido contra los nacionales si, el señor Negrín y sus comunistas dependientes
de la KGB, hubieran ganado la guerra?) No seamos torticeros, la historia se ha
de juzgar con objetividad y un planteamiento juicioso sería hacer un ejercicio
de lógica, examinando el supuesto de que hubiera vencido la República, en la
confrontación de 1936. Aténganse a las informaciones que se desprenden de
importantes análisis de la situación de España en aquellos tiempos. Lean libros
como la “España traicionada”(Radosh, Habeck y Sevostianov) donde se demuestra
documentalmente lo que fueron las actividades de los soviéticos con respecto a
España. Repasen lo que explica un autor, poco franquista, como Hugh Thomas,
sobre las intenciones soviéticas de hacerse dueños de España como medio de
presionar a las potencias occidentales y, el interés de Hitler y Musolini de que
esto no ocurriera, ¿por qué?, porque una cabeza de puente de Moscú en el sur de
Europa hubiera sido la puntilla para el Eje. España tenía una importancia
estratégica ante la posibilidad de una contienda que a nadie se le puede escapar
y menos a Salín que, si Franco no lo hubiera parado, nos hubiera invadido y, es
probable, que aún permaneciéramos como los países que cayeron bajo su órbita de
influencia, ¿alguien lo desearía? Nos guste o no las cosas sucedieron de una
manera y nadie puede pretender torcer el curso de la Historia porque nadie tiene
el don de poder hacerlo. Convendría que esta pléyade de aprendices de
historiadores se aplicasen la frase de Oscar Wide cuan decía: “Cualquiera pude
hacer historia, pero sólo un gran hombre puede escribirla”.
DIARIO Bahía de Cádiz
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