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Saturación. Sí, señores, esta e la
palabra que define claramente el estado de ánimo de los ciudadanos con respecto
a la situación política en España. Si ya, incluso antes de las pasadas
elecciones legislativas, era patente un sentimiento de desinterés y cansancio
ante los rifirrafes entre el Gobierno y el partido de la oposición; si la
ciudadanía demostraba su desconfianza hacia los políticos cuando prometían el
oro y el moro en sus respectivas campañas y, si mostraban su pesimismo ante la
falta de rigor con el que trataban los problemas de cada día, los que de verdad
interesan a las personas, de los que dependen el bienestar de las familias y la
prosperidad de la nación; por si fuera poco, continuamos, en la actualidad, en
una situación de renovada efervescencia política que parece que no tiene fin.
Unos meses después de que salieran
elegidos los que deberán formar el nuevo gobierno; cuando comenzamos a notar los
primeros ramalazos de la –tantas vece negada por el señor Solbes y el resto de
los miembros del pasado gobierno – recesión y empiezan a caer como moscas las
empresas inmobiliarias, en una sucesión de concursos de acreedores y quiebras
más que preocupante y, para más INRI, se comienzan a advertir en las economías
de muchos ciudadanos las consecuencias del encarecimiento de los artículos de
primera necesidad; los efectos de las subidas de los combustibles y las secuelas
de la crisis en cuanto al aumento del desempleo y la destrucción de puestos de
trabajo; resulta que, en lugar de entrar en una época de reposo anímico; de que
los que nos gobiernan se hagan cargo de la dirección de la nación, poniendo las
medidas eficaces para solucionar, en lo posible, los efectos de la crisis y de
que se olviden de veleidades partidistas, centrándose en los verdaderos
problemas que nos afectan, los unos y, los otros, los de la oposición, se
centren en su labor de fiscalizar las acciones del Gobierno, en lugar de entrar
en reyertas estériles, en caciquismos improcedentes y en posturas monolíticas.
La ciudadanía no puede estar
expuesta, continuamente, al bombardeo incesante de una prensa dividida entre
tirios y troyanos, porque la capacidad de aguante tiene unos límites y lo que
queremos son soluciones a nuestros problemas cotidianos, como pudieran ser: que
nuestros hijos reciban una educación adecuada, que salgan bien formados de las
escuelas y universidades; que haya trabajo para todos; que se pueda llegar a
final de mes sin pasar apuros o debiendo dinero porque nuestros sueldos no nos
alcancen; que tengamos una asistencia sanitaria eficiente, dotada de médicos
suficientes y bien pagados; que los pensionistas tengan garantizadas sus
pensiones y dispongan de lo necesario para vivir; que se restablezca la
seguridad en las calles, se acabe con la criminalidad importada de otros países
y que la justicia sea independiente y libre de influencias partidarias. En fin,
lo que todo español tiene derecho a esperar de un gobierno que tenga por
prioritario el bienestar y la prosperidad de la nación.
Durante la pasada legislatura ya
tuvimos que aguantar que el Ejecutivo del señor Zapatero, en lugar de gobernar
para todos los españoles, se dedicara a preparar, desde el primer día, su futura
reelección, para lo cual no tuvo empacho alguno en pasarse, todo el tiempo de su
mandato, hostigando al partido de la oposición, ignorándolo en los pactos de
Estado y desacreditándolo. En esta labor, en conseguir sus fines partidistas, se
olvidaron de que España necesitaba ser dirigida para que se mantuviera unida,
que hubiera paz entre los españoles y que mantuviéramos unas buenas relaciones
con las naciones occidentales. Con evidente desconocimiento de lo que nos
convenía para alcanzar la prosperidad, se dedicaron a vivir de rentas en lo
económico y a esparcir la cizaña de la discordia entre los españoles, fomentando
los nacionalismos, atacando a la Iglesia y fomentando el relativismo moral y
ético y convirtiendo la educación en algo parecido a un gallinero donde la
indisciplina, el gamberrismo, el politiqueo y la incapacidad de los profesores
para poner orden, han dado lugar a que nuestros estudiantes estén valorados como
merecedores de ocupar el furgón de cola de la UE.
Tampoco la oposición ha dado
muestras de saber defender sus posturas de derechas con la eficacia debida. Han
desaprovechado ocasiones cruciales para atacar las incesantes meteduras de pata
del Gobierno; han claudicado ante posturas claramente contrarias al sentir de
las bases, como pudieran ser el aborto, el matrimonio de homosexuales y han
mantenido posturas antitéticas en las cuestiones de los estatutos de autonomía.
Ahora, después del segundo fracaso electoral, se están perdiendo en
disquisiciones filosóficas mientras se obvia lo esencial: la democracia interna
del partido. El señor Rajoy se ha encastillado y de ahí no le apea nadie. Se ha
revitalizado lo que el señor Aznar supo erradicar, las intrigas de los distintos
sectores para hacerse con el mando, sin percatarse de que, desde sus bases, se
los está mirando con la boca abierta, admirados de que aquella unidad que
siempre había caracterizado al PP, haya quedado hecha migas, precisamente por su
falta de democracia en el momento de exigir responsabilidades, de ser incapaces
de hacer una revisión de las causas de sus fracasos electorales y de no permitir
que la libertad de opiniones, el contraste de pareceres y las propuestas de
relevos en el mando, sean algo normal, necesario y fruto del buen funcionamiento
de la comunicación interna entre las bases y la cúpula del partido.
No se puede mantener la tensión del
electorado permanentemente, nadie ni la prensa (para apoyar a sus financiadores
y vender más periódicos) ni los políticos para asegurarse sus poltronas, tienen
derecho a jugar con los ciudadanos y a abusar del juego del ratón y el gato,
porque, señores que nos gobiernan, los españoles tenemos la facultad, como
tales, de pedir que se dejen de marear la perdiz, de exigir que los que nos
gobiernan se amarren los machos y todos, Gobierno y oposición, se pongan a
trabajar,¡digo trabajar, no enredar y barrer para el partido!,en beneficio de
aquellos que, con sus impuestos, les pagan sus sueldos y, no para que nos
compliquen la vida, nos priven de libertades, nos restrinjan nuestros derechos
constitucionales o se olviden de nuestro derecho a la igualdad entre todos los
españoles. La Constitución está para cumplirla y no para inventarse trucos para
puentearla; la justicia está para imponer la ley y no para que jueces y fiscales
hagan de ella lo que les parezca; el ministerio de Economía está para defender
los intereses de los ciudadanos y no para engañarlos, confundirlos y
esquilmarlos, para después despilfarrar el dinero público en ayudas a pandillas
de especuladores. Sí, señores, los ciudadanos estamos aburridos, hartos y
cansados de que, a costa nuestra, se aumente el gasto público para que luego no
veamos ningún beneficio para el ciudadano de a pie. Estamos ahítos de que nos
tomen por el pito del sereno y nos utilicen como excusa para sus veleidades
egoístas e incompetentes. ¡Basta ya de engaños!
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