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Si no fuera porque está en juego
algo tan importante como es la propia pervivencia de esta nación que durante
tantos años ha sido conocida en el mundo entero por el nombre de España, hasta
podrían resultar entretenidos estos juegos políticos que, apenas cerrado el
rumor de las urnas, ya se están llevando a cabo como meros entremeses del gran
banquete que se está cocinando en la cocina del PSOE. Vean, si no, como el señor
Ibarretche ha sido abandonado colgando de la brocha por su paisano el señor
Urkullu que, sin importarle un bledo la suerte que pueda correr su
correligionario del PNV, se ha mostrado receptivo y ha levantado la cola, como
hacen las hembras en celo de los rumiantes, para enseñar al señor Zapatero, con
su aroma de consumado intrigante, su predisposición a pactar. Nos podríamos
preguntar qué esperan sacar de este posible pacto para la investidura del gran
chamán Zapatero, los del PNV, después de haber quedado desacreditados en las
urnas por sus propios paisanos que han preferido votar al PSV. A mi se me ocurre
que, lo primero que intentan, es buscarle una salida al berenjenal en el que se
ha metido Ibarretche con su famoso referéndum. No son tontos y saben que ahora
lo que más les interesa es consolidar, con el gobierno Central, sus prebendas
conseguidas a través del Concierto Vasco, beneficios que, sin duda, pretenden
conservar pactando con Madrid su manera de blindarlo. No son ajenos a que, tanto
en Europa como en el resto de las autonomías, salvando quizá la catalana, se
mira con prevención que una de las regiones de España tenga privilegios,
actualmente insostenibles dentro de una nación democrática, respecto a las
demás.
Pero, a mi modesto entender, existen
quizá razones de más enjundia y de efectos a más largo plazo que justificarían
esta estrategia pactista del señor Urkullu. Los últimos movimientos de los
nacionalistas vascos han estado encaminados a suprimir por completo el
castellano en las escuelas vascas, como un medio de conseguir la plena inmersión
lingüística en el idioma vasco –que, por cierto, hay un 70% de los ciudadanos
vascos que no lo habla – paso previo a lograr mayores cuotas de autogobierno. No
sería de extrañar pues que, lo que el señor Ibarretche está pretendiendo
conseguir en su famoso referéndum, el señor Urkullu piense lograrlo en forma de
una mejora conseguida a través de un sustancioso Estatuto Vasco; con lo cual se
obviaría el problema de la consulta ilegal y, por añadidura, se conseguirían los
objetivos pretendidos. ¿Qué esto sería el final de la carrera política del
lehendakari Ibarretche? Probablemente, pero eso al PNV, –un partido clasista,
dirigido por barones que mueven los hilos desde detrás de las bambalinas y cuya
conocida volatilidad, cuando se trata de sacar tajada de las circunstancias que
les son propicias, es ya proverbial –; se la trae al fresco.
El que nos encontrames ante una
operación secesionista de gran calado creo que no debe sorprendernos conociendo,
como ya conocemos, al señor Rodríguez Zapatero. No creo que a cualquier persona
interesada en la política le pueda haber pasado por alto la sincronización con
la que se ejecutan todos los movimientos separatistas en las provincias más
levantiscas en esta materia y, tampoco, su efecto expansivo en otras regiones
que sólo hace unos pocos años hubieran sido incapaces de soñar con imponer sus
idiomas o dialecto locales en sustitución del español universal, el castellano.
Sin embargo, veamos como tanto en Galicia como en Barcelona se están imponiendo
las tesis nacionalistas de desterrar el castellano de la educación e implantar
como idioma único, incluso vehicular, las lenguas cooficiales. ¿Y la
Constitución?, seguramente se preguntarán ustedes, alarmados y confundidos ante
semejantes barbaridades; pues, que quieren que les diga, así como antes se decía
jocosamente que “las leyes estaban hechas para incumplirlas” ahora, y no
precisamente desde la ciudadanía, sino desde la misma Administración y gobiernos
autonómicos, parece que han decidido que la Carta Magna sólo es un símbolo
caduco, que es patrimonio de aquellos que hicieron la transición y que, visto lo
visto, no vale la pena revocarla y lo mejor es ignorarla, para lo cual y también
a guisa de ejemplo, el propio TC ha optado por desentenderse de ella y mirar
hacia otro lado ( naturalmente hacia el lado de la izquierda de la que viven y
sacan provecho).
Puestas las cosas así, creo que va
siendo hora de que en el Congreso de Diputados se empiecen a tomar medidas para
establecer una nutrida plantilla de traductores al efecto de que, en la nueva y
babélica España, los representantes de las diversas naciones que constituirán
este ente al que, seguramente, denominarán como “Pluriespaña”, puedan expresarse
en Castellano, Catalán, Euskera, Bable, Gallego, Aragonés, Valenciano, Gascón y
Guanche; aunque, ya metidos en harina, no deberíamos olvidarnos de nuestros
inmigrantes marroquíes, senegaleses, mauritanos y los que nos llegan de los
Balcanes que, como no, también tendrán derecho a que se les escuche en sus
idiomas vehiculares. Así las cosas, nuestro Parlamento le dará con queso a la
famosa torre de Babel de tan infausta memoria. Pronto, además de necesitar
pasaporte para trasladarnos de una a otra de las nuevas naciones de la piel de
toro, se precisará un extenso conocimiento de idiomas para así poderse entender
cuando viajemos al resto de comunidades.
Parece cosa de risa pero, si hace
sólo cinco o seis años alguien nos hubiera dicho que en España un joven
estudiante no podría estudiar en castellano lo hubiéramos tomado por un
chiquilicuatro (no confundir con el rey de Eurovisión, el Chikilicuatre)
cualquiera, con la urgente necesidad de acudir a que lo visitara un psiquiatra.
La realidad se impone cuando, la mayoría de la ciudadanía, ellos sabrán el
porqué, nos ha impuesto un nuevo gobierno del PSOE, dirigido por la batuta de ZP;
aunque es probable que, tal y como están las cosas en nuestro país, la victoria
se le pueda acabar por indigestar a alguno, no sea que, como dijo Juan Eugenio
de Hartzenbusch: “Fácil es que su ingenio campanudo reviente a la primera
campanada” No lo digo yo, lo dijo el famoso dramaturgo y poeta español del siglo
XIX, con motivo de un autorcete de tres al cuarto que se las daba de gran
escritor.
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