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Parecía algo imposible, un mal
sueño, un insultante desvarío de un poder que se recrea en hacer de España un
país irreconocible para cualquiera que sienta, en su sangre, el legítimo orgullo
de se español. Pero, por mucho que nos cueste reconocerlo, estamos en momentos
de liquidación, de desguace y de venta a saldos de esta tierra española que
dominó en medio mundo; que fue cuna de civilizaciones y que fue tenida, por
amigos y enemigos, como tierra de descubridores y crisol del cristianismo. Es
evidente que los nuevos tiempos, la llegada del siglo XXI ha traído a nuestro
país semillas de cizaña que han germinado con rapidez entre las nuevas
generaciones, que parece que se han encontrado más a gusto entre la molicie y lo
que se ha dado por denominar “pasotismo” que conservando los viejos valores
trasmitidos de padres a hijos desde que España es España, o sea, desde la
unificación de Castilla y Aragón en tiempos de los Reyes Católicos. Quizá, por
ello, hoy en día estemos gobernados por los que no son más que el reflejo de
aquellos políticos de la España de mediados del siglo XX, la que habiendo salido
reforzada de la primera Guerra Europea, no supo aprovecharse de aquella
privilegiada situación, prefiriendo destruirse a si misma dejándose arrastrar
por las revoluciones, las intrigas cortesanas y los gobiernos descerebrados que
consiguieron llevarla a la situación imposible de 1936.
La muestra de hasta donde se ha
llegado en esta labor destructiva, ha sido el empeño del señor Rodríguez
Zapatero, desde que se hizo cargo del Ejecutivo en el 2004, en demoler la unidad
de la nación y fomentar, con sus medidas de gobierno, el que los separatismos,
tanto tiempo larvados, de algunas regiones de España hayan resurgido, pujantes y
amenazadores, poniendo en cuestión no sólo la solidaridad entre las distintas
autonomías, sino la misma integridad nacional. La Constitución de 1978 se ha
convertido en un pim, pam, pum con el que cualquier advenedizo se atreve,
empezando por el propio Gobierno, permitiendo que los principios fundamentales,
amparados por ella, sean pisoteados e incumplidos sistemáticamente en aras de
unos inexistentes derechos extra-constitucionales, derivados de imaginarias
razones identitarias, supuestas razas privilegiadas y utópicos agravios
seculares, exhibidos por visionarios cuya única intención es asumir cuotas de
poder desmembrando la nación.
Así, los españoles, tenemos ocasión
de observar, perplejos, como en determinadas comunidades la bandera española ha
sido proscrita del lugar que le corresponde en los edificios públicos; como la
lengua española ha dejado de ser, de hecho, el idioma oficial de todos los
españoles siendo ninguneada, apartada y hasta prohibida en extensas partes de la
geografía peninsular; como el declarase español se ha convertido en algo
peligroso en algunos lugares de España, hasta el punto de ser insultado y vejado
por tal motivo y, en fin, como aquellos que, por imperativo legal, debieran ser
los garantes de la unidad patria, permanecen indiferentes, en actitud
vergonzante y pasiva, mientras ante sus propias narices se está desarrollando el
drama de la descomposición y atomización de la nación española víctima del
sectarismo de algunos, de la malevolencia de otros y de la impasibilidad de los
restantes.
El último ejemplo de la continua
degradación a la que estamos sometidos, se ha dado recientemente con motivo de
la celebración del segundo centenario del alzamiento contra las tropas
napoleónicas, en 1808. La Banda Sinfónica del Regimiento Inmemorial del Rey
debía dar un concierto en el Auditorio Nacional, con ocasión de tales
efemérides, en el que estaba previsto obsequiar al público asistente con unos
bises consistentes en una jota muy conocida y popular, cuyo estribillo reza: “El
que al oír ¡viva España!/ ¡Viva España! no responde / si es hombre, no es
español / y si es español, no es hombre” y, para finalizar, el Himno de España.
Pues bien, por oden del señor ministro del Ejército, señor Alonso, ambas piezas
patrióticas fueron suprimidas del concierto siendo sustituidas por la Oda de la
Alegría de Beethoven. Supongo que al señor Carod Rovira y a los suyos o a
Ibarretche y su camarilla o al BNGA o ¡vaya usted a saber a qué carroña de
sujetos!, les molestaba que la gente se emocionase sintiéndose español al
escuchar tan patrióticas piezas. A este punto hemos llegado, al extremo de que
se nos prohíbe ser españoles, ver nuestra bandera ondear en toda España y
escuchar nuestro propio himno. Supongo que nadie se hubiera ofendido si se
hubiera puesto Els Segadors o el Gora ta Gora de Sabino Arana; pero sí que se
programase el himno de todos los españoles que, seguramente, hubiera herido la
sensibilidad de los etarras y quizá se hubieran negado a negociar con los
esbirros de Zapatero. Una curiosidad, sí se pudo escuchar, en dicho acto, un
pedazo del “God Save the Queen”, el himno inglés.
Tantos siglos a nuestras espaldas, tanta cultura acumulada, tantos muertos
defendiendo la patria; tantos duelos familiares y tantas gestas heroicas, para
que un sujeto se nos monte en el machito, engañe con sus mentiras a todo el
pueblo español; negocie con los etarras, negándolo al propio tiempo; divida a la
sociedad; resucite los tufos de la Guerra Civil ; pretenda reescribirla y, por
si no fuera bastante, acusa a los que se le oponen, a los que no comulgan con
sus ideas y rechazan la demolición de la nación española, ¡de poco patriotas!
Algo deberá pasar, algo es necesario que ocurra, para que España se libre de
semejante peste antes de que logre acabar con lo que queda de decencia en este
país.
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