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Lo que se venía anunciando se ha
materializado en una triste y preocupante realidad. Lo verdaderamente indignante
de lo que ocurrió ayer en las Bolsas de todo el mundo no es solamente que se
dieran un mayúsculo castañazo de un 7’54 %, consecuencia del cual ninguno de los
valores del Ibex se libró de la hecatombe; lo que subleva la sangre del
ciudadano de a pie es que, cuando todos los datos económicos emanados de las más
altas instancias de la Banca europea y americana lo venían anunciando desde hace
tiempo, -concretamente desde el mismo momento en que se produjo el desplome del
mercado hipotecaria en las bolsas de los EEUU, como consecuencia de la crisis de
las “subprime”- , nuestro Gobierno se estaba empeñando en quitarle hierro a la
situación tachando de antipatriotas a todos aquellos que gritaban ¡qué viene el
lobo!. No hace una semana Zapatero acusaba de alarmistas a quienes pronosticaban
que la crisis americana iba a tener graves repercusiones en nuestra economía.
No se necesita ser un lince en
materia económica para prever que, en un país como España en el que la famosa
“burbuja inmobiliaria” había adquirido proporciones exorbitadas, las
consecuencias del fenómeno inmobiliario del otro lado del Atlántico no podía
dejar de tener efectos negativos. Sin embargo, la actitud de pasividad total de
nuestro Ejecutivo, restando importancia al tema, cruzándose de brazos ante él y
pretendiendo restarle trascendencia con el único y espurio objetivo de evitar
que, el anuncio de un periodo de dificultades económicas, dañase su imagen
triunfalista de los últimos meses, (recuerden cuando sacaban pecho y alardeaban
de haber conseguido tener superavit y de cómo se dedicaron a repartirlo a
mansalva, como si España fuera la tierra de Jauja) encaminada al único objetivo
de venderse a los ciudadanos con cara a las próximas legislativas. No se tomaron
ninguna de las medidas adecuadas para paliar el impacto que se nos venía encima;
no se escucharon las voces de advertencia que les llegaban desde la oposición y
de las estancias financieras y no se quiso prestar la debida atención a un hecho
que, fatalmente, ha caído con todas sus consecuencias y perjuicios sobre los
españoles, con el desplome de las bolsas del día 21.
Por supuesto que no depende del
Gobierno que en EEUU haya problemas hipotecarios, como tampoco es su
responsabilidad, hasta cierto punto, de que,en España, la construcción se haya
convertido en uno de los motores de la economía; pero de lo que no hay duda es
de su pasividad dolosa ante unos acontecimientos que se venían anunciando desde
hace meses y, de que el señor Solbes se dedicara a tirar cubos de disimulo sobre
el fuego financiero que se avecinaba en lugar de abrir la manguera de la
información y alertar a los posibles afectados de los peligros que se cernían
sobre ellos. El no arbitrar las medidas de que dispone un gobierno para, si no
evitar, al menos intentar paliar una crisis, reduciendo los impuestos para dar
vitalidad a la inversión; favoreciendo la obra pública; vigilando los aumentos
especulativos de los precios; reduciendo los gastos supérfluos de las
administraciones y recortando, en favor de la iniciativa privada, la
megalointervención del Estado en aquellos campos en los que las empresas
privadas lo pueden sustituir con ventaja, es lo menos que se le puede pedir a
quienes nos gobiernan. A eso se llama la liberalización de la economía, todo lo
contrario a lo que el señor ZP y lo suyos se han dedicado a hacer durante los
cuatro años que vienen ocupándose de regir los destinos de esta nación.
Ahora estará por ver cuáles son las
consecuencias de una política inmigratoria, ésta de la que está tan orgulloso el
señor Caldera, que ha permitido que nuestro país esté soportando un aumento
artificial de población al que no se le ha querido poner coto, a pesar de saber
que muchos de los nuevos ciudadanos han venido sin contrato ni puesto de trabajo
y que, muchos de ellos, son peligrosos delincuentes que ya han demostrado su
catadura cometiendo tropelías, asaltando viviendas e implantando la cultura de
la extorsión y el asesinato a la que los españoles éramos ajenos. El paro que se
nos echa encima a ritmo galopante va a golpear especialmente a estas gentes que
vinieron a España pensando que era un paraíso y, que no obstante, es muy
probable que se vean afectados, antes que otros, por las consecuencias del parón
de nuestra economía. Gente en paro, gente sin posibilidades de atender a sus
necesidades más perentorias y gentes, en fin, que no encuentran el apoyo que
precisan para vivir decentemente, constituyen el fermento para la insatisfacción
social y todos sabemos, algunos por experiencia, las consecuencias dramáticas a
las que nos puede conducir una situación semejante.
Todo ello ocurre cuando en Cataluña
el separatismo está adquiriendo, aprovechándose de la evidente debilidad del
Gobierno y de la agresividad de los partidos separatistas, unos tintes
verdaderamente inquietantes que nos hacen pensar en tiempos que parecía
impensable que se volvieran a reproducir. Las actitudes de la prensa catalana,
el comportamiento de ERC con sus desplantes secesionistas; la propia actitud del
PSC que va derivando, presionado por sus compañeros de gobierno, hacia
posiciones cada vez más extremistas y, por qué no admitirlo, la postura cada vez
más difundida entre una ciudadanía a la que, cada día, se la va imbuyendo más
del integrismo catalanista y del odio hacia España y los españoles; nos hace ser
muy pesimistas ante un futuro que, al menos para los que nos consideramos
españoles y no comulgamos con aventuras separatistas, no vemos que nos pueda
conducir a otra cosa que al enfrentamiento y a la confrontación. Seguramente
estamos a punto de pagar las veleidades del señor ZP que no ha hecho otra cosa
que provocar la división donde había unidad; el desconcierto donde había
seguridad y el pesimismo donde existía confianza y esperanza. Y es que a estos
que nos gobiernan les debieran salir los colores a la cara por haber dejado el
país como lo están dejando. ¡Vergüenza debiera darles!
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