|
Parece que no ha tenido mucha
repercusión mediática y, sin embargo, el tema debería hacernos reflexionar
respecto a los vaivenes de nuestro Gobierno, en lo que se refiere a determinadas
políticas. ¿Recuerdan ustedes al señor ministro de Trabajo, señor Caldera,
cuando mostraba su faceta más convincente, intentando vender a los ciudadanos
españoles las ventajas que nos iba a reportar la regularización masiva de la
inmigración ilegal que, gracias a su permisividad, se había ido acumulando en
nuestra península? Entonces se calculaba en, aproximadamente, 1.000.000 de
personas; de las cuales había una gran proporción procedentes de Mauritania y
Marruecos, acompañados por los llegados de países del este y de la otra parte
del Atlántico, especialmente de naciones del Cono Sur. Entonces ya se le llamó
la atención, por parte del PP, que hacer semejante regularización contribuiría a
que se produjese un efecto “llamada”, lo que convertiría a nuestras fronteras en
un verdadero coladero para la inmigración ilegal; cosa que, con posterioridad,
quedó demostrado con la invasión de cayucos que arribaron a las costas canarias,
repletos de africanos, que causaron verdaderos problemas a las autoridades
isleñas.
Como era de esperar, en Europa,
pronto se produjo la reacción de aquellos países que, en virtud de la libre
circulación, a través de las fronteras comunitarias, de los ciudadanos europeos,
se vieron invadidos por muchos de los inmigrantes que entraban ilegalmente en
España y que luego, el Ministerio de Trabajo, ante la imposibilidad de
reintegrarlos a sus países de origen, se veía precisado a repartirlos por las
distintas autonomías, dejándolos poco menos que abandonados a su suerte y sin
control alguno. Se nos llamó al orden desde Bruselas y, desde entonces, estamos
bregando con el tema, sin que se haya encontrado solución al problema, a pesar
de que el señor Moratinos se ha dado una panzada de viajar a los diversos países
africanos para intentar convencerles para que cerraran la espita. Lo cierto es
que ni las reflexiones de Moratinos ni las sustanciosas prebendas económicas que
los dictadores de dichas naciones le consiguieron arrancar a nuestro ministro,
han conseguido solucionar el tema que sigue en el mismo punto. Ahora, que ya es
tarde y, por añadidura, el fantasma de un aumento del desempleo planea ominoso
sobre España, y resulta que de cada cuatro trabajadores que cobran el desempleo
uno de ellos es marroquí, el Gobierno se ha dado cuenta de la carga que puede
suponer el tener que hacerse cargo de una masa de inmigrantes que, sin apenas
tiempo para poder cotizar a la Seguridad Social, se benefician de las
prestaciones del paro.
Era de esperar que, los primeros
afectados por la crisis, la recesión o la ralentización de nuestra economía,
como se lo quiera describir, hayan sido los que están en los puestos más bajos,
o sea, los inmigrantes, que son los que han ocupado los trabajos peor
retribuidos y más prescindibles en caso de parón económico que, en este caso,
precisamente se viene cebando en el sector de la construcción en el que hay
empleados la gran mayoría de los “nuevos españoles”. Si a ello añadimos todos
aquellos que pululan por las ciudades merodeando, sin trabajo, viviendo de la
caridad y vegetando por los poblados marginales; podemos darnos una idea del
problema que se le presentaría al gobierno del señor ZP, en el caso de que las
cosas vayan a peor y estas pobres gentes se encuentren lampando de hambre y sin
posibilidades de conseguir trabajo. Se les advirtió, pero les pudo su afán de
llevarle la contra al PP y al sentido común; se obcecaron, confiando en que la
economía seguiría su ciclo expansivo y que la demanda de mano de obra se
mantendría, y han tenido la mala suerte de que, esta vez, se han equivocado de
cabo a rabo y, en estos momentos, comienzan a verle las orejas al lobo a pesar
de que, en un alarde de empecinamiento infantil, tanto el señor Presidente, como
sus ministros, se empeñan en querer ocultar las realidad y quieren que los
ciudadanos, que nos vemos obligados a apretarnos el cinturón cada día más, nos
convenzamos de que todo lo que vemos no es más que un espejismo que, según
ellos, se solucionará cuando vuelvan a ganar las elecciones, el día 9 de marzo
del corriente año.
Pero miren ustedes por donde, casi
de tapadillo, por un comentario del señor Sarkozy, en mala hora para ZP y el
señor Caldera, su ministro de Trabajo; venimos a enterarnos de que, en una
reunión celebrada por los tres mandatarios, Prodi, Sarkozy y nuestro señor
Rodríguez Zapatero, se confabularon para encontrar el medio de librarse del
exceso de inmigración; de devolver a los que, con tanta facilidad, acogimos sólo
por obtener réditos electorales; de rectificar la gran pifia del señor Caldera y
del gobierno socialista. No podían proclamarlo para que se enterara toda la
nación y, menos, en periodo preelectoral y por ello, cuando ha saltado a la luz,
se han quedado de una pieza y sólo han sido capaces de balbucear alguna excusa y
rectificación que, cuando ya todos sabemos de que pie cojean, suenan a más de lo
mismo, a sus habituales desmentidos de siempre, a sus engaños endémicos y a
excusas de mal pagador.
En definitiva, que si fracasaron en
su día cuando debieron controlar la inmigración y evitar que España estuviera
invadida de “sin papeles”, vuelven a meter la pata ahora, al verse obligados a
utilizar el secretismo para que los españoles no podamos recriminarles la
cantidad de millones de euros que, esta fallida operación, nos ha costado a los
que pagamos impuestos. No es de extrañar que, ante tal situación, el señor
Caldera, con la boca pequeña, nos quiera vender que la crisis no es más que un
pequeño “incidente” que escampará cuando ellos, en el próximo marzo, suban de
nuevo al poder. Si eso ocurriera sería la demostración de que los españoles
somos la quinta esencia del masoquismo y que nos sentimos a gusto cuando se nos
miente, se nos engaña, se nos quitan las libertades y se nos impide pensar.
Otras veces nos ha ocurrido; otras veces nos hemos matado de forma fraticida;
otras veces hemos caído en la miseria y, si seguimos así, no sería extraño que,
otra vez, tropecemos con la misma piedra. ¡Que le vamos a hacer!
ARTÍCULOS ANTERIORES
|