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En verdad que este Gobierno, cuya
última singladura ya está tocando su fin, nos tiene acostumbrados a las más
diversas y rocambolescas peripecias, pero, por lo visto, su capacidad para
ponernos a todos de los nervios es ilimitada y, sus salidas de tono e
incontinencias, parece que, por mucho que se hayan pegado contra el aguijón de
la imperecedera realidad, no tienen freno. Primero nos sorprendieron con los
matrimonios de homosexuales; luego quisieron ponernos a dieta de carnes grasas;
un poco más tarde quisieron que viviéramos en casas-lata de conservas con los
inventos de la ministra Trujillo; a punto estuvieron de privarnos beber vino;
taimadamente nos ocultan la llegada de la crisis de las hipotecas; se cargan los
trenes de cercanía con el AVE que no llega y, si lo hace, es a costa de superar
baches y lagunas y, por si fuera poco, algunas estaciones están inasequibles
para los ciudadanos; pero su máximo logro, su verdadero triunfo, ha sido
estudiar y poner en práctica todos los medios de que dispone el Estado, que no
son pocos, para acabar con la familia tradicional y hundir los valores morales y
éticos de la ciudadanía, en especial de los jóvenes. Se comenzó implantando en
la enseñanza, obligatoriamente, la famosa Ley de Educación para la ciudadanía,
incumpliendo y violando la Constitución que impide al Gobierno interferirse en
la educación de los hijos que, por descontado, corresponde a los padres. Pero,
no satisfechos con tamaña insensatez y visto que el TC parece que no existe en
España y que, por lo visto, prefiere entretenerse en aquello de ver cuál de los
magistrados tiene más grande la cabeza, en lugar de cumplir con su misión de
defender el cumplimiento de los preceptos constitucionales; se han salido con
una de sus habituales meadas fuera de tiesto con lo de la prohibición del
típico, tradicional e inofensivo “cachete”
En primer lugar, deberíamos precisar
el sentido que se le atribuye al término, porque si bien en el diccionario se
lo define como un golpe con la palma de la mano en la cara o el carrillo la
interpretación habitual es la de dar un golpe en cualquier parte del cuerpo
menos en la cabeza, en cuyo caso es un coscorrón o un pescozón. Pero, es lógico
que todo debe medirse en su justa medida y se debe distinguir, no sólo la acción
en sí, sino su intensidad, el contexto en el que se produce el castigo y la
función que se le atribuye al acto de cachetear. El pretender generalizar
aplicando una norma restrictiva atribuible a cualquier tipo de cachete, es tanto
como privar a los padres a una de las pocas facultades que se les han venido
atribuyendo desde que el mundo es mundo. Me imagino a nuestra madre comín, Eva,
reprendiendo al travieso Caín e intentando que dejara de jugar con la mandíbula
del burro” Mira, Caín, que ya me tienes harta, ¿cuántas veces tengo que decirte
que con esta quijada te puedes hacer daño o lastimar a tu hermano? Seguramente
si a Caín le hubieran dado un buen cachete, no hubiera acabado con el pobre Abel
de un quijadazo de no te menées. En Catalunya se usa una palabra para definir la
ecuanimidad, la moderación y el buen sentido, es el “seny”, que podría
traducirse al castellano como la “sensatez”. Bien es cierto que en el Tripartit
no parece que lo practiquen mucho, a la vista de cómo van las cosas en la
autonomía (¿o debiera decir nación?), pero esto es desviarnos del tema. El hecho
es que, si a los padres se les priva de poder corregir a una criatura de corta
edad con lo único que los niños son capaces de comprender, un cachete o un
cachetito, si se quiere; ya me dirán ustedes cómo se le hace entender a rorro
que no debe de meter el dedito en los agujeros del enchufe de electricidad o
como corregirle cuando quiera tirar del mantel con el peligro de que le caigan
los platos encima.
Un poco de cordura, señores. Sepamos
distinguir las diferencias entre lo que es una bofetada, con lo que ésta supone
de vejación, humillación y descrédito para quien la recibe, de lo que es un
simple cachete cuya función no sólo es la de corregir, sino, en la mayoría de
casos, la de crear en el niño una llamada de atención que le sirva de defensa
para preservar su integridad, al asociar aquella acción que le pudiera dañar con
el cachete, inocuo y preventivo, que le han propinado sus padres. Me gustaría
que todos estos sesudos varones y mujeres, que tanto presumen de psicólogos y
defensores de los menores, sean capaces de encontrar un método más sencillo, más
aleccionados y más eficaz de un cachete a tiempo para corregir una conducta
inconveniente o peligrosa de un menor. Vaya usted a razonar con un niño de tres
años que ha cogido un cuchillo de la mesa de la cocina, y que está jugando con
él, pretendiendo explicarle los peligros de manejar un objeto punzante y
cortante y de la conveniencia de que lo deposite con cuidado en su sitio; cuando
usted está temblando de que, de un momento a otro, el chiquillo se saque un ojo.
Quizá, lo que debieran haber
modificado, estos sabios del PSOE, es la ley que considera menores a las
personas hasta que cumplen los 18 años. No casa muy bien esta protección
especial que se les concede a estos sujetos, de casi dos metros de altura y más
fornidos que sus padres, con una ley que intenta protegerles, ¿de qué y de
quién? Está demostrado que muchos de los delitos de agresiones proceden
precisamente de estos “protegidos” por la Ley. A quien debieran proteger las
leyes es a sus padres que, en ocasiones, son vapuleados, escarnecidos y
humillados por sus propios hijos. Dónde se ha visto este abuso absurdo de que
sujetos, hombres hechos y derechos, puedan vivir a expensas de sus padres y,
dónde, que deban aguantar todas las barrabasadas de hijos drogadictos,
alcohólicos o antisistema, sin poder librarse de ellos por el mero hecho de que
no hayan querido abandonar el domicilio familiar o por no tener la mayoría de
edad. Y ahora ustedes, los socialistas, por pura demagogia van a impedir a los
padres que corrijan a sus hijos con un simple cachete. Es posible que, si a
muchos de estos muchachos, que han seguido el camino del delito, de la
drogadicción o de la agresión y el crimen, sus padres les hubieran administrado,
a tiempo, un buen chachete u otro correctivo similar, no hubieran caído en las
redes de la delincuencia o el vicio. Todo es cuestión de mesura y, el hecho de
que se produzcan abusos por parte de algunos padres descastados, no es óbice ni
motivo para que se presuma que todos los padres son maltratadotes. Tenemos al
Gobierno para que se ocupe de aquellos menesteres que superan las posibilidades
de los ciudadanos como tales, sin embargo, esta clase de intrusismo
anticonstitucional que, con la colaboración de una Justicia desgastada y
devaluada, intenta el Gobierno, no es más que un síntoma de su totalitarismo y
de sus intenciones de convertirse en el factotum, tipo Gran Hermano, con poderes
amplios para dirigirnos a todos hacia los fines que se ha propuesto: la
abolición de las libertades individuales y la implantación del Estado
omnipotente y avasallador. ¡No, gracias!
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