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Dice la historia que los etolios
agotados por su lucha contra los romanos, incapaces de acceder a las condiciones
que les pusieron Publio y Lucio Escipión para conseguir la tan ansiada paz,
pidieron una tregua a los romanos para reponerse de sus derrotas y, al propio
tiempo, enviar mensajeros a Roma para ser escuchados en el Senado, del que
esperaban más benevolencia que de los propios generales romanos. La tregua les
fue concedida. Algo parecido me ocurre a mí cuando, después de un año de empuñar
la pluma, cansado del constante batallar dialéctico por intentar dejarme oír en
medio de este mundo farragoso, cruel, inhumano y despiadado que es el de la
política ; consciente de que la batalla todavía no ha terminado y que quedan aún
muchas legiones de adversarios ideológicos a los que enfrentarme y muchos
esfuerzos de imaginación para poder ocupar un espacio entre los afortunados que
logran que sus ideas sean plasmadas ( antes era sobre papel) en esta misteriosa
y vasta red que es Internet, el mundo de los internautas, que ha conseguido lo
que, aún, es sólo una utopía entre las naciones del mundo, y es que los
pensamientos de los ciudadanos puedan ser conocidos en todos los confines de la
Tierra , superando fronteras, cruzando mares y evitando censuras.
Necesito urgentemente una tregua.
Preciso reflexionar y poner en orden mis ideas aprovechando esta bonanza que las
fiestas de Navidad nos procuran a todos los ciudadanos. Sí, digo a todos, porque
es evidente que estas fechas no sólo son de fiesta y júbilo para los cristianos,
sino que han alcanzado tal difusión en todo el orbe que, incluso los que
profesan otras religiones o son agnósticos o ateos, se suman al espíritu
navideño que, en suma, no es más que olvidar las rencillas, suavizar el
carácter, sacar la sonrisa que tenemos guardada en el cofre del mal humor y
tender la mano a aquel que nos cae mal, confiando que, por una vez, nos la va a
coger para sellar la tregua; ésta que todos sabemos, en el fondo de nuestro ser,
que sólo durará unos pocos días, pero que, sabiéndonos frágiles, ya estimamos
suficiente para aligerar nuestras conciencias y dar descanso a esta agresividad
que forma parte de nuestra naturaleza durante el resto del año.
Es bueno que, de tanto en tanto, nos
demos cuenta de que no somos el eje del mundo; es conveniente que nos percatemos
de nuestras limitaciones y que reconozcamos nuestras múltiples equivocaciones,
que nos convierten en falibles y, en ocasiones, en temerarios; pero es que, al
ser humanos y no seres celestiales, las servidumbres de la carne, nuestro amor
propio y nuestro orgullo, no nos dejan reconocer nuestros defectos. Debo admitir
que siempre esta época de Adviento ha tenido benéficas influencias en mi
espíritu. Si bien es cierto que esta compañera que, con la edad, se va
convirtiendo en amiga íntima, que es la melancolía; pide su turno preferente
para hacernos volver la vista atrás y recorrer, como si se tratara de un laico
Vía Crucis, la estela de dolor y añoranza que dejaron todos aquellos que fueron
parte de nuestra vida y que, en un momento determinado, tuvieron que dejar
nuestra compañía para acudir a la cita inevitable que el Sino o la voluntad
Divina tienen concertada con cada persona; no lo es menos que la conciencia de
que los años se montan el uno sobre el otro hasta constituir un peso tan grande
que hace encorvar nuestras espaldas; el cúmulo de experiencias que la existencia
ha querido enseñarnos y esta cierta placidez que, como un placebo, parece que la
Providencia concede a las personas mayores; nos permiten evadirnos, por unos
días, del entorno hostil en el que los avatares de un Mundo desquiciado nos
tiene inmersos.
Es gratificante observar como la
gente se afana en mostrarse más amable de lo habitual; es consolador contemplar
como las familias se reúnen para celebrar las fiestas en compañía y es
esperanzador ver como todavía en este mundo del relativismo, el materialismo y
el agnosticismo emergen, Dios sabe de dónde, signos de aquella religiosidad que
impregnaba, en tiempos de nuestros padres, todo este tiempo en el que se
rememora el nacimiento de Jesucristo. Se cantan villancicos, se exponen los
nacimientos y, aunque el materialismo se ha adueñado de las televisiones y de la
prensa, todavía quedan algunos detalles que nos permiten rememorar aquellas
Navidades de nuestra niñez.
Si, en definitiva, necesito esta
tregua, una tregua que me permita dejar de pensar en política, dejar de quejarme
de las tropelías del Gobierno y de preocuparme por las carencias de la
oposición. Es preciso que goce de paz de espíritu para poder celebrar como
corresponde la Nochebuena en compañía de mis hijos y de mis nietos. Quiero que
todos aquellos a los que haya podido ofender o molestar con mis escritos me
perdonen, y felicito a quienes me haya leído alguna vez. Y, aunque me cueste un
esfuerzo, también quiero desearles unas buenas Navidades a los que nos
gobiernan, incluido el señor Rodríguez Zapatero y su familia. No debe haber
rencores, ni resentimientos y mucho menos odios; sé que es difícil, pero estoy
convencido de que si, aunque sea por unos pocos días, somos capaces de
comprendernos y estimarnos los unos a los otros, quizá esta España a la que
tanto amo, todavía no estará del todo perdida. Así lo deseo y espero.
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