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Estamos en Navidad, tengamos la fiesta en paz

  MIGUEL MASSANET BOSCH

 

MIGUEL MASSANET BOSCH

Dice la historia  que los etolios agotados por su lucha contra los romanos, incapaces de acceder a las condiciones que les pusieron Publio y Lucio Escipión para conseguir la tan ansiada paz, pidieron una tregua a los romanos para reponerse de sus derrotas y, al propio tiempo, enviar mensajeros a Roma para ser escuchados en el Senado, del que esperaban más benevolencia que de los propios generales romanos. La tregua les fue concedida. Algo parecido me ocurre a mí cuando, después de un año de empuñar la pluma, cansado del constante batallar dialéctico por intentar dejarme oír en medio de este mundo farragoso, cruel, inhumano y despiadado que es el de la política ; consciente de que la batalla todavía no ha terminado y que quedan aún muchas legiones de adversarios ideológicos a los que enfrentarme y muchos esfuerzos de imaginación para poder ocupar un espacio entre los afortunados que logran que sus ideas sean plasmadas ( antes era sobre papel) en esta misteriosa y vasta red que es Internet, el mundo de los internautas, que ha conseguido lo que, aún, es sólo una utopía entre las naciones del mundo, y es que los pensamientos de los ciudadanos puedan ser conocidos en todos los confines de la Tierra , superando fronteras, cruzando mares y evitando censuras.

 

Necesito urgentemente una tregua. Preciso reflexionar y poner en orden mis ideas aprovechando esta bonanza que las fiestas de Navidad nos procuran a todos los ciudadanos. Sí, digo a todos, porque es evidente que estas fechas no sólo son de fiesta y júbilo para los cristianos, sino que han alcanzado tal difusión en todo el orbe que, incluso los que profesan otras religiones o son agnósticos o ateos, se suman al espíritu navideño que, en suma, no es más que olvidar las rencillas, suavizar el carácter, sacar la sonrisa que tenemos guardada en el cofre del mal humor y tender la mano a aquel que nos cae mal, confiando que, por una vez, nos la va a coger para sellar la tregua; ésta que todos sabemos, en el fondo de nuestro ser, que sólo durará unos pocos días, pero que, sabiéndonos frágiles, ya estimamos suficiente para aligerar nuestras conciencias y dar descanso a esta agresividad que forma parte de nuestra naturaleza durante el resto del año.

 

Es bueno que, de tanto en tanto, nos demos cuenta de que no somos el eje del mundo; es conveniente que nos percatemos de nuestras limitaciones y que reconozcamos nuestras múltiples equivocaciones, que nos convierten en falibles y, en ocasiones, en temerarios; pero es que, al ser humanos y no seres celestiales, las servidumbres de la carne, nuestro amor propio y nuestro orgullo, no nos dejan reconocer nuestros defectos. Debo admitir que siempre esta época de Adviento ha tenido benéficas influencias en mi espíritu. Si bien es cierto que esta compañera que, con la edad, se va convirtiendo en amiga íntima, que es la melancolía; pide su turno preferente para hacernos volver la vista atrás y recorrer, como si se tratara de un laico Vía Crucis, la estela de dolor y añoranza que dejaron todos aquellos que fueron parte de nuestra vida y que, en un momento determinado, tuvieron que dejar nuestra compañía para acudir a la cita inevitable que el Sino o la voluntad Divina tienen concertada con cada persona; no lo es menos que la conciencia de que los años se montan el uno sobre el otro hasta constituir un peso tan grande que hace encorvar nuestras espaldas; el cúmulo de experiencias que la existencia ha querido enseñarnos y esta cierta placidez que, como un placebo, parece que la Providencia concede a las personas mayores; nos permiten evadirnos, por unos días, del entorno hostil en el que los avatares de un Mundo desquiciado nos tiene inmersos.

 

Es gratificante observar como la gente se afana en mostrarse más amable de lo habitual; es consolador contemplar como las familias se reúnen para celebrar las fiestas en compañía y es esperanzador ver como todavía en este mundo del relativismo, el materialismo y el agnosticismo emergen, Dios sabe de dónde, signos de aquella religiosidad que impregnaba, en tiempos de nuestros padres, todo este tiempo en el que se rememora el nacimiento de Jesucristo. Se cantan villancicos, se exponen los nacimientos y, aunque el materialismo se ha adueñado de las televisiones y de la prensa, todavía quedan algunos detalles que nos permiten rememorar aquellas Navidades de nuestra niñez.

 

Si, en definitiva, necesito esta tregua, una tregua que me permita dejar de pensar en política, dejar de quejarme de las tropelías del Gobierno y de preocuparme por las carencias de la oposición. Es preciso que goce de paz de espíritu para poder celebrar como corresponde la Nochebuena en compañía de mis hijos y de mis nietos. Quiero que todos aquellos a los que haya podido ofender o molestar con mis escritos me perdonen, y felicito a quienes me haya leído alguna vez. Y, aunque me cueste un esfuerzo, también quiero desearles unas buenas Navidades a los que nos gobiernan, incluido el señor Rodríguez Zapatero y su familia. No debe haber rencores, ni resentimientos y mucho menos odios; sé que es difícil, pero estoy convencido de que si, aunque sea por unos pocos días, somos capaces de comprendernos y estimarnos los unos a los otros, quizá esta España a la que tanto amo, todavía no estará del todo perdida. Así lo deseo y espero.


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