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Era tarde y tenía mucha prisa. Había casi nadie
por la calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me
dijo: «Tiene cinco minutos». Paré mis pasos, preguntándole: «¿Le ocurre
algo?».Me miró fijamente a los ojos, mientras sostenía en sus labios un
cigarrillo apagado, diciéndome: «¿Me da fuego?». Yo no fumo, le contesté.
¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar,
y tendría sobre setenta y pocos años. Volviendo sobre lo andado, le dije: «Tome,
tome... cien pesetas». No pido limosna... y nunca la he pedido, me contestó.
Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: « ¿Quiere tomar un vino?».
Al pronto, respondió: «Poco bebo y cuando lo hago me lo pago yo».
En mi cabeza pululaban mil y una preguntas, y le
inquirí: «¿Qué desea entonces?». Al momento, contestó: «¡Hablar!, hace más de un
siglo que no hablo con nadie». Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que
tenía tres hijos y cuatro nietos. «Más vale no hablar...; y, con la vejez,
pierde uno hasta los buenos amigos», concluyó diciendo.
He leído poco y me han contado algunas cosas sobre
los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante
que sólo solicitaba «hablar»... y una cerilla que no se la pude dar.
Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno..., sí era
realmente un ser que hallaba solo.
Me arrepentí después de no haber estado más tiempo
con él- ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando
mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos,
etc.)- , con su soledad y sus miedos, su aislamiento..., que será el que uno
tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia
sus costumbres deshumanizadas.
Cuando viejos comienzan nuestras grandes
limitaciones físicas e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el
cariño...suplen unas y otras. El último recorrido de mi corta o larga vida la
veo más llevadero dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes
residencias, que son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un proverbio
chino que dice: “De jóvenes somos hombres, de viejos niños”. Pues bien,
¡cuidemos a los niños!
Estamos en un mundo presos del miedo y la no
comunicación. Nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta
comunicarnos... Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto,
sin duda, nos pasamos la vida “Mendigando humanidad”.
Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos
nuestros. Sin distinción de raza, opción sexual, sexo, religión, minusvalía...
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