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La Unión Europea debe canalizar la cultura
democrática de todos los que formamos parte de ella, y conseguir respeto y
comprensión para aquellos que, contra su voluntad, necesitan abandonar sus
naciones de origen en busca de un nivel de vida mejor, en busca de un trabajo.
L. Tolstoi (1828-1910) novelista, manifestó que «la condición esencial para la
felicidad del ser humano es el trabajo». Debemos comprender que los emigrantes
son seres necesitados y que, una vez conseguidos los dineros necesarios,
regresarán a sus países de origen, pues aman la tierra donde han nacido.
El enigma de la inmigración es muy probable que
vaya a más. Uno piensa que no tiene solución fácil en el juego de la política
democrática, tal y como lo entendemos hoy en día. Es un asunto que se presta a
la demagogia y al apasionamiento. Hace surgir los nacionalismos exacerbados e
intransigentes, los cuales programan y conducen a las personas a conductas
llenas de odio y desprecio al extranjero. Xenofobia, racismo, expulsión... son
comportamientos a erradicar por los gobiernos occidentales-sus ciudadanos
incluidos-, sobre personas que proceden de territorios económicamente débiles y,
por tanto, poseen poderosos motivos para emigrar, legal o ilegalmente, hacia
otros más ricos. «Si tienes un trozo de pan, da uno a los pobres; vende el otro
y compra jacintos para alimentar tu alma» (poema indio).
Y, sin embargo, también influye en la inmigración,
por supuesto, la huida de la violencia, la represión, la mal llamada limpieza
étnica, que atormenta la vida de hombres, mujeres y niños. Muchas veces, los
inmigrantes son personas inteligentes, de gran inventiva y con esfuerzo y
voluntad para el trabajo, a fin de ganarse la confianza de los pueblos donde se
asientan. De esta manera, conseguirán la documentación necesaria para poder
vivir en paz y en regla con la actual Ley de Extranjería.
Entrar ilegalmente por mar y tierra es fácil, como
difícil es el prevenirlo. La inmigración seguirá siendo un tema controvertido y
problemático y de no sencilla solución. ¿Tienen los extranjeros derechos,
digamos moral, a emigrar a un país de su elección, a un país democrático? Un
entiende que derecho a emigrar lo tenemos todos, pero cada nación puede poner
sus propias limitaciones aunque no es ético ni humano el realizarlo. Y es que la
historia siempre se repite para bien de unos pocos y mal de muchos. Esto es así:
el comienzo del siglo XXI marcará diferencias económicas abismales entre
personas, y dentro del mismo hábitat. Quiera que Dios inspire los cerebros de
ciertos políticos que, sin ningún tipo de escrúpulos, se llenan sus bolsillos
con los cuartos-por dineros-, que se generan con la « hambruna» de la mayoría.
Pero nuestra Ley de extranjería actual (Ley
Orgánica 4/2000, de 11 de enero) y en su Art.25, nos dice: 1. El extranjero que
pretenda entrar en España deberá hacerlo por los puestos habilitados al efecto,
hallarse provisto de pasaporte o documento de viaje que acredite su identidad,
(...). Y, sin embargo, las Islas Canarias se encuentran al borde del colapso
total para poder recibir a más seres humanos- conocidos por los “sin papeles.”
Y esto se viene haciendo desde África abordo de
los tristemente conocidos con el nombre de cayucos-cárceles de muerte-, y por
los Pirineos -antaño frontera que nos parecía infranqueable-, llegan en coches
también ilegales rumanos, búlgaros, serbios, bosnios...Todos ellos en busca de
lo mismo: trabajo para no morirse de hambre, pues en sus países de residencia
sufren el abandono y la desnutrición completa. Y es que la economía sumergida
quiere contar con ilegales, poco cualificados y manejables, a fin de pagarles
poco y que trabajen muchas horas. Es el Ejecutivo de turno- el PSOE-, quien ha
de vigilar-pues estamos en un país civilizado- e integrar a estos desheredados
de la fortuna, para que puedan participar en el proceso productivo español-
cotizando-, y así alcanzar y utilizar el Estado de bienestar. El último discurso
de Mariano Rajoy (el PP y el PSOE son culpables del mal funcionamiento de la Ley
de extranjería, unos ahora y otros antes) en el debate parlamentario sobre el
estado de la nación, y tocante al problema inmigratorio, fue crítico con el
proceso de regulación de los emigrantes. Uno entiende que se equivocó, ya que
la incorporación de los últimos al mundo laboral-por los cauces oficiales-, será
bueno para la arcas de la Seguridad Social, al tributar por las horas trabajadas
con el salario que en justicia les pertenece.
Hemos de convenir que ciertos trabajos-por
profesiones que a nadie deben de avergonzar-, tales como camareros, lavacoches,
barrenderos, empleadas/os del hogar, servicios auxiliares en hospitales...hoy
por hoy no los desean realizar una gran mayoría de los españoles. Han de ser
desempeñados por oriundos de la Comunidad Europa y de los países
hispanoamericanos. Hagamos que la economía sumergida representada por un sin
número de avispados comerciantes- sin escrúpulos de ningún genero...-, no se
aprovechen de unos y otros, ya que necesitan trabajadores sin papeles para sus
pingues beneficios. La ética de una profesión cualquiera consiste en
desarrollarla bien: entrega y diligencia. Después se ha de recabar un salario
justo.
No obstante, Senegal y Guinea Basau han declarado
que aceptarán la repatriación de sus ciudadanos procedentes de España como
ilegales, pero, vaya por delante, a cambio de que España les retribuya
económicamente, y acepte cuotas de emigrantes dentro de la ley. ¡Buen negocio,
hermanos! Me viene a la memoria el insigne escritor y sacerdote Pedro Calderón
de la Barca(1600-1681), quien dejó escritas -entre muchas obras -una que se
conoce por el titulo de «Casa con dos puertas, mala es de guardar». Hoy en día
España se encuentra abierta a mil puertas por tierra, mar y aire. Señor
Rodríguez Zapatero- presidente de Ejecutivo-, le pido, le pedimos todos los
españoles-votantes y no votantes del PSOE-que abra y también cierre puertas,
dentro de lo humanamente posible y adecuado a los momentos actuales.
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