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“La libertad y la salud se asemejan:
su verdadero valor se conoce cuando
os faltan.”
HENRY Becque,
Pensées
Negar la
evidencia es tontería: al final los acontecimientos se expanden a los cinco
Continentes en menos que canta un gallo. Es el mundo de la información –los
Medios–, que a manera de tela de araña corre que vuela: de boca en boca –la
radio–, de periódico en periódico –prensa escrita–, de caja tonta en caja tonta
–la televisión–, y por el ancho mundo de Internet donde las fronteras nunca
deben cerrarse o maniatarse. Dice el refranero español: “Lo escrito, escrito
queda: las palabras se las lleva el viento” (Verba vólant; scripta mánent). Así
ha sido con los pasados sucesos ocurridos en las manifestaciones del 14-M, donde
los manifestantes incendiaron comercios y coches, saquearon tiendas, cometieron
serios desmanes y se enfrentaron a la policía en Lhasa (capital del Tíbet). Sin
embargo, los tibetanos sienten en sus corazones el sentimiento de libertad, y es
lógico, en cierta manera, que deseen ser libres antes de morir.
El Gobierno chino ha tratado de curarse en salud, y, a tal fin, ha
autorizado y se ha efectuado un viaje de la prensa extranjera para tratar de
probar las pequeñas consecuencias habidas en Lhasa (Así lo manifiesta el
Gobierno chino: uno diría… graves consecuencia, pues han muerto seres humanos).
Mas hubo sorpresas: monjes budistas vocearon –en el templo de Jokhang– consignas
y directrices de matiz independentistas: en cierto modo, con esta aptitud están
marcando la futura historia que desean para su país: No es mala esta postura,
pero hemos de convenir que “con la violencia, incendios y desmanes callejeros”
poco se consigue, pues violencia engendra siempre violencia. Hay que entender,
por otra parte, que los religiosos –sean del matiz que sean –budistas,
católicos, protestantes, testigos de Jehová...–, tienen derecho a expresar sus
ideas y sentimientos cuando comprueban que un país –en nuestro caso China–, está
sometiendo a otro –Tibet–, y por la fuerza, negándole su independencia. Porque
hemos de convenir que el derecho de manifestación es inherente a toda persona
bien nacida: hombres pobres, hombres ricos, hombres religiosos... Hombres/es al
fin y al cabo.
Todos sabemos que
China es un coloso económico que corre sobre una plataforma ascendente
irreversible y continua. Los habitantes de la República Popular China son sobre
1.300.000 millones de habitantes, muchos diría yo: que trabajan, piensan,
sienten y padecen como seres humanos que son. El Gobierno dicta las normas de
convivencia, y ellos han de cumplirlas a rajatabla: están viviendo en una
democracia en ciernes. Ellos/as emplean una técnica de trabajo sana y
convincente: “Si me lo dices, me olvido. Enséñamelo, y puede que me acuerde.
Cuenta conmigo, y lo entenderé (proverbio chino).
Pero el Ejecutivo
chino poco (por no decir nada) cuenta con el pueblo. Y ahora comprobamos que
tampoco aspira a respetar al pueblo de
Tibet que pide a gritos justicia y libertad para su independencia.
EE.UU. apoya y
apoyará, en todo momento a Pekín. Es fácil intuirlo: en un futuro ya muy próximo
ambas naciones están llamadas a entenderse–económicamente hablando–, y
norteamericanos y chinos saldrán beneficiados con un futuro bienestar y calidad
de vida: todo lo anterior contribuirá a facilitar una estabilidad mundial –en
cuanto a la economía de mercado libre y abierto–durante el siglo XXI.
Hemos de evitar
que se desarrolle una pirámide interminable que expulse por su parte superior
puntiaguda “humos con miedos”, pues, a la corta o a la larga, los miedos
colectivos tienden a desarrollar y desencadenar una reacción en cadena con
resultados conflictivos e imprevisibles. Así de fácil. De la misma manera que
violencia engendra violencia, ocurre lo mismo con el miedo que engendra siempre
miedo.
¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo negro! ¡Me duele el corazón!, solemos decir,
como si dicha víscera muscular fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas
afirmaciones y otras similares llevamos inserto un mundo de miedos (fobias,
muchas veces): miedo al amor, al infarto de miocardio, al cáncer, al SIDA
(Síndrome de Inmune-Deficiencia Adquirida), miedo a perder la cabeza, miedo al
sufrimiento, miedo al dolor. Todos estos temores que nos amenazan –en los
prolegómenos del siglo XXI– al mismo tiempo, nos conducen inevitablemente al
gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro
miedo a la nuerte.
China con sus
pasos político-económicos, y con pies de gigante ,está desarrollando un modelo
de país tipo capitalista mundial: ya posee médicos, ingenieros, banqueros,
investigadores, científicos, grandes magnates con fortunas inmensas...Es decir,
una pléyade de profesionales que están levantando el país de “ La Gran Muralla”
a cotas de riqueza que llegará no fiable tarde: es el principio de una historia
y, sin duda, el fin de otra.(Si nos valemos de nuestro sentido común –el menos
común de los sentidos–, comprobamos que las democracias liberales tienen más
capacidad para elevar el nivel de vida de sus respectivos países que, y los
siempre presentes, aquellos regímenes comunistas y dictatoriales que aún pululan
por nuestro Globo Terráqueo. Siempre es bueno que seamos leales a nuestras
tradiciones y valores heredados, aunque introduzcamos nuevas maneras y modos del
pensamiento para ir, poco a poco, regenerando nuestras vidas e ideales. Eso sí,
con respeto y complacencia para con los demás).
Sin embargo, los
XXIX Juegos Olímpicos se celebrarán en Pekín (capital de China), dios mediante
entre el 8 y 24 de agosto del presente año, y claro está, con la anuencia de
EEUU, Francia, Reino Unido...Es decir: con el beneplácito de la ONU. Los
tibetanos sienten miedo, y es lógico que lo sientan: se están enfrentando a la
futura “primera potencia mundial”. Así seguimos contando la Historia Universal.
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