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“A las mujeres
hay que quererlas, no comprenderlas.”
OSCAR WILDE
El día que mi costilla me
falte-mi nunca bien valorada Mercedes-me falte (deseo en verdad irme antes, dado
que las mujeres son más diestras en defender y entender-polluelos de las
familias-, a sus hijos), iré a dar con mis quebradizos huesos a cualquier
residencia. Hombres y mujeres, mujeres y hombres condenados de por vida a
dialogar y pensar-con jubilados de edades similares- sobre el pasado, y esto es
muy triste. De alguna manera se anula el binomio experiencia/ entusiasmo- Es
decir, el dialogo entre adultos y jóvenes. A estas casas de acogimiento-mal
llamadas de la "tercera edad": no existen edades para la muerte-, las deberíamos
de llamar o conocer por su propio nombre: paredes muertas de mi propia soledad.
Hay un proverbio chino que así reza: "De jóvenes somos hombres, de viejos
niños". Pues bien: ¡Cuidemos a los niños!
El muestras inequívocas de
estar poco civilizados...-, la vejez la estamos transformando en un problema
emocional-nubes emocionales vestidas siempre de lutos. Y es que muchas familias
llegar a ser anciano no tiene por qué convertirse en un camino sombrío, en un
trayecto penoso. Pero lo cierto es que, en nuestra civilización actual-por así
llamarla, pues en muchas ocasiones damos tienden a aparcar-como si de
coches-chatarra se tratasen-, a sus más queridos seres--viejos- en cualesquiera
residencias, donde los sentimientos humanos se transforman en piedras de
granitos arcaicas , donde las ilusiones desaparecen todos los días cuando se
acuesta la luna. Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que
nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer
o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso...
Sí, desde luego, es cierto que
los humanos llevamos anexa-a nuestras mentes-- la soledad cuando nos encontramos
mermados en nuestras facultades físicas y mentales. Porque nuestros vínculos con
los hijos-familias generalizadas-, se van debilitando progresivamente a medida
que cumplimos más años. ¡Y qué no falte la madre-mujer- eje fundamental y
necesario por el rodamos todas las familias! Los encuentros con el entorno
familiar van siendo-poco a poco- menos frecuentes. Si convivimos con nuestros
descendientes-hijos e hijas- nos vamos sintiendo como "pesadas cargas".
Hoy por hoy no es raro
comprobar que el anciano/a se cambie, con cierta frecuencia, desde el domicilio
de un hijo al de otro: en cortos espacios de tiempo. Uno, cualesquiera, todos
los que somos protagonistas de la senectud-período natural de la vida humana-,
llegamos a entender que somos... viejas maletas-rotas y desteñidas-que se van
pasando de mano en mano nuestros descendientes, tal y como si nadie las
quisiera. ¡Qué triste resulta nuestra vejez! Esto fomenta, indudablemente, que
el anciano deje de entender que la vida, y hasta nuestra muerte, tiene un
sentido y muchas finalidades: respetémonos y amémonos los unos a los otros, que
esta es la verdadera religión del ser humano. Atrás quedan los cristianos, los
mahometanos, los católicos, los budistas....: todas las religiones que tienen un
solo Dios: el Dios de todas las religiones. Y comprendo que, si cada día
tenemos un sueño, una ilusión, una tarea a desarrollar, de esta manera
moriremos-poco a poco-sin darnos cuenta.
Estadísticas consultadas al
respecto apuntan que éramos -uno se incluye también-siete millones de jubilados
en el año 2003. Y es que cada día somos más los jubilados. Por lo que hace falta
estimularnos-unos a otros-para que, en cierta medida, reconsideremos que
seguimos poseyendo un presente y un futuro-este último más precario con
proximidad a la muerte-, para que al final podamos luchar todos unidos contra la
inactividad, contra la pérdida del amor de nuestros semejantes, contra la
hostilidad de la que da muestras la propia sociedad en la que vivimos, que es
proclive-cada día mas- a una
eutanasia acomodaticia para poder heredar al que se invita a morir, y desde
luego, mejor antes que después. Y así forzarnos a emprender nuestro último
viaje.
Sin presente y sin futuro,
necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡Qué
tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores! Pienso,
muchas veces, que es provechoso reírse de un mismo e, incluso, de nuestra propia
sombra: de esta manera descubro lo poco que sé, y lo mucho que me queda por
aprender.
Henri F.Amiel, Journal íntime, II, 181, dejó para la posterioridad: "Saber
envejecer constituye la obra maestra de la sabiduría y es una de las partes más
difícil del arte de la vida".
La sociedad que nos ha tocado
vivir ( ¿ esa maravillosa democracia española, qué nos habla del estado de
bienestar para todos, qué nos habla de la igualdad de oportunidades, qué nos
habla de viviendas asequibles para nuestra juventud...?) ha "roto aguas", y ha
relegado a las personas longevas, única y exclusivamente, para que emitan su
voto cada cuatro años...: a lo sumo ha construido pocas residencias-jaulas de
soledad-donde podemos ir a morir, y, desde luego, ser olvidados por propios y
extraños. Eso sí, para morir con tranquilidad, llevando sobre nuestras espaldas
sacos pesados con tierras cargadas de olvidos, penas y sinsabores.
Y, sin embargo, los mayores
también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos-que siguen
latiendo con lentitud-, pero caminamos despacio, hablamos despacio... Debemos
pasar "del rosa al amarillo", esto es, de la vitalidad y pasión amorosa juvenil
a un status de personas maduras: vida afectiva, segunda actividad, fomento de la
cultura, hacer no que nunca pudimos llevara la práctica... ¡Ah!, se me olvidaba
(¿no lo adivináis?)..., y continuar nuestras vida sexual-un tanto limitada, y
quien diga lo contrario miente como un cosaco-, pero relegada al quinto lugar
según el orden expuesto de lo que piensa un semejante vuestro, que puede estar
equivocado.
Por último, como colofón, no dejo de leer y
comprobar que sean los ancianos-sus personas-en lo que se acumulan mayores
índices de depresiones y suicidios. Vivir en estas situaciones y desear la
muerte, verdaderamente, todo es uno. Por cierto, que los viejos deben y pueden
enamorarse, pues mientras hay vida existe siempre el camino hacia la esperanza.
Sir Francis_Bacon(Londres,
1561-id., 1626), filósofo y político inglés, quien manifestó: "Vieja madera para
arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores
para leer".
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