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“El miedo se
halla siempre dispuesto a ver las cosas más feas de lo que son”.
LIVIO, Historias,
XXVII, 46.
Todos sabemos
que China es un coloso económico que corre sobre una plataforma ascendente
irreversible y continua. Los habitantes de la República Popular China son sobre
1.300.000 millones de habitantes, muchos diría yo: que trabajan, piensan,
sienten y padecen como seres humanos que son. El Gobierno dicta las normas de
convivencia, y ellos han de cumplirlas a rajatabla: están viviendo en una
democracia en ciernes. Ellos/as emplean una técnica de trabajo sana y
convincente: “Si me lo dices, me olvido. Enséñamelo, y puede que me acuerde.
Cuenta conmigo, y lo entenderé (proverbio chino). Pero el Ejecutivo chino poco
(por no decir nada) cuenta con el pueblo.
Pero uno
entiende que la ascensión de de China no constituye–en principio–una amenaza
para la paz mundial. A contrario: ineludiblemente se ha de instaurar “un mano a
mano”–económicamente hablando–, entre EE.UU. y China. Norteamericanos y chinos
saldrán beneficiados con un futuro bienestar y calidad de vida: todo lo anterior
contribuirá a facilitar una estabilidad mundial–en cuanto a la economía de
mercado libre y abierto–durante el siglo XXI.
Hemos de evitar
que se desarrolle una pirámide interminable que expulse por su parte superior
puntiaguda “humos con miedos”, pues, a la corta o a la larga, los miedos
colectivos tienden a desarrollar y desencadenar una reacción en cadena con
resultados conflictivos e imprevisibles. Así de fácil. De la misma manera que
violencia engendra violencia, ocurre lo mismo con el miedo que engendra
miedo.
¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo
negro! ¡Me duele el corazón!, solemos decir, como si dicha víscera muscular
fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas afirmaciones y otras similares
llevamos inserto un mundo de miedos (fobias, muchas veces): miedo al amor, al
infarto de miocardio, al cáncer, al
S.I.D.A
(Síndrome de Inmune-Deficiencia
Adquirida), miedo a
perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor. Todos estos temores que
nos amenazan–en los prolegómenos del siglo XXI–al mismo tiempo, nos conducen
inevitablemente al gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro miedo a
la muerte.
La sociedad que
nos ha tocado vivir tampoco nos ayuda precisamente a superar estas barreras del
intelecto. Pensamos y actuamos, como seres humanos que somos. Y es que la
panorámica mundial es problemática: guerras fratricidas, violación de
mujeres–con resultado final de muerte– y sus derechos, malos tratos psíquicos y
físicos a menores, detención ilegal de menores...que desaparecen para siempre,
etc.
Bajo este contexto, es lógico que
nuestro estado de ánimo se deprima, amén de que nuestra cotidiana vida está
llena de preocupaciones, desasosiegos e inquietudes que degeneran en un estado
de ansiedad y, que al final, concluyen en la tan temida
depresión:
el mal psíquico de nuestro siglo XXI.
Subsiste un
problema latente entre Taiwán y la República Popular de China. Ambos necesitan
entenderse, habilitando un método de entendimiento que les permitan intercambiar
sus productos (mercado libre), y así convivir pacíficamente: son chinos los
habitantes de ambos países. Aquí es donde los Estados Unidos de América han de
intervenir como mediadores hábiles y fiables, entre el Ejército de Liberación
del Pueblo en el Continente y la rivalidad política en Taiwán. El presidente del
último país, ChenShui-bian (PDP), en unión de la vicepresidente, Annette Lu,
presentan el siguiente ideario político: desean mantener una relación
económica-cultural-política con China, pero de “Estado a Estado”; libre comercio
tipo liberal; establecimiento de un sistema democrático para gobernar Taiwán,
etc. Es decir, ambos mandatarios propugnan un nacionalismo en cierto modo
razonable...Hay que esperar a los comicios del próximo 22 de marzo, pues con la
victoria del KMT (sacó 79 de los 113 escaños) parece probable que recupere la
presidencia con su candidato al frente, Ma Ying-jeou.
China con sus pasos
político-económicos, y con pies de gigante, está desarrollando un modelo
de país tipo capitalista mundial: ya posee médicos, ingenieros, banqueros,
investigadores, científicos, grandes magnates con fortunas inmensas... Es decir,
una
pléyade
de profesionales que están levantando el país de “ La Gran Muralla” a cotas de
riqueza que llegará no fiable tarde: es el principio de una historia y, sin
duda, el fin de otra.(Si nos valemos de nuestro sentido común–el menos común de
los sentidos–, comprobamos que las democracias liberales tienen más capacidad
para elevar el nivel de vida de sus respectivos países que, y los siempre
presentes, aquellos regímenes comunistas y dictatoriales que aún pululan por
nuestro Globo Terráqueo. Siempre es bueno que seamos leales a nuestras
tradiciones y valores heredados, aunque introduzcamos nuevas maneras y modos del
pensamiento para ir, poco a poco, regenerando nuestras vidas e ideales. Eso sí,
con respeto y complacencia para con los demás.)
No olvidemos ni
por un momento que para el año 2020–si las estadísticas resultan fiables–, China
se convertirá en la primera potencia mundial–industrialmente hablando–.
Y, sin duda,
EE.UU. cooperará para la buena marcha de su propia balanza de pagos:
exportaciones e importaciones, digamos, para la consecución de entrada de
divisas en su propio territorio. La política siempre sigue a la economía. No
obstante, y hemos de verlo así, Estados Unidos es posible que no muestre
abiertamente su simpatía a Taiwán, pues se convertiría en un deterioro de los
lazos de amistad, porque le conviene, con China.
Chinos y
norteamericanos son negociadores hábiles y calculadores–cuando le s conviene–, y
pretender liberar el “mundo económico” durante los próximos años. Una guerra
entra ambas potencias la considero utópica a corto y largo plazo. Así se puede
escribir algo de historia...
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