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“Cuando hay dos
personas que simultáneamente empiezan a amarse, es una gran felicidad. Pero
todavía es mayor felicidad cuando las dos cesan de amarse a un mismo tiempo”.
ANÓNIMO. Del
junggesellenbrevier, de F. Voneisen
SÍ EXISTE amor pasional entre mujeres: no lo
negaré. Nosotras somos casadas, y hubo cómplices en nuestras relaciones
sexuales: el otoño, las hojas que son secretos caídos que lleva el viento, la
noche con la fuerza que da el amor... Somos almas ardientes, y buscamos lo
siempre deseado. Después –quizás... con un ¡hasta luego!– merecerá la pena haber
roto el roble amoroso que nos separaba. «Es hora, nuestra hora de los sueños –me
dice mi antigua alumna cuando acude a la cita concertada –, de las relaciones
carnales anheladas. Todo está escrito. Despojémonos de nuestras ropas, y
busquemos sábanas – sin sogas indiscretas – donde yacer cuerpo contra cuerpo».
Su cuerpo de carne viva –cabellos bronceados y ojos con mirada desnuda – me
había hecho su cautiva. Veintitrés años sin rumbo, sin límites humanos...
SÍ EXISTE
amor pasional entre mujeres: no lo negaré. Allí –en las afueras de la gran
ciudad – acaeció nuestro bacanal de mohines y carantoñas. La guarida de nuestro
encuentro se encontraba al lado de una salvaje playa, tan salvaje como el ánimo
voluptuoso –río profundo – que recorría nuestras venas. Desnudos los cuerpos
combatieron sin medida –sobre la arena –, vientre contra vientre, pezones contra
pezones... Nuestra sangre fue una y abundante sangre de placer. Mis cincuenta
años no me perdonaron tanto exceso amoroso, pero las almas se tranquilizan,
precisamente, con lo desconocido... con lo que estaba prohibido y hoy es llamado
«opción sexual amorosa», aunque el sexo sea el mismo. Belleza, armonía, besos
ardientes, besos robados, lenguas insaciables, manos temblorosas y húmedas: he
aquí el compendio de tantos y tantos orgasmos habidos. Nuestras manos, nuestras
bocas cumplieron su misión.
¡Qué lejos quedaban los caprichos! ¡Qué fríos
–helados – nuestros cuerpos! Ambas –nuestras voces – exclamaron: « ¡Ay deleites
perdidos y encontrados! Qué lejos de nosotras estuvisteis. Qué próximo el cielo:
¡lo abrazamos! Qué
esclavas de los hombres pernoctamos». Cerca, muy cerca pulularon testigos
las estrellas, y la Luna caprichosa esperaba: humillarnos, inculparnos,
violentarnos... Allí, y sobre la playa negra de arena, dos mujeres –madura y
joven – sin barreras, valientes, con luz de noche primavera –cuerpo a cuerpo –
se entregaron, se amaron, se salvaron..., y llegaron a esculpir sobre una
piedra: «Ayer, en tiempo muerto, quizás un instante –sin siniestras intenciones
– fuimos más mujeres, en la noche del Dios de las estrellas».
Cualquier cosa, cualquier acontecimiento puede
ocurrir bajo la bóveda del cielo que albergan las estrellas. Y éste que narro
fue uno de ellos. Quizá fue un sueño, una inspiración. ¡Y que sé yo…! Este
capricho, sueño, inspiración o realidad existe desde la noche de los tiempos…
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