|

Aquella noche Jorge la había pasado mal, realmente
mal. Rodeado de sueños entrecortados, ensueños pasajeros, quizá
alucinaciones...Y él me contaba, con palabras entrecortadas, silenciosas, como
si tuviera en su cuerpo los mil demonios que todos llevamos dentro y tratamos de
dominar. Y así exclamó: “La vi solo unos instantes, sola, sobre la quieta nieve
emanando dulzura, quietud, belleza...eternidad. Desnuda estaba decúbito prono,
pero enseñando nada en su desnudo cuerpo. Escuche voces, divinas palabras...Su
cuerpo emanaba olor puro rosas, no concupiscencia; allí donde los ojos admiraban
sin clavar dardos venenosos, allí donde pensamientos se sumaban en el olvido,
allí donde el hombre contemplaba en ella a su Dios Creador”.
Le dije a Jorge que no se preocupara porque soñar,
lo que se dice soñar... soñamos todos. Y escucho mis palabras como si viniesen
del propio Dios. Éramos amigos de los de siempre. Si, realmente, de esos amigos
que se cuentan con los dedos de una mano, y, a veces faltan dedos, como muestra
inequívoca de que la amistad –es poca la que se posee y perecedera–cuando
nuestras cabezas empiezan a peinarse con canas, que son los testigos del tiempo
que nos marcan nuestro paso por la vida terrenal.
Pero Jorge me seguía hablando y más hablando, y,
desde luego era edificante y provechoso, al mismo tiempo, el escucharle. Y me
siguió diciendo: “Escucha, escucha la continuación de mi sueño: ‘
Desnudo femenino…belleza de mujer ; posturas no escogidas que ojo quiso ver
y sólo vio belleza, desnudo de mujer; y sólo silueta...ciega niebla..., y se
fue. Quizá un sueño tuve, soñé..., ¡ya no lo sé! Desnudo femenino...belleza de
mujer’ y observa a qué son debidos estos malestares que ocupan mis sueños
diarios”.
Desde luego, y la vista de lo oído, uno se
pregunta que quién no ha soñado alguna vez en la vida. Todos y cada uno de
nosotros. Sueños libres, sueños muertos, sueños tenebrosos, sueños..., si,
simplemente sueños. Porque vivir quiera decir soñar. Y mi buen amigo, Jorge–que
no había asistido de joven a una escuela para cultivar el amor dentro del
matrimonio, porque no existe ni existirá...esa escuela, dado que el amor es y
son vivencias, experiencias, sentimientos, imaginaciones, cierta pequeña
enfermedad de nuestro intelecto–, soñaba, porque vivía. Estaba viviendo una mala
experiencia: su esposa se le había marchado con un íntimo amigo, todo había
ocurrido sin mediar palabra alguna...Mas le traté de consolar, diciéndole:
“Mira, Jorge, tienes toda una vida por delante y ya sabes que ‘enemigo que huye,
puente de plata’. No es bueno que el hombre/mujer esté solo, que estés solo. Tu
sabías y todos sabemos que el ‘Dios de todas las religiones’–a mujeres y
hombres–nos han concedido los placeres y los dolores del amor. Sin embargo, el
amor es algo maravilloso...que hemos de cultivar a lo largo de nuestra vida
terrenal”.
Parece mentira que, en los tiempos actuales, con
tanta información que observamos aparentemente entre los seres vivientes, sean
necesarias las agencias del corazón dedicadas a poner en contacto
corazones–llenos de humanidad–de mujeres. Esta última relación ha sido y es
siempre personal e intransferible. No obstante, interponemos muchas veces
nuestros propios individualismos, egoísmos...en función de lo que otros nos
puedan resolver.
Entristece comprobar que las prisas, el estrés, el
exceso de trabajo–para unos y otros–, las comodidades...nos mediaticen de tal
manera nuestros corazones que nos hacen olvidar que poseemos “corazones vivos”
para amar, desear, que se convertirán en corazones muertos de nuestra propia
soledad, si no los usamos de forma racional, humana. Dice un proverbio chino:
“Sólo se consume el que no ama, pero quien ama da hasta los huesos a los demás”.
Había casi nadie. Corrían las siete de la tarde
cuando me encontraba tomando un cafetín, y ojeando revistas “matacorazones”.
Entró en el establecimiento la hija de un buen amigo mío -por el que siento gran
afecto-, que me dijo: “¿Dispones de cinco minutos?”. “Y de cinco mil”, le
contesté. Clavó su mirada sobre mis ojos, y exclamó: “¡Deseo ser madre, lo
necesito...!”. En mi sesera pululaban mil y una preguntas, y le
inquirí-tratándole de ayudar-: “¿Estás embarazada, quizá?”. Al pronto,
respondió: “¡Ni mucho menos!...”. Me comentó que salía con chicos,
tipos-casados y solteros-, y que “más valía no hablar de sus...”. También me
explicó que su vida pasional-ley del deseo sexual-así la resolvía, mas su
corazón aparecía frío, con color de muerto. Esta semejante nuestra ha sido y es
una competente mujer siglo XXI: tiene talento, escribe libros, es maestra del
Estado...formando parte del organigrama social por méritos propios. Mi buena
amiga-salvando edades-es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor.
Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo.
En cualquier caso, mi contertulia es una criatura
valiente-hermosa, guapa e inteligente-, que escogió su voluntaria soltería. Es
decir, el afrontar la vida lejos de sus progenitores, siendo responsable de sus
propias decisiones. Esta solitaria y amorosa mujer- sabe que “el amor es una
flor demasiado preciosa para cortarla” (proverbio chino)-, prosiguió con sus
confesiones amigables. Así, desalojó de su interior miedos y temores con
soledad. Y me dijo más: “Necesito dar (entregar) cariño a alguien, necesito un
‘hombre’ para fabricar un bebé-el de mis sueños-, pero ¡maldito sida!: tropiezo
con él a la vuelta de cualquier esquina”. Es evidente, hoy por hoy, que existen
niños/as educados, y bien, por sus madres solteras.
Ante sus temores-que son los nuestros- aconsejé:
“Busca un hombre-¡qué los hay!-, que respete tu cuerpo y temple tu alma”.
Explícale tu proyecto amoroso-le dije-, pues hallarás ese
hombre X . Él te transmitirá sus sentimientos de admiración, aprecio y
agradecimiento..., que dejarán huellas perpetuas en el interior de tu vientre
.Ésta es nuestra soledad de amor que estamos creando. Paradojas de las
postrimerías de nuestro siglo XX: un solo niño, una sola madre también. Erikson
mantuvo que “las mujeres están destinadas a tener hijos”. Se equivocó, como
seres humanos que somos. En verdad esta muchacha estaba mendigando maternidad.
Si mi hija, de su edad, me hubiese pedido consejo, quizás, mi corazón lloraría
lágrimas, y mi laringe articularía palabra alguna.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|