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Anduve
paseando como es mi costumbre por la gran ciudad, esa que todos conocemos y de
la que ninguno hablamos, esa en la que vivimos y muchos mueren un poco todos los
días, esa que se levanta a trabajar sin pensar que existen millones de seres
humanos–-desheredados de la fortuna–,que echan su escuálido y desnutrido cuerpo
sobre la fría tierra, siendo ésta su colchón de dormir... también todos los días
del año. Son los hijos del asfalto, son hijos de miedo, son hijos de la
pobreza, son hijos del dolor...Nadie habla de ellos pero existen: son los
mendigos. Llevamos viéndolos toda la vida, mas jamás... nos hemos parado un
instante para preguntarle acerca de sus sentimientos, de sus emociones, si aman
o amaron alguna vez en la vida, si fueron partícipes en la efímera felicidad de
la vida, que es corta y poco aprovechable a las veces, si sintieron los labios
finos de una mujer sobre los suyos, si tienen hambre y sed de justicia. Pero
nada, nada de nada. Y es que nos encontramos con ellos, con los pordioseros,
todos los días y les volvemos las espaldas. Si acaso les damos un euro
y...santas pascuas. Si te he visto no me acuerdo.
Es la
gran ciudad la que absorbe nuestros pensamientos, y olvidamos, ya como
costumbre, que existen seres abandonados y sin solución de continuidad: son los
niños de la calle, es el hombre abandonado por sus familiares porque es pobre,
es el flautista que interpreta una canción con inseguras notas–repitiendo
siempre lo mismo–,pues su memoria está fallecida y parada en el tiempo, es el
chico limpiaparabrisas, es el chico que vende pañuelos–que le sobran al derramar
sus ojos ninguna lágrima–, son los hombres/mujeres heridos en sus deseos pues
carecen de ellos, son los huéspedes permanentes de las calles durante el día y
la eterna noche...Este es el semblante de cualquier ciudad del mundo.
Vea,
vea la calle y observe cuántas personas piden el pan nuestro de cada día: están
tullidos, sin dientes, les falta alguna de las piernas, exponen sus piernas
ulcerosas donde la diabetes tomó su asiento, beben vino tinto en “tetra brik”
por sólo 0,65 euros, muestran la mirada perdida en el desierto y, al final,
articulan palabras muertas como hojas que van al mar y lleva el viento. Ellos,
los sin techo, son considerados por la sociedad en la que estamos inmersos como
gentes olvidadas en el silencio. Ellos, los sin techo, son sombras acurrucadas
unas contra otras, tal y como se acurrucan los amantes después de ese primer
beso que todos dimos algún día. Ellos, los sin techo, no tienen lágrimas y
perdieron el amor..
¡Si
hablaran las sombras... de cuántas cosas nos enteraríamos! Y me hablaron las
sombras y me relataron:
Era tarde y tenía mucha prisa. Poca gente circulaba por la
calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo:
“¡Eh!, escuche...”. Paré mis pasos, preguntándole: “¿Le ocurre algo?”. Cruzamos
nuestras miradas, mientras sostenía en sus dedos un cigarrillo apagado,
diciéndome: “¿Me da fuego?”. Yo no fumo, le contesté.
¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el
tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y siete años. Volviendo sobre lo
andado, le dije: “Tome, tome...cinco euros”. No pido limosna y nunca la he
pedido, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole:
“¿Quiere tomar un vino?”. Al instante, respondió: “Poco bebo y cuando lo hago me
lo pago yo”.
Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé:
“¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo
que no hablo con nadie”. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía
tres hijos y cuatro nietos. “Más vale no hablar...; y, con la vejez, pierde uno
hasta los buenos amigos”, concluyó diciendo.
He leído poco y me han contado algunas cosas sobre los
ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que
sólo solicitaba “hablar”...y una cerilla que no se la pude dar. Verdaderamente
era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno..., sí era realmente un ser
que estaba solo.
Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con
él–ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando
mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos...)
–, con su soledad y sus miedos, su aislamiento..., que será el que uno tendrá a
pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus
costumbres deshumanizadas.
Cuando viejos comienzan nuestras grandes limitaciones físicas
e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el cariño...suplen unas y
otras. El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadera dentro
de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien
atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un antiguo
proverbio chino que dice: “De jóvenes somos hombres, de viejos, niños”. Pues
bien, ¡cuidemos a los niños!
Nuestra actual sociedad se ha olvidado de nuestros niños y
ancianos, ignorando que los últimos han sido ya los primeros y, si Dios quiere,
los primeros serán los últimos. Y es que nuestras universidades utilizan medios
educativos trasnochados, que imparten conocimientos pero se olvidan de forman
personas–jóvenes–, que son los verdaderos motores para construir un mundo mejor
que el nuestro. La historia así nos lo enseña, y
Rubén Darío(m)también en su maravillosa Canción de
primavera: “¡Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! (...)”.
Estamos en un mundo presos del miedo y la no comunicación.
Nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta
comunicarnos...Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto,
sin duda, nos pasamos la vida “Mendigando humanidad”. Hagamos que nuestros
semejantes sean hermanos nuestros. Sin distinción de raza, opción sexual, sexo,
religión, minusvalía...
La Iglesia Católica–a la que pertenezco–, no está por la
labor de repartir tanta riqueza como posee...El Vaticano es inmensamente rico,
así como las numerosas e innecesarias-muchas de ellas–órdenes religiosas que
componen nuestra religión–.Viven en su monasterios “a cuerpo de rey”, con buenas
calefacciones, estupendos coches y cuerpos nutridos por sobrealimentación... No
digamos nada del "Opus Dei"(¡dinero y poder, poder y dinero!). ¡Y hasta tienen
un santo!: nuestro fallecido hermano
José María_Escrivá_de_Balaguer, que no hizo méritos bastantes para ser
canonizado (dejó escrito un libro–“Camino”–, que sirve de guía espiritual
e ideario de esta institución. He aquí algunos párrafos:
"50. Eres curioso y
preguntón, oliscón y ventanero: ¿no te da vergüenza ser, hasta en los defectos,
tan poco masculino? —Sé varón: y esos deseos de saber de los demás trócalos
en deseos y realidades de propio conocimiento."
Según esto, sin duda, las mujeres son ventaneras. El carácter
misógino de estas palabras está servido.
"16. ¿Adocenarte?
—¿¡Tú... del montón!? ¡Si has nacido para caudillo! Entre nosotros no caben
los tibios. Humíllate y Cristo te volverá a encender con fuegos de Amor."
"365. Si sientes impulsos
de ser caudillo, tu aspiración será: con tus hermanos, el último; con los demás,
el primero."
Mantiene mezcladas dos posturas: elitismo y caudillismo. Ambas, sin duda, son
sinónimas de concentración de poder, y de primacía
Absoluta del hombre sobre la mujer).
Mientras por las calles pululan millones de desheredados de
la fortuna...muriéndose de hambre y "mendigando humanidad". ¡Qué Dios nos
perdone!
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