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Estamos cambiando a lo largo de la historia,
culturas y civilizaciones –así lo vamos viendo, nuestros roles (por
comportamientos), tocante a la sexualidad. Ésta sufre un cambio tocante a las
costumbres y a la forma de manifestarse. Las mujeres, y a Dios gracias, han
aprendido a ser independientes y, desde luego, están demostrando, por activa y
pasiva que son mucho más inteligentes que el varón, estudiando, trabajando,
siendo militares (hace poco tiempo falleció la soldado
Idoia Rodríguez Buján) en tierras de Afganistán, defendiendo a España en una
guerra tan difícil y controvertida como la de Irak), policías y...lo que deseen
conseguir siempre lo conseguirán: tienen una enorme fuerza de voluntad, que
desarrollan a las mil maravillas, como si...sobre aquélla cayesen gotas
conteniendo tónicos eficaces y conductores de sabia que, a modo de río
desbordado, las conducen durante toda su vida. Es decir, del rosa al amarillo,
de la juventud a la vejez, de la vitalidad y pasión amorosa juvenil a un
“status” de personas maduras...donde se va apagando poco a poco la pasión
carnal ardiente, y, de esta forma, dar paso a ese amor tranquilo y agradecido
que disfrutan las personas, que peinan pocos pelos color de nieve.
Pues ha llegado el tiempo de comprender que la
mujer está dotada de memoria, entendimiento y voluntad, y corazón para sentir y
amar al mundo entero: aman lo bueno y lo malo también, con ese motor que impulsa
la sangre llamado corazón. Y es que cuando besan las mujeres...embelesan, y nos
cautivan nuestros sentidos, y todo lo hacen sus manos: ¡Qué hablan de amor
cuando cogen!, de besos son todo halagos. Y cuando besan sus labios...yo digo:
¡Fueron sus manos! Manos femeninas, belleza de mujer.
Había casi nadie. Corrían las siete de la
tarde–fui testigo de excepción de lo que os cuento–, cuando me encontraba
tomando un cafetín, y ojeando revistas “matacorazones”. Entró en el
establecimiento la hija de un buen amigo mío -por el que siento gran afecto-,
que me dijo: “¿Dispones de cinco minutos?”. “Y de cinco mil”, le contesté. Clavó
su mirada sobre mis ojos, y exclamó: “¡Deseo ser madre, lo necesito...!”. En mi
sesera pululaban mil y una preguntas, y le inquirí-tratándole de ayudar-:
“¿Estás embarazada, quizá?”.(El miedo a quedarse embarazada es innato en la
mujer, y uno lo entiende, porque cuando ellas paren sufren dolor, angustia, y,
no pocas veces, debido posparto desarrollan una depresión que, en muchos casos,
no parece tener explicación alguna.)
Pasado algún tiempo, al pronto, respondió: “¡Ni
mucho menos!...”. Me comentó que salía con chicos, tipos–casados y solteros,
solteros y casados–, y que “más valía no hablar de sus...”. También me explicó
que su vida pasional–ley del deseo sexual–así la resolvía, mas su corazón
amarecía frío, con color de muerto. Esta semejante nuestra ha sido y es una
competente mujer siglo XXI: tiene talento, escribe libros, es maestra del
Estado...formando parte del organigrama social por méritos propios. Mi buena
amiga–salvando edades–es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor.
Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo.
En cualquier caso, mi contertulia es una criatura
valiente–hermosa, guapa e inteligente–, que escogió su voluntaria soltería. Es
decir, el afrontar la vida lejos de sus progenitores, siendo responsable de sus
propias decisiones. Esta solitaria y amorosa mujer–sabe que “el amor es una flor
demasiado preciosa para cortarla” (proverbio chino) –, prosiguió con sus
confesiones amigables. Así, desalojó de su interior miedos y temores con
soledad. Y me dijo más: “Necesito dar (entregar) cariño a alguien, necesito un
‘hombre’ para fabricar un bebé–el de mis sueños–, pero ¡maldito sida!: tropiezo
con él a la vuelta de cualquier esquina”. Es evidente, hoy por hoy, que existen
niños/as educados, y bien, por sus madres solteras. Porque el principio
fundamental de la vida de cualquier ser humano, según mi opinión, es–sin duda–:
nacer, vivir y morir. Porque vivir quiere decir soñar. Porque vivir quiere decir
amar. Safo (lesbiana), gran poetisa griega, escribió: “Estos labios blancos,
pálidos y cuarteados que apenas cubren mis dientes, que no se sostienen en las
encías; (...) porque sigo deseando el sol, sigo deseando los campos...”.
Ante sus temores-que son los nuestros- aconsejé:
“Busca un hombre-¡qué los hay!-, que respete tu cuerpo y temple tu alma”.
Explícale tu proyecto amoroso–le dije–, pues hallarás ese hombre x. Él te
transmitirá sus sentimientos de admiración, aprecio y agradecimiento..., que
dejarán huellas perpetuas en el interior de tu vientre .Ésta es nuestra soledad
de amor que estamos creando. Paradojas de las postrimerías de nuestro siglo XX,
y hechos reales de los comienzos de nuestro siglo XXI: un solo niño, una sola
madre también.
Erik_Erikson mantuvo que “las mujeres están destinadas a tener hijos”. Se
equivocó, como seres humanos que somos. En verdad esta muchacha estaba
mendigando maternidad. Si mi hija, de su edad, me hubiese pedido consejo,
quizás, mi corazón lloraría lágrimas de invierno, y mi laringe articularía
palabra alguna.
En las empresas, públicas y privadas, se hallan ya
muchas mujeres desempeñando labores propias de hombres, pero sin perder un ápice
su identidad femenina. He de reconocer que las últimas no son remuneradas en la
misma moneda conque se paga a los hombres, pero en las primeras han alcanzado el
grado “súum cuique”(a cada cual lo suyo). Muchas veces, y por desgracia, sufren
el consabido acoso sexual por parte de sus jefes y compañeros, teniendo que
abandonar sus puestos de trabajo antes que someterse a satisfacer deseos
sexuales–contra su voluntad–de desaprensivos y aprovechados. Denunciad estas
conductas para salvaguardar vuestra libertad sexual.
Quien ama y respeta a una mujer está amando y
respetando al mundo entero. No olvidemos que, si nosotros estamos pernoctando en
este valle de lágrimas, se lo debemos a ellas. Detrás de un hombre hecho siempre
se encuentra una mujer hecha. “La mujer quiere ser amada sin razón, sin motivo;
no porque sea hermosa o buena o bien educada o graciosa o espiritual, sino
porque es” (Amiel, diario íntimo II).
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