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Es triste reconocer que nosotros los humanos
–seres creados por el Dios, el todas las religiones–, llevamos dentro de
nuestros corazones odio y venganza negra, que repartimos sin que nuestras
conciencias sientan estupor o pánico de lo que podemos ser capaces de cometer
contra nuestros hermanos en el mundo entero. La II Guerra Mundial, que comenzó
Alemania, nos demostró hasta que punto el ser humano es capaz de martirizar,
degradar, torturar, violar... a los prisioneros de guerra –mujeres y niños–,
como se demostró en los campos de exterminio de judíos por tierras europeas.
Porque, hoy por hoy, nos encontramos conque el hombre/er sigue siendo un fiera
contra el hombre. Entiende uno que los animales matan para comer, para
alimentarse y no morir de inanición. Y es que el hombre es una fiera contra el
hombre, porque los animales matan para alimentarse, pero los seres humanos
matamos y torturamos por el mero placer de torturar y matar..., haciendo sufrir
–con nuestros actos--, a los más débiles, y verles llorar lágrimas que se
vuelven hielo. Son semillas de violencia que albergamos en nuestros corazones, y
que a lo largo de nuestra vida las empleamos como una falsa autodefensa y una
revancha malentendida.(Y el justo se regocijará cuando, sediento de venganza, se
lave sus pies con la sangre del malvado. Y, al presenciarlo, los hombres
exclamarán: ¡Verdaderamente existe recompensa para el justo! ¡Verdaderamente
existe un Dios que hace justicia en la Tierra! (Libro de los Salmos,58:10,11.)
Y es que siempre se ha hablado de los Derechos
humanos como algo fundamental e inherente a la persona humana. Éstos habría que
respetarlos y hacerlos cumplir a rajatabla, pero uno se pregunta que ...quién lo
haría. Cuando Saddam Husein cometió crímenes de guerra–estando en el poder–,
ningún escritor árabe/musulmán fue capaz de alzar su palabra, opinión o
comentario en contra de aquéllos(Existen muy buenos y competentes escritores de
nacimiento árabe/musulmán. Lo mismo ocurrió cuando los atentados del 11-S en
Nueva York–dirigidos por Osama Bin Ladem –, que golpearon con inmensa fuerza el
corazón–esa seguridad del espacio aéreo de la que hacían gala las Fuerzas Armas
americanos–, de los Estados Unidos de América. Poco o nada hablamos de los
crímenes que se cometen en Ruanda, o los que se llevan a cabo en Irak–donde
existe un guerra civil latente–, por parte de EE.UU. e Inglaterra. (No
olvidemos esos “Cuerpos desnudos hacinados, disparos indiscriminados,
convivencias en las mazmorras con los propios excrementos, cubrimientos de
cabezas-¿violaciones?-, son hechos consumados sobre prisioneros de guerra en la
cárcel iraquí de Abu Ghraib. Bajo estas condiciones infrahumanas-aplicadas en la
base cubana de Guantánamo también-, los prisioneros-sean o no sean terroristas-
acabarán sus vidas con sus mentes al borde de la locura. Y es que más allá del
dolor existe el miedo, miedo a morir, miedo a perder la cabeza”.)
El presidente George W. Bush se enteró por la
televisión, pero el Pentágono autorizó estas viciadas vejaciones. Desde luego
con el beneplácito de la ONU y de la Comunidad Europea, pasandose por los
cataplines la Convención de Ginebra. Uno piensa que esto es terrorismo de estado
puro y transparente. No me gustan las americanas, nada los americanos, y, desde
luego , los ingleses-primos hermanos de los americanos-menos aún. Los últimos
son fríos, calculadores, belicosos por naturaleza y maravillosos seres para
vivir solos dentro de las maravillosas Islas Británicas. La Guerra de Iraq se
puede considerar como la del odio-venganza de EE.UU por las matanzas de las
torres Gemelas de Nueva York en septiembre de 2001. Actualmente, el belicoso
señor Bush sigue en sus trece, y no sabe-por que no puede-acabar con la guerra
de Irak. En esta nación existe mucho petróleo, cantidades inmensas de “oro
negro” ,que se reparten en igualdad de condiciones americanos e ingleses. Los
primeros, recogen la cosecha de la capital Bagdad; los segundos, hacen lo propio
en la ciudad de Basora. Y esto es historia real y verdadera, a la que nadie pone
coto. Triste es que sean los EE.UU-primer país productor de armas del mundo-,
quien está dirigiendo en estos momentos la política internacional. Si la
Comunidad Europea no toma cartas en el asunto, cree uno, sin lugar a dudas, que
veremos más sangre inocente-niños y ancianos-, correr como ríos desbordados por
el mundo entero.
Recordemos a Hezbolá “el partido de Dios”–grupo
chií con conexiones perfectamente orquestadas con Irán y Siria–, que llevó a
cabo el bloqueo de los campos de refugiados palestinos, atentó contra
personalidades–intelectuales–laicas–, que eran de origen chií, y bombardeó con
cohetes( ¿ proporcionados por Siria o Irán?) sistemáticamente territorios que
Israel ocupó en Líbano. Tampoco este grupo radical armado practica,
precisamente, los Derechos Humanos.
El bueno de Israel–como Estado de derecho–tampoco
es “ una hermanita de la caridad–cuando con sus actuaciones de tipo bélico, hace
caso omiso a la Convención de Ginebra( Declaración Universal de los Derechos
Humanos, de 10 de diciembre de 1948).Porque en sus ataques militares han
arrasado casas enteras, y con sus ocupantes dentro–incluidos mujeres y niños–,
bajo la creencia errónea de que cada palestino es un terrorista suicida y de que
no existen en este mundo árabes/musulmanes buenos...Y, claro está, contando con
la anuencia de los EE.UU., y la casi nula intervención de la ONU. ¡Vaya política
internacional que estamos desarrollando!
Amnistía Internacional nos informa en el sentido
de que, hoy en día, más de la mitad de los países del Globo Terráqueo incluyen
en sus leyes penales la pena de muerte–valga la redundancia-. Puede que sean
sobre noventa países los que ponen en práctica la última. Y EE.UU. se lleva la
palma tocante a ejecuciones de seres humanos que, que aunque delincuentes,
siguen siendo personas...Se podría conmutar, en todos los casos, dicha pena
capital por la de “cadena perpetua”. Sería, indudablemente, más humano el
hacerlo. No puedo olvidar, ni por un momento, lo que Martin Luther King
manifestó: “Nuestra generación no se lamentará tanto de los crímenes de los
perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos”.
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