|
No es serio nuestro cementerio. Por mor
suyo los vivos de La Isla –entiéndaseme bien- vivimos sin vivir en nosotros; los
finados ignoro si compartirán nuestras cuitas o pasarán Olímpicamente –que es lo
más probable-, y por no estar, ni los gatos pueden estar tranquilos.
Y es que nuestro camposanto es una inagotable
cajita de sorpresas. Primero los de la Mancomunidad de la Bahía, reducida en
realidad a ser una macronecrópolis de apocalíptico nombre (CEMABASA, ¿a
que asusta?), nos querían tomar el pelo diciendo que ya no cabía un alfiler,
y que para alcanzar la Gloria, el Purgatorio o el Infierno tendríamos que
desviarnos y hacer antes una escala técnica en Chiclana. No fueron pocas y pocos
los crédulos, así como los acaparadores –pues hay gente que por acaparar,
acapara hasta nichos, seguro que para especular- que se lanzaron a comprar sus
últimas moradas allá por la carretera que lleva a Medina, tierra de alfajores y
tortas pardas. Si ya, por regla general, la ciudadanía isleña tiene pocas ganas
de diñarla, en tales circunstancias las albergaba menos si cabe. En fin, que ya
andábamos medio mentalizados, cuando alguien hizo las cuentas de la vieja y vio
que podíamos espicharla tranquilos, por cuanto quedaban 70 nichos, lo
cual quería decir que las necesidades de plazas mortuorias de ‘San Bernardo
and Pedemonte Town’ estaban cubiertas y bien cubiertas. Acto seguido, el
Ayuntamiento retira la “encomienda” a CEMA-BASA, la cual monta en cabreo supino
y amenaza con empapelarnos a todos… Reuniones de los políticos con los CEMA-BASEROS,
que prometen el oro y el moro: crematorio de última generación (con lluvia
de cenizas gratis a la barriada anexa), nuevo cementerio en las inmediaciones de
La Carraca (¡que buenos son los de galones pa desafectar terrenos!) y no sé qué
otras fruslerías más. Pero nada: sostenella e no emendalla, y si nos tienen que
empapelar, que nos empapelen.
Cuando todo parecía tranquilito, tras lustros y
décadas de secular incuria, salta a la prensa el estado de la fosa común,
llena de matojos, hierbas y maleza… Explicación oficial: se echó un herbicida,
pero por arte de birlibirloque en lugar de acabar con las pinches yerbas, hizo
que éstas proliferaran como hongos. Tras el pitote mediático, meten hacha,
amocafre, sierra eléctrica y dejan la fosa como una patena.
¿Creían haberlo visto u oído todo? Desde hace
mucho tiempo vengo observando la presencia de gatos tomando el solecito sobre
las tumbas. La verdad, en contra de lo sostenido por algunas señoras, nunca
se me abalanzaron ni se me reliaron entre las piernas ocasionándome un batacazo;
incluso pensaba que su presencia contribuía a ahuyentar a roedores e insectos.
De cualquier forma, no los veía fuera de lugar, que ya los egipcios de los
faraones los consideraban animales sagrados. Total, que se ve que entre las
usuarias del cementerio –me refiero a las vivas, en el buen sentido- había
algunas con gatofobia, las cuales acabaron calentándoles los cascos a los
sufridos funcionarios –para que luego les digan que están en un destino muy
tranquilito- y a la delegada política del ramo, de modo que se levantó la
veda del gato necrófilo. Pero menos mal que hay gente de buen corazón no
dispuesta a que vinieran los de “El Refugio” a practicar la redada,
porque dicha entidad más que un santuario para canes y felinos es en realidad
como un Auschwitz, Treblinka o Dachau para esas criaturitas, y los
activistas gatófilos lograron finalmente impedir la fechoría.
Total, que como tampoco es políticamente correcto
el exterminio de animales –al menos con luz y taquígrafos-, se concedió una
moratoria para que un comité de sabias y sabios elaborase una hoja de ruta
sobre cómo solucionar la cuestión. De que el asunto tiene su miga da cuenta el
que éste ocupase un lugar estelar en el último Pleno municipal. Cuando nadie lo
esperaba, la delegada del ramo, que parecía estar de muy malas pulgas, se
defendió atacando: los malos no son ni ella ni los denunciantes, sino los de la
Protectora de Animales, que usan el camposanto como gatera… Además, según la
munícipe, como los zoófilos (acepción 1 del DRAE) se dedican a echarle comida al
gaterío, atraen de ese modo a las ratas y acaban ocasionando hasta plagas de
pulgas (una posible explicación a la irascibilidad de la concejala, quien
muy pedagógicamente explicó que “dejar comida por el suelo es basura). O sea,
que los de APRODEAN (que nada tienen que ver con la Meca isleña del
bienmesabe) pueden acabar siendo responsables de una epidemia de peste
bubónica que acabe asolando la ciudad, como ocurría en los mejores tiempos
del medioevo. Por mis muertos que nunca un cementerio dio para tanto,
aunque más jugosos episodios venideros no se descartan. |