|

Mucho ha llovido desde el
final de la Guerra fría. Nada es lo mismo desde que las dos grandes potencias
surgidas tras la Segunda Guerra Mundial dejaran a un lado sus desavenencias
sobre el escenario de una Europa dividida. Aquella etapa de la historia mundial
más reciente será difícil de olvidar. El enfrentamiento latente entre Estados
Unidos y la Unión Soviética supuso durante años una amenaza constante para la
paz mundial. Fue un tiempo de inestabilidad política que sirvió de inspiración a
muchos escritores. Basten como ejemplo las numerosas novelas de espías de
Frederic Forsyth que tanto éxito cosecharon o las películas protagonizadas por
el más famoso de los agentes secretos. Hablamos, como no, de James Bond, más
conocido a lo largo y ancho de este mundo como 007. De ahí que también existan
nostálgicos de la Guerra Fría.
Hace unos días, precisamente,
acudía al cine para ver “Casino Royale”, la última aventura de 007. En ella,
James Bond regresa a la gran pantalla reencarnado en la figura de Daniel Craig.
El actor británico ha dotado al mítico agente secreto de un aspecto más rudo. El
nuevo Bond luce figura hercúlea y unos modales distintos. Desprende menos
glamour que su inmediato antecesor pero goza de un toque de seriedad con el que
no contaba el personaje interpretado por Pierce Brosnan. Hay quienes le
comparan, incluso, con el grandísimo Sean Connery. Lejos de cualquier
comparación, queda claro que James Bond no ha perdido ni un gramo de su
particular insolencia. Su lado más canalla continúa ahí. 007 sigue siendo el
agente más infalible del Servicio Secreto Británico, pero algo ha cambiado. En
los inicios del siglo XXI el mundo ya no es el mismo. El escenario en que James
Bond se desenvuelve, tampoco. La propia Judi Dench, que da vida a “M”, su
superior más directa, no puede esconder su emoción al recordar tiempos mejores
en una escena de la película. Esos tiempos mejores no son otros que los años de
la Guerra Fría. También “M” recuerda con nostalgia una época en la que la figura
del espía y del agente secreto ocupaba un lugar privilegiado en la política de
países como Estados Unidos, la URSS o Gran Bretaña.
Pero el mundo ha cambiado. La
palabra conspiración ha perdido peso con el paso del tiempo. La URSS ha dejado
de existir. También la KGB. Los rusos ya no se esmeran en perseguir a antiguos
agentes que puedan suponer un peligro para la credibilidad de los servicios
secretos actuales. Es por ello que la historia de Alexander Litvinenko, que
hemos podido conocer a través de los medios de comunicación en los últimos días,
no encaja en el escenario actual. Más bien parece formar parte de la trama de
una película. Litvinenko había sido agente secreto del soviético KGB primero y
del ruso FSB después. Hace seis años huyó de Rusia. Era considerado un hombre
paranoico capaz de entrever conspiraciones donde otros sólo detectaban
coincidencias. Pero la sombra de la muerte planeaba sobre Litvinenko como una
continua amenaza. Se sentía vigilado por unos ojos ocultos en la oscuridad. Tal
vez por eso prefería quedar con sus interlocutores en lugares públicos, donde el
asesinato fuera un acto difícil de ejecutar. Sin embargo, sus precauciones no
bastaron.
El pasado 1 de noviembre,
Litvinenko quedó para cenar con su amigo Mario Scaramella. Comió “sushi” y tal
vez sopa en un restaurante japonés de Londres. Después se reunió en el hotel
Millenium con dos rusos: un ex compañero de la KGB y un hombre de negocios. Tomó
té. En algún instante de esa noche fue envenenado con polonio 210, un isótopo
nuclear que días más tarde acabaría con su vida. La policía trata ahora de
esclarecer los hechos. Su muerte podría guardar relación con la lucha por el
poder en el Kremlin y los comicios presidenciales de 2008. De momento, los
investigadores están tras la pista del polonio 210 aparecido en varios lugares.
Mientras, me da por pensar que el mundo no ha cambiado tanto. Y que ésta
historia bien podría servir de argumento para una nueva película de James Bond,
ese eterno nostálgico de los tiempos de la Guerra Fría.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|