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A Ana le gusta la lluvia. En
ocasiones, se sienta frente a la ventana y observa cómo el cielo se derrumba
sobre nosotros. Se pasaría horas y horas allí sentada, descalza sobre el sillón
rojo que compramos no hace mucho tiempo. El agua resbala por los cristales
mientras me mira y se echa a reír. Comenta que le encantaría bajar a la calle y
ponerse a chapotear en los charcos. Se acerca y me abraza. Luego me da un beso.
Y sonríe. Simplemente sonríe.
El reloj marca las dos de la
madrugada. Demasiado temprano para dormir o demasiado tarde para estar triste.
Ella me pregunta qué me pasa pero no sé qué contestarle. Me mira fijamente con
sus ojos marrones, tan dulce, tan tierna. “Mañana será otro día”, comenta. La
habitación está vacía. Afuera ha dejado de llover. “No me gusta verte así”,
añade nuevamente.
En la radio hablan de estas
lluvias de otoño, de todo cuanto el temporal se ha llevado consigo y lo mucho
que ha dejado en los pantanos a su paso. Sin embargo, los periódicos recogen la
certera reflexión de Fuensanta Coves, consejera de Medio Ambiente, que bien
podría servir de título a una novela: “El agua no es infinita”. Para la
administración andaluza, la solución al problema del agua no está en construir
más embalses. Todo pasa por encarecer este escaso recurso. La Junta pretende
implantar este gravamen en 2008. Un impuesto que permitiría adecuar el importe
del recibo al coste real de la obtención, transporte y depuración del agua. Se
trata de poner coto a quienes no saben apreciar un bien que no tiene precio,
sobre todo ahora que ha dejado de llover. Las lluvias han dado paso al frío que
anuncia la llegada del invierno. Y tal vez sea un buen momento para reflexionar
acerca de este problema, ahora que no es demasiado temprano ni demasiado tarde
para poner remedio. No llueve eternamente. Tal vez por eso el agua no es
infinita.
La noche sí parece eterna. Las
calles están vacías, igual que la habitación. Caminamos ahora el uno al lado del
otro, agarrados de la mano. Hace frío. Hay una avenida interminable atravesada
de principio a fin por una hilera de coches aparcados. La avenida desemboca en
una plaza poblada de bancos. Allí decidimos sentarnos. Todo está en silencio. Ha
dejado de llover.
El día en que todo empezó de
nuevo también había llovido. Las calles estaban mojadas y hacía frío, igual que
hoy. Yo estaba sentado en el banco de alguna plaza, puede que no muy lejos de
aquí. O tal vez sí. Ella pasaba por allí. Había tenido un mal día. Me preguntó
si podía sentarse a mi lado y le contesté que sí. Pronto empezamos a hablar. Me
dijo que le encantaba la lluvia, que se pasaría horas y horas sentada frente a
la ventana, viendo el agua resbalar por los cristales. La lluvia siempre provoca
en ella una sonrisa. Lo que más me gusta de esta vida es verla sonreír. Daría
cualquier cosa por verla sonreír a cada momento. Me encanta su sonrisa.
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