|

En ocasiones siento la necesidad de salir
corriendo. Miro a mi alrededor y siento miedo. La vida se empeña en hacerme
creer que todo cuanto me rodea está lleno de peligro. Salgo a la calle en busca
de aire fresco, pero empieza a llover. Una fina cortina de agua da paso a un
auténtico diluvio en cuestión de segundos. La televisión no tarda en hacerse eco
de la catastrófica situación que han traído consigo estas desmesuradas lluvias
otoñales. Viviendas anegadas, destrozos en el mobiliario urbano de numerosas
ciudades, vehículos cuyo único destino ya sólo puede ser el desguace… Y una
imagen sembrada de incertidumbre: la de un embalse que ha alcanzado el tope de
su capacidad y que ahora abre sus compuertas para que el agua fluya. Así se
evitarán males mayores. El nivel de reservas hidrográficas, sin embargo, no
llega al 50 por ciento en el cómputo total del país. Desde luego, algo no
encaja. Y ese algo me da miedo.
Llega el fin de semana. Cansado de ver la tele,
salgo a la calle. De nuevo, por supuesto, en busca de aire fresco. Alguien me
advierte del peligro de ponerme al volante del coche si bebo alcohol, así que
decido adentrarme a pie en la noche gaditana. Tomo un par de copas. No muy lejos
de aquí, hay quienes deciden tomar alguna que otra más. Al término de mi
escapada nocturna, elijo el autobús para volver a casa. Mi sorpresa es mayúscula
al descubrir a un guardia de seguridad en la puerta del autobús. Desde luego,
algo no encaja. Tras varias conjeturas, consigo enterarme del por qué de esta
situación. Hartos de soportar peleas, agresiones y destrozos, los conductores de
los autobuses públicos gaditanos han conseguido vigilancia privada y un aumento
de las dotaciones policiales en estas franjas horarias. No cabe duda. Trabajar
en Cádiz durante la noche se ha convertido en algo peligroso.
Para vivir alejado del peligro es mejor la luz del
día. Eso pienso mientras doy un sorbo al café con leche, sentado en la terraza
de algún bar, con el periódico entre las manos. El domingo siempre es
prometedor. Pero en la prensa no abundan las buenas noticias. Al parecer, Ceuta
y Melilla se han convertido en objetivos de la “Yihad” islámica. Al Qaeda está
detrás de todo y amenaza con seguir manteniendo sus amenazas, valga la
redundancia. El miedo también está presente en el relato de una joven leonesa
que ha sufrido el acoso de sus compañeros de instituto. Le rompieron el alma y
una pierna, y ahora, ya recuperada, ha de regresar a las clases. No cabe duda:
su vuelta a la rutina está inevitablemente marcada por el miedo.
En ocasiones siento la necesidad de salir corriendo. Ocasiones
como ésta. Pienso en escapar en avión a algún lugar lejano, en busca de la paz
que necesito. Sin embargo, las nuevas medidas de seguridad implantadas para los
vuelos europeos me están haciendo dudar. Parece que viajar también supone un
peligro. Desde ahora, llevar líquidos en el equipaje de mano puede ser un
suplicio. Los controles en los aeropuertos serán muy estrictos y hasta los
abrigos habrán de pasar por los rayos X. Desde luego, algo no encaja. Y ese algo
me da miedo.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|