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Cómo olvidar los ojos de aquel niño. Han pasado
más de cinco años desde que aquella mirada sincera y triste quedara grabada en
mi memoria. Ocurrió en Bolivia. Me encontraba allí por razones de trabajo,
inmerso en un reportaje televisivo sobre la labor desarrollada por la
cooperación andaluza en este país latinoamericano. Acompañábamos a un grupo de
técnicos del Fondo Andaluz de Municipios para la Solidaridad Internacional (FAMSI)
en su tarea de supervisión de los proyectos allí emprendidos. Aquel viaje y
aquellos ojos cambiarían mi forma de ver la vida.
No es fácil sobrevivir al día a día con el viento
en contra y la despensa vacía. No es fácil desafiar al destino en muchas de las
aldeas que se alzan sobre el inhóspito altiplano boliviano. El caso es que allí
estábamos. Juanle y yo. Él con su cámara al hombro y yo tomando notas en mi
cuaderno, sin comprender con certeza el sentido que la vida cobraba en aquel
lugar. Aquellos hombres y mujeres nos recibieron con honores de reyes. Abrieron
las puertas de sus casas para compartir con nosotros lo poco que tenían. Fueron
momentos de fiesta. Cuando todo acabó, sólo tuvieron palabras de agradecimiento
hacia nosotros. Entre sonrisas y lágrimas comentaron lo mucho que había supuesto
en sus vidas la ayuda andaluza. Yo tampoco supe si reír o llorar. Una extraña
sensación de vergüenza se apoderó de mí. Tan sólo pedían un nuevo empujoncito de
cara al nuevo año. Alimento para su ganado. Eso pedían. Un ganado bien
alimentado podría facilitarles leche, lana o algo de carne. No pedían mucho, la
verdad. De ahí que me sintiera avergonzado, consciente de que a mi regreso, mis
días volverían a transcurrir en un hogar confortable, con televisión por cable y
un frigorífico repleto de alimentos.
Sentí también una sana envidia. Allí seguirían
ellos. Mirando siempre hacia delante. Desafiando al destino con dignidad y
esfuerzo, pero siempre con una sonrisa en sus labios. De ahí mi sana envidia.
Fue entonces cuando aquel niño me miró. Me miró fijamente. La expresión de su
cara era de tristeza. Traté de sonreír, sin llegar a comprender el mensaje de
aquella mirada.
Pienso en ello ahora, tras dejar atrás una semana
en la que gran parte del mundo ha alzado su voz contra la pobreza. También
España. Desde Madrid hasta Cádiz, la gente ha salido a las calles para pedir a
sus gobernantes más esfuerzo en la lucha contra los desequilibrios que castigan
al planeta. En el año 2.000, 189 jefes de Estado y de Gobierno de diferentes
países acordaron una serie de prioridades bautizadas como los Objetivos de
Desarrollo del Milenio. La fecha fijada para cumplir dichos objetivos era el año
2015. Pero es probable, una vez más, que todo quede en una mera declaración de
intenciones de los países ricos.
La realidad habla de diez millones de niños que mueren cada día
por enfermedades que podrían ser evitables, de 115 millones que no van a la
escuela, de cinco millones que mueren por beber agua en mal estado. La realidad
también habla de niños que nos miran fijamente a los ojos y no sabemos
comprender el mensaje de su mirada. O tal vez, simplemente, no queremos
comprender ese mensaje.
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