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A menudo nos asomamos al
balcón de la realidad y somos testigos de ciertas historias que bien podrían
servir de argumento para una novela o una película. Historias que, por su
contenido dramático, confundimos con espejismos de un mundo de ficción en el que
todo es posible, pero del que no creemos ni queremos formar parte.
La historia que nos ocupa es
una de esas historias. Sus protagonistas: Antonio y Felisa. Todo comenzó hace
cuatro años. Probablemente hasta entonces, sus vidas habían transcurrido sin
pena ni gloria. Pero el destino les deparaba una historia de amor, una vida en
común que ninguno de ellos esperaba compartir. Sus caminos se cruzaron en la
sección de contactos del teletexto de cierta cadena de televisión. A partir de
ese momento, todo ocurrió con la precisa celeridad que la ficción concede a la
realidad. Ella, residente en Navarra, dejó lo poco que tenía y recorrió casi mil
kilómetros para empezar una nueva vida en Galicia, junto a él, con quien
compartiría esa extraña sensación de soledad que sólo puede acabar en tragedia.
Con la licencia literaria que
la ficción nos concede, cabe señalar que Antonio, el otro protagonista real de
esta historia basada en hechos reales, era el cuarto de los ocho hijos de un
humilde ex trabajador de una cantera. Ya desde pequeño, y debido a la poco
desahogada situación económica de su familia, Antonio aprendió a buscarse la
vida por sí solo. En su aldea natal, cuentan de él que era chico insociable pero
trabajador. Lo mismo relatan de ella. ”Una chica normal, con problemas en los
estudios como tantos otros jóvenes, de pocos novios y no muy sociable, pero
normal”. Y así pasaron los días, juntos pero solos.
Como si de un mal presagio se
tratara, los hijos no tardaron en llegar. Primero, una niña. Después, un niño. Y
fue con el nacimiento del varón cuando decidieron trasladarse a una modesta
vivienda en la localidad pontevedresa de Ponteareas, cedida por un constructor
para el que Antonio había trabajado. Los apuros económicos ya eran por aquel
entonces la nota predominante del día a día de sus vidas.
El final de esta historia
repleta de dificultades coincide con la aparición en los medios de comunicación
de una noticia que ha estremecido a todo el país. En los titulares de los
periódicos podía leerse hace unos días: “Fallece por desnutrición un niño de dos
años en Pontevedra”. Ese niño era Aarón, el hijo menor del matrimonio que
formaban Antonio y Felisa. Un matrimonio que, desde no se sabe bien cuándo,
había dejado de ser un todo para convertirse en nada, o simplemente en algo que
no podía terminar bien.
La madrugada en que el hambre
venció a Aarón, su padre no estaba en casa. El cansancio y la fatiga empujaron a
Felisa a abandonar aquella prisión. Cuando llegó al centro de salud más cercano,
en compañía de sus dos hijos, ya era demasiado tarde, y nada se pudo hacer para
que Aarón recobrara el aliento de la vida.
Ahora, la justicia busca
culpables. Antonio ha ingresado en prisión por un delito de homicidio por
omisión. Mientras, Felisa trata de recuperar las energías, consciente de que al
final del camino le espera la misma suerte que a su marido. Para los vecinos de
Ponteareas, queda un amargo recuerdo y la certeza de que pudieron haber hecho
algo por evitarlo. Y es que a veces somos testigos de historias en que la
realidad se disfraza de ficción. Historias sin final feliz.
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