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Busco en mis bolsillos la mejor
manera de disfrutar de una mañana de domingo. Salgo a la calle, ensimismado en
mis pensamientos. Y mientras camino sigo buscando. Busco en mis bolsillos, pero
no encuentro nada. La vida sigue su curso sin esperar a nadie. Eso pienso
mientras camino, hasta que elijo el momento de sentarme a desayunar. El sol luce
resplandeciente en este día de primavera anticipada. Sobre la mesa: café con
leche y tostada. A mi lado, un padre exaltado escupe maledicencias a un niño
pequeño que pedalea a bordo de su bici fuera del perímetro autorizado. Yo me
limito a mirar de reojo mientras añado dos cucharadas de azúcar al café. El
padre continúa vociferando. Sólo después de acabar la tostada comienzo a leer el
periódico.
Descubro que el Tribunal Supremo del
Estado norteamericano de Nebraska ha decidido desterrar del sistema penal la
silla eléctrica como método de ejecución para las penas de muerte. Por lo visto,
era un castigo cruel que debía ser declarado inconstitucional, ya que infligía
“un dolor intenso y una terrible agonía” al condenado, según declara el juez
William Connolly. Curiosa observación. Sigo leyendo. Más de dos tercios de los
estadounidenses están a favor de la pena de muerte. Ahí es nada. De los 50
estados que conforman este país, 38 contemplan en sus legislaciones la pena de
muerte. Datos demasiado escalofriantes para una mañana de domingo. Eso pienso al
apurar de un sorbo los últimos restos de café.
La muerte no puede tener cabida en
una mañana como ésta. Hay padres exaltados a mi alrededor, pero también niños
que disfrutan pedaleando a toda pastilla por el parque. Hay camareros que van y
vienen, llenando y vaciando las mesas de tazas de café y platos con tostadas.
Hay jóvenes que pasean agarrados de la mano para luego acurrucarse en alguno de
los bancos libres. Y hay quienes, como yo, disfrutan de una mañana de domingo
perdiéndose entre las páginas de un periódico, con los dedos manchados de tinta
y, por momentos, con la vista perdida en el horizonte. En una mañana como ésta,
la muerte no puede formar parte de mis pensamientos. Sin embargo, la prensa
habla de sillas que apagan la vida de cualquiera a base de descargas eléctricas.
No sé qué añadir. Prefiero pensar
que todo es mentira. Y acabar mi café. Y encender después un cigarrillo para
morir despacio pero dulcemente, sin dolor ni agonía. Si he de morir, quiero
elegir mi muerte, sin sentencias definitivas en las que no cabe recurso alguno.
Pero ante todo elijo la vida. Elijo una plaza repleta de gente o un parque
tranquilo. Elijo la luz y el calor de esta tierra en la que vivo. Elijo un reloj
que marque las horas lentamente. Elijo un libro. Elijo el mar. Elijo viajar a
lugares desconocidos. Elijo una música que amanse a las fieras. Elijo una
película con final feliz. Elijo perderme entre la multitud o encontrarme solo en
mitad de la noche. Elijo la soledad del que se siente acompañado. Elijo una cena
para dos. Elijo un vino. Elijo lo que nadie se atreve a elegir. Elijo
equivocarme y elijo arrepentirme. Elijo vivir. Elijo un viernes por la tarde o
una mañana de domingo. DIARIO Bahía de Cádiz
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