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La habitación
es pequeña. La luz casi parece atravesar a dos pajarillos que canturrean en la
jaula que cuelga de la ventana. Un ejército de muñecas y ositos de peluche en
perfecto desorden cubren la cama. A los lados: estanterías que visten de arriba
abajo las paredes de la habitación, repletas de juguetes, libros, carpetas o
películas. A los pies de la cama están sus botas preferidas, ya viejas y
desgastadas por el uso, ésas que siempre se quería poner cuando salía a la calle
de la mano de sus padres. En la pantalla del ordenador hay una foto de un verano
reciente, en la que aparece junto a uno de sus hermanos dentro de una piscina. Y
en el suelo, más juguetes. Incluido su favorito: una pequeña aspiradora de
llamativos colores con la que a menudo simulaba ser una auténtica ama de casa.
Es la estampa
de una habitación en la que parece haberse detenido el tiempo. El reloj no marca
las horas desde el día en que ella desapareció. Todo parece haber quedado
intacto desde aquella fatídica tarde de domingo en que Mari Luz salió a comprar
chucherías y no volvió más.
Todo está en
silencio. Tan sólo se escuchan algunos lamentos en el salón, palabras de
condolencia que penetran en el ánimo de una madre cabizbaja, desolada por el
paso de los días y la falta de noticias. Familiares y vecinos entran y salen de
la casa. Tratan de dar ánimos, de mantener encendido el fuego de la esperanza o
simplemente son capaces de escupir un “lo siento” que se clava en el alma como
un cuchillo afilado y al instante se marchan. Otros se limitan a curiosear.
La vida ya no
es como antes en este barrio onubense. Nada es igual desde que Mari Luz
desapareció. Hay miradas de desconfianza entre algunos vecinos. Hay miedo en las
calles. Hay nubes de periodistas que no se cansan de hacer preguntas y unos
padres que no consiguen encontrar respuestas. Hay una mezcla de ira y tristeza
en el aire que se respira. Nada es igual desde aquella tarde gris en que Mari
Luz se marchó para no volver. Hay dolor, esperanza, incertidumbre. Hay una gran
muchedumbre de gente que no se cansa de buscar y una familia que no se cansa de
esperar, aunque en ocasiones fallen las fuerzas.
Simpática,
cariñosa, alegre. Así la define Juan José, su padre, mientras me enseña sus
fotos más recientes. A menudo aparece sonriente. Algunas de estas fotos presiden
los cientos de carteles que ahora inundan las calles de Huelva, como si se
tratara de un mal sueño. Su nombre se une al de Amy, Nuria, Madeleine o Jeremy
en esa especie de lista negra integrada por menores que se fueron para siempre
sin tan siquiera pronunciar un hasta luego. Juan José quiere creer que todo
forma parte de una terrible pesadilla que pronto terminará. Sus peores presagios
se quedan en nada cada vez que sueña con volver a estrecharla entre sus brazos.
La imagina correteando por el pasillo, o cantando y bailando en el salón, con la
música de María Isabel sonando en el radiocasete, siempre sonriente.
Antes de
despedirme, me da las gracias por todo. No sé qué decir. Tan sólo soy un
periodista que pasaba por allí, alguien que se ha detenido unos minutos en el
humilde barrio de El Torrejón para husmear en la vida de una familia destrozada,
alguien que nunca llegó a ver de cerca a esa niña risueña de pelo rizado que
ahora mantiene en vilo a media España. Mari Luz Cortés. Todo el mundo sabe quién
es. Y sin embargo nadie la conoce. DIARIO Bahía de
Cádiz
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