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Cuando vino al
mundo, un manto de lucecillas de colores cubría las calles de la aldea de
Awestruck. Se respiraba ambiente de fiesta. Las gentes vestían ropas nuevas y
lucían orgullosas sus mejores joyas. Un intenso olor a incienso se desparramaba
entre la multitud, entremezclándose con el delicioso aroma de los dulces recién
hechos que salía de cada casa. Aquel día comenzaba el Diwali, la fiesta de las
luces, la fecha más señalada del calendario hindú. Todo estaba a punto para
conmemorar la victoria del bien sobre el mal y rendir culto al dios Ram, que
tras catorce años de exilio regresó a su reino de Ayodhya. Su camino de regreso,
según se dice, fue iluminado con lámparas, velas y dibujos de colores. Era,
pues, tiempo de celebración.
Nació unida por
la pelvis a una hermana siamesa que no logró desarrollarse. Los caprichos de la
naturaleza la dotaron de cuatro piernas y cuatro brazos, pero muchos prefirieron
pensar que se trataba de un presagio divino. Aquella niña podía ser la
reencarnación de Lakhsmi, la diosa hindú de la abundancia y la prosperidad.
Nació en el corazón de la humilde región de Bihar, situada en el norte de la
India, en la frontera con Nepal. Una región que asistió conmocionada a su
nacimiento por una extraña combinación de circunstancias. Y así, con el nombre
de una diosa, fue bautizada: Lakhsmi.
Han pasado dos
años desde entonces. Y, como era de esperar, Lakhsmi no ha logrado llevar una
vida normal. Nunca ha podido ponerse en pie y corretear junto a otros niños de
su misma edad. Ni tan siquiera ha podido gatear. Desde que un circo se interesó
por ella, sus padres viven asustados. Shambú y Poonam luchan cada día por
apartar de su hija la mirada inquietante de curiosos, oportunistas y fanáticos.
Dicen que ella, ajena a la realidad que la rodea, no deja de sonreír ni un sólo
instante. Mientras, muchos vecinos de esta pobre región de la India siguen
creyendo que tienen ante sí a una diosa reencarnada en una niña menuda, risueña
y juguetona.
Hace unos días, la vida volvió
a poner a prueba a Lakshmi. Su caso llegó a los oídos de un importante cirujano
hindú, que se interesó por ella y fue en su busca. A pesar de las reticencias de
muchos de los familiares, sus padres vieron con buenos ojos la posibilidad de
que la niña pasara por quirófano para ser intervenida. Las palabras del cirujano
fueron directas y sinceras. Aquella operación podía cambiar la vida de Lakhsmi,
pero también podía apagarla para siempre. De los gastos no tenían por qué
preocuparse: la Fundación del hospital en el que trabajaba correría con ellos.
Eso sí: había un 30% de probabilidades de que la niña no sobreviviera a la
intervención. Pese a los múltiples riesgos, los padres accedieron.
DIARIO Bahía de Cádiz
Y de este modo,
Lakshmi emprendió un viaje que le llevaría hasta un hospital de Bangalore, al
sur del país. Su sonrisa cautivaría a los más de 30 profesionales que afrontaban
el reto de cambiar el destino de una niña que había sido considerada una pequeña
diosa en su aldea natal. Se sumergió en un profundo sueño. Y durmió durante
largas horas. Para sus padres, que apenas lograron pegar ojo, la espera resultó
casi eterna. Durante las 27 horas que duró la operación, Lakshmi soñó que podía
caminar, que corría y saltaba en medio de una algarabía de niños. Al despertar,
su sueño ya era casi una realidad. La operación había resultado un éxito. Las
posibilidades de que la niña viva más allá de la adolescencia son muy grandes.
Incluso es probable que pueda caminar en un futuro. Y a nadie ha de extrañar
que, con el paso del tiempo, la niña que nació entre miles de lucecillas de
colores siga sonriendo, sabedora de que pudo ser una diosa, feliz y orgullosa de
haber llevado una vida normal.
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