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No hay
duda de que el amor ha sido uno de los grandes temas que ha motivado a los
artistas de todos los tiempos. El amor es intemporal. El amor no pasa de moda.
Por ello pintores, escultores, músicos o escritores han usado, usan y seguirán
usando el amor para tejer el hilo argumental de muchas de sus obras. El amor
goza del favor popular, ya que es capaz de generar debates abiertos a todo el
mundo, sin importar su edad o condición. Todos sabemos o creemos conocer el arte
de amar. Todos creemos haber amado o habernos sentido amados alguna vez. Nos
gustan las historias de amor. Disfrutamos con los finales felices, pero también
cuando el desenlace de una historia provoca alguna que otra lágrima. Y, cómo no,
nos fascinan las historias de amor con finales sorprendentes, asombrosos,
inesperados.
Con estas
premisas, no es de extrañar que un servidor haya decidido recurrir a una
historia de amor rescatada de las páginas de los periódicos para intentar
seducir al lector de turno. Es una historia de amor adaptada a los tiempos que
corren. Y sin embargo es una historia de amor un tanto insólita. Sus
protagonistas entablaron una relación virtual a través de internet. Se amaban,
digámoslo así, a través de una pantalla de ordenador. Ambos vivían una situación
de crisis con sus respectivas parejas antes de conocerse en un chat, dentro de
esa realidad paralela llamada internet. Pronto comenzaron a mostrar su amor
virtual sin miramientos. Él bautizó a su amante sin rostro con el nombre de
“Azúcar”. Ella empezó a llamarle “Príncipe de la satisfacción”. Y así pasaron
los días. Aprovechaban cualquier momento para sentarse frente al ordenador y
contarse el uno al otro lo que no le gustaba de su actual matrimonio. Los
problemas se disipaban aporreando un teclado, haciendo clic sobre un ratón. Se
dedicaban palabras cariñosas. La relación virtual cobraba solidez.
Un buen
día, ambos decidieron que era el momento de dar el siguiente paso: conocerse en
persona, abandonar la realidad virtual y enfrentarse a la pura realidad del cara
a cara, intercambiando gestos, examinando miradas, adivinando pensamientos, tal
vez con un café de por medio. Y así lo hicieron. Acordaron encontrarse. Y
acudieron a la cita con la ilusión de la primera vez, con la esperanza de hallar
en el otro su nueva media naranja, con el afán de encontrar la razón perfecta
que diera por zanjados sus respectivos matrimonios. Pero el encuentro disipó la
ilusión. Las esperanzas se disolvieron como un azucarillo en la leche nada más
verse. Sus ojos no dieron crédito a aquel momento. Uno y otra resultaron ser
marido y mujer en la vida real. Aquellos que casi se acariciaban con las
palabras tecleadas en internet, eran los mismos que a diario se tiraban los
trastos a la cabeza mientras vivían bajo un mismo techo.
El
desenlace de esta historia, que ha tenido lugar en Bosnia, ya pueden imaginarlo.
El divorcio ha sido inmediato. Ambos han alegado el engaño matrimonial como
motivo de su ruptura. No es una historia virtual, es real. Los tiempos cambian.
Las historias de amor, también. Ahora los psicólogos le dan vueltas a la cabeza
buscando una explicación al hecho de que una pareja que funciona por internet no
se soporte en persona. A uno y a otro sólo les queda el consuelo de aquello que
el poeta inglés Alfred Tennyson dijo en cierta ocasión: es mejor haber amado y
perdido, que jamás haber amado.
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