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Agosto toca a su fin. El verano muere lentamente
mientras la vida trata de recobrar a duras penas su ritmo habitual. El
calendario tan sólo certifica que otro mes está punto de terminar, pero ese
anuncio nos devuelve la cordura necesaria para afrontar el final de las
vacaciones. Para la inmensa mayoría de los españoles, el descanso se acaba. Los
bañadores, las toallas y los balones hinchables que tantas y tantas veces han
sido golpeados, abrazados, manoseados y remojados en los días que quedan atrás,
volverán a ocupar su lugar habitual en los armarios de cada casa tras su periplo
en las playas. Las noches interminables recuperarán su carácter de caducidad.
Los amores de verano concluirán tal vez con un “hasta siempre”, acomodándose
inevitablemente en un hueco imborrable de la memoria. Los termómetros bajarán.
Los días se harán más cortos. La vuelta al trabajo irá acompañada del mal
llamado síndrome post-vacacional, una extraña enfermedad de la que es
conveniente no contagiarse en los tiempos que corren, porque agosto toca a su
fin, pero septiembre es un mes inmejorable para afrontar nuevos retos, para
empezar desde cero sin esperar al inicio de otro año, para emprender la
acometida de ese proyecto que lleva rondando en nuestra cabeza desde hace tanto
tiempo, para enmendar errores del pasado, para tratar de ser feliz de una vez
por todas.
En septiembre el verano compra su billete de
vuelta a ninguna parte, después de que muchos viajeros deshagan sus maletas.
Ahora llega la ocasión de sentarse de nuevo frente al televisor para disfrutar
de un buen partido de fútbol, al margen, como es el caso, de guerras que
enfrentan a grandes empresas del sector de la comunicación por los derechos de
emisión de los partidos. Ya sea en casa o apoyado en la barra de algún bar, es
hora de someter a examen a cada uno de los nuevos fichajes millonarios y
comprobar si los cheques en blanco son el antídoto perfecto para cumplir el
sueño deportivo de ciertos clubes en esta competición desorbitada. La liga
española de fútbol se ha convertido en un espectáculo que despierta pasiones y
que mueve millones y millones de euros. Sólo el Real Madrid, vigente campeón, se
ha gastado cerca de 120 millones de euros en la contratación de ocho nuevos
jugadores. El éxito tiene un precio. O eso, al menos, se empeñan en demostrarnos
los que habitan este pequeño mundo de locos llamado fútbol profesional. Hacen
falta muchos billetes para convertirse en un ser “galáctico”. Eso cuentan por
ahí.
Al resto de los mortales, los que vemos en el
fútbol un mero entretenimiento dominical, nos bastan unos cuantos euros para ser
felices, tan sólo los necesarios para disfrutar de unas cervezas frías en el bar
de turno, charlando con los amigos mientras vemos sudar a estos seres
extraterrestres, al tiempo que planteamos la mejor manera de abordar una nueva
temporada. Es hora de ponernos a planificar, de comprar los libros de texto para
el curso escolar que está a punto de arrancar, de plantearnos de una vez por
todas dejar de fumar, de convencernos a nosotros mismos de que nunca es tarde.
Porque septiembre ha llegado. Y tal vez sea el mejor momento para volver a
empezar.
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